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La pobre clase media venezolana

La pobre clase media venezolana


La señora Jacinta López (nombre ficticio) se encuentra apostada en las puertas de las residencias Las Clavellinas. Aguarda relajada a una vecina de las residencias Beatriz, un edificio contiguo, a fin de que le traiga algunas piezas de ropa íntima para que le coloque tiras nuevas.

Jacinta López es costurera y su taller es su propio apartamento. Tiene ropa amontonada por todos los espacios de sus 92 metros cuadrados; la gran mayoría es ropa de vecinos y amigos. Todos pertenecientes a la depauperada clase media venezolana, casi tan empobrecida como los sempiternos marginados de la nación con las mayores reservas de petróleo del planeta.

“En cualquier país del mundo sería un escándalo que profesionales y gente de la clase media ande remendando pantalones, camisas, franelas y hasta la ropa interior…a mí me da hasta vergüenza comentarlo”.

Son los signos claros y contundentes del declive social de Venezuela, hasta hace pocos años envidia de América Latina, con un alto nivel de consumo y una clase media robusta que en los años 70 y hasta los 80 cambiaba de vehículo con frecuencia  y viajaba por el mundo, haciéndose célebre con el “Ta’ barato, dame dos”. Hoy a esa clase media se la observa en la calle andrajosa, con bluyines desteñidos y zapatos desgastados y viejos, montándose resignada en el metrobús y en las populares camioneticas, tradicional medio de transporte de los más humildes trabajadores, amas de casa y estudiantes que habitan las numerosas barriadas a lo largo y ancho del territorio nacional.

En la calle Santa Margarita de Colinas de la California existe una asociación civil que ha creado un chat exclusivamente comercial, al que sus habitantes denominan el chat de ventas. Cuenta Margarita Rivera (nombre ficticio) que desde muy temprano en la mañana el chat de ventas se pone a reventar con ofertas y demandas de la Venezuela del siglo XXI: Cambio arroz por un litro de aceite; vendo pote de margarina; cambio medio kilo de pasta por un paquete de harina Pan; vendo cortina esquinera en buen estado; vendo sofá cama bien conservado; vendo vestido de novia con una sola puesta; vendo blazer azul para damas talla M en perfecto estado; vendo aceite para carros 20 w/50….

Por otra parte, al igual que en la calle Santa Margarita, en la avenidas principales de las viejas urbanizaciones del este de Caracas es cada vez más frecuente que mecánicos contratados por los vecinos hagan reparaciones menores y de mediana envergadura, sin permiso y violando ordenanzas locales. Los precios en los talleres autorizados quedaron para los asegurados, que cada vez son menos, y para los que el excandidato presidencial Henrique Capriles denomina “Los enchufados”.

Igualmente, las alcaldías del municipio Sucre y Baruta, donde se ancla la clase media capitalina que antes compraba en las grandes cadenas de supermercados, han activado mercados populares a los que acuden profesionales en ejercicio, jubilados y amas de cosa que se tragan su orgullo de la Venezuela saudita y hacen su cola con la cabeza gacha, pacientemente, para comprar vegetales, hortalizas, carne de res, pollo y quesos, alimentos de la dieta básica.

Y lo más patético de conocer la nueva realidad de los venezolanos es que los expertos en la materia no auguran una sana recuperación de su economía a corto plazo (Si acaso el gobierno de Nicolás Maduro da un viraje o la oposición triunfa en las elecciones presidenciales del 2018) y habrá que esperar quizá dos décadas para que renazca la clase media en un país que fue el ricachón del continente. Mientras, la diáspora de sus nacionales crece al mismo ritmo que el chorro petrolero se estanca y la vida se hace insufrible por la carestía, la inflación, la inseguridad, el desempleo y los malos servicios.

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