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“La patria que tenemos” por Mibelis Acevedo Donís

“La patria que tenemos” por  Mibelis Acevedo Donís


 Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis. 

La preocupación por el quebranto del lenguaje en la Venezuela del siglo XXI no deja de pellizcarnos el espíritu. Mucho de ese deterioro -lo hemos dicho- atiende al uso de la palabra como avío político: la llamada “neo-lengua”, calificada por muchos especialistas como enfermedad cuyo despiadado avance va saqueando el idioma, irrumpe para vaciar los contenidos tradicionales gracias a la extrema simplificación sintáctica y morfológica, impidiendo el uso de terminologías plurales en la comunicación. Germen de una cultura del panfleto, la idea de unificar códigos -y limitar así el pensamiento múltiple y alternativo- para un entendimiento con base en consignas y no en elaboración, parece procurar el bloqueo del cuestionamiento: el crimen de pensamiento o crimental, como lo bautizó Orwell en su famosa distopía, “1984”. 
Para sobrevivir, pues, un régimen nacional-populista necesita tripular en suerte de espejismo colectivo creado a su medida: y al edificar sobre esa nueva narrativa que facilita el control social, recurre a la manipulación no sólo de la historia, sino sobre todo del lenguaje. De allí que en nuestro país muchas palabras caigan en basto saco de simplificaciones, sofismas y risibles eufemismos (cuya desfiguración toca tal punto que parecieran aludir justo a su contrario): Paz, guerra, amor, odio, Igualdad, justicia, pueblo… patria. El lenguaje del poder se apropió con glotona avaricia de esta última, en especial. Era previsible: de ella han abusado malamente los “zorros y camaleones” políticos de todas las épocas, cuando a favor de ciertos fines -no siempre legítimos- resulta útil apelar a la emoción nacionalista para aglutinar los ánimos dispersos de los ciudadanos.“Guarda tu luz ¡oh patria!/ mantén tu dura espiga de esperanza/ en medio del ciego aire temible”, canta Neruda, sin embargo. Justo es decir, por supuesto, que el sentimiento patriótico no es nocivo per se (en este sentido, Habermas abunda en valioso concepto: el “patriotismo constitucional”, acuñado por Sternberger en 1979: opuesto al nacionalismo totalitario, remite no a una historia, cultura u origen común, sino a la múltiple adhesión de los ciudadanos a valores de carácter democrático y universal). En la medida en que ofrece refugio común de identidad -como la lengua-, en que nos dota de íntimo sentido de pertenencia y cohesión y nos vincula maternal y amorosamente a un mismo destino, esa idea de “patria” (“tierra paterna” en latín, donde según los antiguos moraban nuestros dioses) nos empuja a remar juntos hacia la luminosa consecución de metas, justifica el orgullo de pertenecer a una nación y hace a esta objeto de entusiasta adhesión. Mucho más si esa nación reúne los requisitos de civilidad que al procurar una integración desde la diversidad, la hacen digna de nuestra entrega; y si el patriotismo que inspira -más afín a la “virtud en la república” de los modernos o al patriotismo ilustrado de Páez– es inmune al paroxismo de ciertos discursos artificiales que usan la palabra como símbolo hueco, disociado de sus contenidos y concreciones. Nos referimos, claro, al patriotismo mal administrado, el hiperbólico “patrioterismo” al que repetidamente recurren los voceros de la revolución bolivariana.

Así, el patriotismo no sólo sirve para cohesionar emocionalmente a los devotos de una ideología y excluir a otros, los distintos (“¡Los que quieran patria vengan conmigo!” lanzaba Chávez en 2008, con lo cual dejaba claro que la “amorosa” puerta sólo se abriría para sus seguidores) sino sobre todo cuando ante la inminencia de una elección, la impopularidad del gobierno termina siendo una peligrosa herida. Ahora, más que nunca, la tesis del enemigo externo salpica de nuevos bríos el discurso: es el fervor de la “patria humillada” de Tsipras. Como en el caso de las Malvinas, cuando Argentina se rendía a la borrachera de patriotismo belicista de Galtieri, Venezuela retoma la abandonada insignia del reclamo territorial sobre el Esequibo: la defensa de la nación inflama ánimos y convida a todos los sectores, incluso a los excluidos habituales, a quienes hoy se llama “hermanos”. “Nadie se va burlar de los derechos de los venezolanos”, clama en épico gesto el presidente Maduro, aún cuando eso contraríe (así será la urgencia) la política de “confraternidad entre dos países socialistas” que impulsó su predecesor… pero como con el firmazo contra el decreto-Obama, ¿no luce obvia en esa intervención -y así lo apunta Emilio Figueredo- la costura de “un acto político con fines electorales”?

La patria -esa, al menos- no deja de rendir plusvalías. Sin embargo, ese “íntimo reducto de identidad” que nadie puede arrebatarnos, ese sentimiento que nos vincula en la apuesta de un destino más amable, sigue resistiendo. Es el deseo de “mudarse a un país mejor, pero en el mismo sitio”, como lo describe Jesús Peñalver, y que remite no a un lugar, sino a algo más sublime y poderoso: una idea de futuro, la palabra liberadora cuyo potencial nos toca preservar, a toda costa.

El Universal, 13 de julio de 2015
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