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“La nueva coyuntura política en América Latina” por Carlos Malamud

“La nueva coyuntura política en América Latina” por   Carlos Malamud


Carlos Malamud

(Infolatam).- Ante los cambios que se están produciendo en América Latina muchos hablan de un nuevo ciclo político en la región, consecuencia directa de las transformaciones económicas provocadas por el descenso del precio de las commodities. Ahora bien, si en la economía es relativamente sencillo determinar el cambio del ciclo siguiendo el comportamiento de algunas macromagnitudes, en la política la cuestión es más complicada. Por ello prefiero hablar de una nueva coyuntura política antes que de un nuevo ciclo político.

Es evidente que la coyuntura está cambiando en América Latina. Los resultados de las elecciones presidenciales en Argentina, de las parlamentarias en Venezuela y del referéndum en Bolivia así lo atestiguan. Sin embargo, hay que insistir en un hecho evidente que a veces el entusiasmo de algunos hace olvidar: de momento y pese a las expectativas puestas en otros países, sólo en Argentina cambió el gobierno.

Las cosas, como no podía ser de otro modo, vienen de más atrás. Aquí hay que considerar los resultados ajustados de las segundas vueltas de las elecciones presidenciales en El Salvador (III/2014) y Brasil (X/2014). Esto nos lleva a ciertos comicios sumamente disputados en un ambiente dominado por la práctica ausencia de la alternancia. En el caso brasileño se suman las protestas de comienzos de 2013 tras el aumento del precio del transporte público.

La muerte de Hugo Chávez marcó el inicio del declive del proyecto hegemónico cubano/venezolano impulsado por el ALBA (Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América). Para agravar las cosas, nadie pudo asumir su liderazgo, sin olvidar el creciente descrédito del ALBA cada vez más escaso de recursos ante las dificultades económicas de Venezuela.

Dos ejemplos refuerzan esta idea. Rafael Correa fue incapaz de imponer a la OEA (Organización de Estados Americanos) sus puntos de vista sobre la financiación y emplazamiento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Recientemente Evo Morales fracasó en su intento de convocar una cumbre extraordinaria de UNASUR para condenar el golpe en marcha en Brasil. El acercamiento de Cuba a Estados Unidos, más allá de las reflexiones de Fidel Castro, y el restablecimiento de las relaciones bilaterales deben ser vistos en este contexto y en el de la crisis terminal venezolana.

Paradójicamente, los primeros que se empeñan en hablar de un nuevo ciclo político en América Latina son sus teóricos perjudicados, aquellos que en la nueva coyuntura se ven forzados a abandonar el gobierno o pierden posiciones de poder por un motivo u otro. En Brasil, desde el gobierno, desde el oficialista PT (Partido de los Trabajadores) y desde las organizaciones y movimientos sociales afines se insiste en hablar de golpe.

Fuera de Brasil se habla igualmente de una conspiración internacional urdida por la derecha regional más reaccionaria y Estados Unidos contra los gobiernos populares (Venezuela, Bolivia, Argentina y Brasil). Aquí y allí también hay un empeño constante en comparar al gobierno de Mauricio Macri con la dictadura militar de 1976. En la misma línea maniquea encontramos constantes alusiones al golpe del 64 en Brasil al hablar del juicio político contra Dilma Rousseff.

Una de las últimas agresiones contra Macri fue la denuncia de Nicolás Maduro tras la decisión argentina de abandonar Telesur, la principal herramienta continental de la propaganda chavista. Sus palabras se descalifican por sí mismas: “Están tratando de desaparecer a Telesur, son los mismos que desaparecieron a 30.000 jóvenes entre 1976 y 1983”.

Más allá de las teorías conspirativas hay tres factores a tener en cuenta para hablar de una nueva coyuntura política. En primer lugar, los cambios económicos que afectan a los distintos países latinoamericanos y golpean de forma desigual a cada uno de ellos. Segundo, los efectos que después de muchos años están teniendo sobre las opiniones públicas los “gobiernos largos”, bien de personas o bien de partidos. Estos se han multiplicado desde Venezuela a Brasil y desde Argentina a Nicaragua, sin olvidar a Bolivia, Chile, Ecuador o Uruguay. Inclusive en algunos casos esta deriva reeleccionista ha dado paso a la posible reelección indefinida.

Finalmente están las nuevas demandas de las clases medias emergidas en la última década, cuya agenda incluye un listado de reivindicaciones acorde con su nueva situación; participación política, acceso a la educación y a otros servicios públicos o el rechazo de la corrupción.

Pendientes del desenlace de la crisis brasileña y del futuro político de Rousseff, con sus repercusiones regionales, la mayor parte de las preguntas giran en torno al futuro electoral latinoamericano. ¿Habrá efecto dominó después del desalojo del kirchnerismo en Argentina? La respuesta es complicada porque los tiempos vienen condicionados por el calendario electoral, comenzando por los comicios todavía pendientes en 2016.

Las elecciones presidenciales de Perú y República Dominicana no aportarán gran cosa a la pregunta central, ya que de cumplirse las previsiones mandaría la continuidad. El difícil triunfo de Veronika Mendoza, del Frente Amplio peruano, constituiría una excepción, aunque en este supuesto el giro sería hacia la izquierda. Diferente es el caso de las municipales chilenas, donde se podrá visualizar la capacidad de la Nueva Mayoría de prorrogar su proyecto cuando finalice el mandato de Michelle Bachelet.

No hay nada escrito en lo relativo a la nueva coyuntura política en América Latina. Lo que se refleja son las crecientes dificultades de los gobiernos populistas ante las restricciones impuestas por los menores ingresos fiscales, que con mayor o menor velocidad se trasladan a las políticas públicas. Ahora bien, de aquí no se desprende el fin del populismo, un fenómeno que no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha latinoamericanas y que, por lo visto hasta la fecha, está profundamente mestizado. Con independencia del resultado de este cruce, sus efectos sobre los pueblos que lo padecen son siempre nefastos.

 

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