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La nueva era: No pienso, luego uso el celular

La nueva era: No pienso, luego uso el celular


Hay muchos momentos a lo largo de un día cualquiera en los que, en otra época, a falta de material de lectura impreso pensaba y miraba a mi alrededor: lo hacía mientras caminaba o esperaba en algún lado, tomaba el metro, me recostaba en la cama sin poder dormir o hacía acopio de fuerzas para levantarme.

Ahora, en cambio, en estas situaciones a menudo tomo mi celular para revisar una notificación, navegar y leer en internet, enviar un mensaje de texto, utilizar una aplicación, escuchar un podcast o, en raras ocasiones, hacer una llamada telefónica a la vieja usanza. El último lugar donde hoy tengo garantía de estar a solas con mis pensamientos es la ducha.

“Encontrar momentos para dedicarse al pensamiento contemplativo siempre ha sido un reto, ya que siempre hemos estamos sujetos a la distracción”, afirma Nicholas Carr, autor de The Shallows. “Pero ahora que llevamos con nosotros estos dispositivos multimedia todo el día, esas oportunidades se vuelven aun menos frecuentes por la sencilla razón de que tenemos esta capacidad de distraernos constantemente”.

La neuroplasticidad (o la capacidad que tiene el cerebro de cambiar) resultante de la utilización de la tecnología es un tema candente. Habitualmente, el tono es alarmista, aunque a veces también es optimista.

Por ejemplo, los videojuegos: un estudio reveló mejoras en la memoria y la concentración de personas de edad avanzada cuando juegan a las carreras. En otro estudio se observó que jugar al Super Mario 64 producía aumentos en la materia gris en regiones del cerebro asociadas con la memoria, la planificación y la navegación espacial.

Sin embargo, estas habilidades cognitivas difieren de la reflexión. En un mundo donde un teléfono o un ordenador casi nunca están fuera de nuestro alcance, ¿estamos eliminando la introspección en momentos que podrían haber estado dedicados a eso? ¿Acaso la profundidad de esa reflexión está en peligro porque nos hemos acostumbrado a buscar la gratificación inmediata de los estímulos externos?

Si los datos indican algo, la mayoría de nosotros utiliza los teléfonos más de lo que creemos: los participantes en el estudio calcularon que utilizaban los dispositivos 37 veces durante el día (incluidas todas las ocasiones en que encendemos una pantalla, desde apagar el despertador hasta hacer una llamada), pero el número real se acercó a 85. Algunas de las veces tomó menos de 30 segundos. (Los participantes también subestimaron el tiempo que pasan utilizando los dispositivos por cerca de una hora —el total real fue de 5,05 horas—, incluyendo llamadas telefónicas y escuchar música con la pantalla apagada).

Si estás despierto durante 16 horas, encender o revisar tu celular 85 veces significa hacerlo aproximadamente una vez cada 11 minutos (eso sin contar las veces que utilizamos internet en una computadora), y 5,05 horas son más del 30 por ciento del día. ¿Qué efecto podría tener este comportamiento compulsivo en la reflexión?

En 2010, investigadores dirigidos por el médico Stephen Fleming, en el Wellcome Trust Center for Neuroimaging del University College en Londres, publicaron un artículo en la revista Science en el que establecieron la correlación entre la habilidad introspectiva y la cantidad de materia gris en la corteza prefrontal. (Para el estudio, la habilidad introspectiva se definió como la precisión de medir nuestro propio desempeño en una tarea de percepción visual, una señal de metacognición o “pensar acerca de pensar”).

Utilizando esta información acerca de la corteza prefrontal, Brian Maniscalco y Hawkwan Lau publicaron un artículo en Neuroscience of Consciousness en 2015 que medía la habilidad introspectiva mientras los sujetos del estudio podían concentrarse en una tarea o se distraían con una segunda tarea difícil. Distraerse con la segunda tarea no afectó el desempeño real de la primera tarea, pero sí impidió que los sujetos tuvieran la habilidad de ser introspectivos (de nuevo, al informar ellos mismos exactamente cómo les había ido). El hallazgo respalda estudios anteriores que indican que hacer varias cosas al mismo tiempo disminuye el desempeño cognitivo (pero otros estudios muestran algunos efectos beneficiosos de la multitarea).

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Por lo tanto, de acuerdo con el doctor Fleming, es una “conjetura razonable” que si pensamos en que navegar el mundo es una primera tarea (físicamente, como un vagabundo o, mentalmente, cuando sopesamos algo) y revisar el teléfono es una segunda tarea, esta última dificulta nuestra capacidad de reflexionar.

“La corteza prefrontal es buena para hacer una sola cosa a la vez”, dijo. “Si sometes a las personas a un contexto donde hay dos tareas, parte de la razón por la que las cosas se dificultan es que la tarea secundaria interfiere con las funciones involucradas en la introspección”.

Parece contradictorio decir que estamos entrado a una fase cultural irreflexiva, ya que nuestra época tiende a ser criticada por su ensimismamiento. No obstante, con frecuencia expresamos nuestro solipsismo de manera externa en vez de explorarlo internamente, con más énfasis en las imágenes que nunca antes. Cuando hay texto, los nuevos medios como Instagram por lo general dejan de lado el papel del lenguaje.

Las selfies son algo muy obvio en este caso particular, pero consideremos un tuit. Su brevedad tiene la longitud perfecta para un aforismo y poco más (a menos que alguien publique una secuencia).

Para cierto porcentaje de la población, los pensamientos que podrían haberse guardado en una época previa a los teléfonos inteligentes —dejando así que se marinaran y quizá se hicieran más profundos hasta que ya no pudieran formularse en menos de 140 caracteres— ahora se expresan en un foro público.

Además, internet suele recompensar la velocidad por encima de cualquier otra cosa, una cualidad que contradice al pensamiento deliberativo, además, nuestra hambre de velocidad va en aumento conforme mejoran las tasas de transferencia de información. En 2006, Forrester Research halló que los compradores en línea esperaban que las páginas web se cargaran en cuatro segundos. Tres años más tarde, el tiempo se redujo a dos segundos. Las páginas web más lentas hacían que muchos compradores buscaran en otros sitios.

Para 2012, los ingenieros de Google habían descubierto que cuando los resultados tomaban más de dos quintas partes de segundo en aparecer, la gente buscaba menos, y retrasarse un cuarto de segundo en comparación con un sitio rival puede alejar a los usuarios.

“Eso apunta a que, conforme nuestras tecnologías incrementan la intensidad de la estimulación y el flujo de cosas nuevas, nos adaptamos a ese ritmo”, dijo Carr. “Nos hacemos menos pacientes. Cuando surgen momentos sin estimulación comenzamos a sentir pánico y no sabemos qué hacer con ellos, porque nos hemos entrenado para esperar esa estimulación: nuevas notificaciones, alertas, y similares”.

Esto a menudo se traduce en el discurso que define internet como una demanda de “momentos estimulantes”, inmediatos y superficiales, en vez de juicios sopesados con cuidado, ya sea sobre asuntos serios o triviales.

Carr también señaló los argumentos contrarios: formular pensamientos relativamente simples en internet puede producir otros más complejos mediante intercambios en tiempo real con la gente, y puede que las personas cuyo reflejo es publicar algo con prisa en vez de pensar en ello, tampoco habrían sido los pensadores más deliberativos en una época anterior a los teléfonos inteligentes.

Aun así, Carr considera que nuestro rumbo actual indica “la pérdida de la mente contemplativa”. “Hemos adoptado el ideal mental de Google, que consiste en tener una pregunta que se puede responder rápidamente: Preguntas finitas y bien definidas. Perdida en esa concepción está la idea de que también hay una manera abierta de pensar con la que no siempre estamos tratando de responder una pregunta. Estás intentando ir al lugar al que ese pensamiento te lleve. Como sociedad, estamos diciendo que la manera de pensar ya no es tan importante. Se ve como algo ineficiente”.

Carr observó que, durante décadas, la escultura de Rodin “El pensador” (1902) representaba la forma de contemplación más elevada: una figura con un físico imponente que mira hacia abajo abstraídamente, encorvado para bloquear las distracciones, congelado porque es una estatua, desde luego, pero también porque los pensadores serios necesitan tiempo y no se inquietan. Es difícil imaginar que una nueva versión posmoderna llamada “El tuiteador” sea tan inspiradora.

New York Times

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