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“Las grandes circunstancias de la vida” por Sergio Dahbar

“Las grandes circunstancias de la vida” por Sergio Dahbar


Sergio Dahbar / @sdahbar.

En una semana he oído demasiados testimonios de gente rabiosa con los políticos. Con los del gobierno por ineptos, por caraduras, por desvergonzados, porque ya no saben de qué palo ahorcarse para salvar una gestión que no tiene plan, rumbo ni concierto. Y con la gente de la oposición, porque siguen encerrados en mezquindades que han convertido a los partidos en sindicatos mafiosos.

En estos días una noticia ha llamado mi atención. Viene de un mundo donde los golpes son nobles, aun cuando entrañen peligro letal, y todo queda sobre el escenario, a la luz de los fanáticos. Se trata de la lucha libre, ícono de la cultura popular donde se debaten “las grandes circunstancias de la vida’’ (Baudelaire dixit).

El pancracio, referente mitológico de una lucha que viene desde los griegos y que incluía una mezcla de boxeo griego antiguo, lucha y sumisiones, se ha estremecido esta semana. La grada azteca está de luto.

No es para menos. El hijo del perro Aguayo cayó devastado por una patada de Rey Misterio. Lo que al principio parecía una inmovilidad fingida, típica de este deporte teatral, cruzó el umbral de una realidad diferente. Al tratar de revivirlo, se dieron cuenta de que estaba muerto: se le había quebrado el cuello.

Hay un texto de Roland Barthes, en sus Mitologías, sobre el catch, que no tiene desperdicio. Este francés elocuente y genial desmenuza la pasión de los fanáticos por un drama de la vida real. Son dioses los que se juegan la vida. Son seres capaces de abrir la llave de la naturaleza para que podamos presenciar en vivo el enfrentamiento del bien con el mal. Hablamos de cosas serias.

“Cuando el héroe o el canalla del drama, el hombre que había sido visto unos minutos antes poseído por un furor moral, agigantado hasta la talla de un signo metafísico, deja la sala de catch, impasible, anónimo, con una valijita en la mano y su mujer del brazo, nadie puede dudar de que el catch posee el poder de trasmutación propio del espectáculo y el culto.

“Sobre el ring y en el fondo de su ignominia voluntaria, los luchadores de catch siguen siendo dioses, porque son, durante algunos instantes, la llave que abre la naturaleza, el gesto puro que separa al bien del mal y revela la figura de una justicia finalmente inteligible”.

Leído esto, uno puede entender que las audiencias enloquezcan por el hijo del perro Aguayo, un muchacho de 35 años que había vencido un cáncer de estómago y que ofrendó su juventud en el Auditorio Nacional de Tijuana, “entre enmascarados”. “Como vivió toda su vida”. Así lo describió el periodista Juan Diego Quesada, de El País. Murió en su ley, después de enfrentarse a demonios del ring desde que tenía 15 años.

Como debe entenderse, el mundo de los enmascarados ha sufrido una pérdida irremediable. A la redacción de El País, de ciudad de México, se acercó otro mito, el hijo del Santo, en convertible blanco, con su máscara plateada, como la que usaba su padre, que en el pasado peleó con el perro Aguayo Sénior.

El hijo del Santo fue padrino de comunión del hijo del perro Aguayo y sus palabras han tranquilizado las aguas turbulentas del catch mexicano: “Nadie es culpable. El perro murió haciendo lo que más amaba”. Verdad irreductible.

No le ocurrió lo mismo al padre de este joven que ahora trata de calmar la ira de los dioses. El mítico Santo murió en 1984. Un día después, según Quesada, de haber protagonizado un breve acto cómico en un teatro para sobrevivir. Trataba de defender al director de un manicomio de los ataques de los pacientes. Al final, le daban tan duro que se volvía loco. En cambio, el hijo del perro Aguayo, murió en su ley. Los políticos deberían aprender.

 El Nacional, 28 de marzo de 2015

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