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“La ola robada” por Tulio Hernández

“La ola robada” por Tulio Hernández


Tulio Hernández / @tulioehernandez.

1. La corrupción, el manejo doloso de los dineros del Estado y los contribuyentes, no importa si es oficiada por un príncipe o un presidente, un alcalde o un gerente de una empresa petrolera, es uno de los actos más indignos que persona alguna pueda cometer en el ejercicio de funciones públicas. Pero cuando es oficiada por las izquierdas, ya sean estas democráticas o marxistas, borbónicas o bananeras, al menos en América Latina, la corrupción es doblemente criminal. Porque al delito compartido hay que agregarle la dosis de hipocresía y cinismo, de traición a la palabra y a los seguidores de movimientos políticos que generalmente acceden al poder con un discurso moralista y redentorista anunciando la entrada de un grupo humano inmaculado que jamás tomará para sí ni un mediecito abandonado por error en una mesa de reuniones.

2. El primer gran escándalo de corrupción de un movimiento heroico de izquierda que asciende al poder se lo debemos a los sandinistas. Luego de haber derrocado a la dinastía Somoza, los sandinistas fueron la última ilusión internacional de construir un modelo político que, en el intento de generar equidad y reducir las desigualdades, no repitiera ni los horrores del comunismo cubano, ni las omisiones de las democracias “burguesas” latinoamericanas.

Pero no fue así. Seducidos por el fidelismo, los sandinistas fueron copiando lo peor del comunismo; en choque con la Guerra Fría, aún viva, y el belicismo de Reagan, terminaron metiendo al pequeño país en una cruenta guerra; y, lo peor, una vez que se vieron derrotados, sus dirigentes iniciaron un proceso masivo de corrupción asquerosa conocida como “la piñata”.

Ortega y sus iguales dejaron de ser para nosotros, estudiantes de la época que los admirábamos, guerrilleros heroicos y pasaron a ser ladronzuelos de la misma calaña que Somoza. Nuestro grupo de Sociología fue presa del despecho social y para exorcizarlo, después de clases, escuchábamos boleros y bebíamos cervezas baratas en las transversales de Sabana Grande.

3. Cuatro décadas después, otros jóvenes universitarios “progresistas” deben estar pasando algo semejante. La corrupción, ese fenómeno perverso incrustado como garrapata terca en el ADN de las repúblicas latinoamericanas, ha terminado llevándose en sus cachos nos solo a Dilma Roussef, Lula Da Silva y al Partido de los Trabajadores, sino a la esperanza de que se podría construir un modelo político que sacara a millones de brasileños de la pobreza sin violentar la institucionalidad democrática, protegiendo las libertades económicas y la iniciativa privada, respetando la alternancia y el pluralismo político. Pero, adiós, ahora hasta Lula, por muchos años modelo de virtudes, puede ir preso. Como Cristina Fernández. Como la ex esposa y como la ministra de Asuntos Indígenas de Evo Morales.

4. Noam Chomsky, desde su encierro en Harvard, lo avizoró meses atrás. Dijo que al Socialismo del siglo XXI lo iba a destruir o la corrupción. Eso que los scholars gringos les dio por llamar la “ola rosada”, el aparente surgimiento en America latina de una izquierda que llegaba al poder por elecciones y no por las armas, y respetaba el juego democrático, pasará a la historia no por haber derrotado la pobreza sino por haberse convertido en un selecto club de rateros.

5. En Amaneció de golpe, la película de Carlos Azpúrua sobre la bastarda asonada militar de 1992, un militar delgado y joven, se dirige a la tropa que comanda: “Vamos a tomar la Casa de Gobierno. Esta es una insurrección para devolverle al país la dignidad que un grupo de traidores corruptos le han arrebatado”.

La escena me hace reír y llorar a la vez. Me imagino a los obesos jefes militares del presente tratando de entrar en aquellos uniformes del 92. Sonrío. Concluyo que si hubiese un nuevo golpe, ojalá que no, que nunca más, los jóvenes insurrectos de hoy no tendrían nada que inventar, solo repetir el mismo parlamento del film de Azpúrua: “…que un grupo de traidores corruptos le han arrebatado”. Lloro.

6. No era la “ola rosada”. Era la “ola robada”.

El Nacional, 29 de mayo de 2016

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