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“Las miserias de la corrupción”, por Ysaira Aponte

“Las miserias de la corrupción”, por Ysaira Aponte


I PARTE

Desde Guatemala nos llegan imágenes de grandes movilizaciones protagonizadas por humildes pobladores del medio rural, estudiantes, profesionales, intelectuales. Es la respuesta política de amplios sectores de la población, indignados ante el descubrimiento de una vasta red de corrupción que desde altos niveles de gobierno estafaban al fisco nacional mediante manipulaciones de facturas. Con ello lograban favorecer a un selecto grupo de empresarios. “Tanto pa ti, tanto pa mi”, parece haber sido el convenio entre corruptos y corruptores. La línea, así llamaban en Guatemala, a esa organización mafiosa, enriquecida con dineros que le correspondían a la nación, al pueblo. Por estos días piden la renuncia del presidente de la república, por considerarlo cómplice o responsable de las operaciones fraudulentas de sus subalternos.

En Brasil, nubarrones oscurecen la imagen de la presidenta Dilma Rouseff. Se han puesto al descubierto manejos corruptos de alto calibre en la petrolera estatal; también financiamientos al partido gobernante por esta vía. Las calles se ven desbordadas por una población que exige castigos a gerentes de alto nivel que atentan contra el patrimonio de los brasileros. Dilma hace notables esfuerzos para desmarcarse de quienes se enriquecen con los fondos públicos, de quienes hacen grandes negocios aprovechando altos cargos gerenciales en la petrolera.

En Chile, la reputación honorable de la presidenta Bachelet se ha visto enturbiada por extraños negocios que involucran a familiares, incluso a un hijo suyo y la esposa. El mundo político de ese país hermano, igualmente se conmociona por un caso que ante los ojos de los chilenos es un aprovechamiento imperdonable de la relación familiar presidencial para enriquecerse.

Hace pocas semanas, a los escandalosos sucesos que ocurren en México, sobre todo con la violencia criminal que envuelve al narcotráfico y a sus gobernantes, se sumó la adquisición de una mansión por parte de la pareja presidencial y  como pequeño dato pero suficiente para que los ciudadanos mexicanos protestaran “a madrazos”, apareció un video en el cual una autoridad local, utilizaba un helicóptero oficial para ir a una de sus fincas.

La presidenta Cristina Fernández se ha visto atacada por corruptelas de sus subalternos, y hace pocas horas veíamos en TV cómo algunos ciudadanos expresaban indignados que ella, “abusando del poder”, ya ha realizado cuatro (SÍ.4, IV, cua-tro) cadenas para dirigirse a la nación durante lo que va de año.

Por lo que observamos, hay otra cosa que desde hace tiempo sigue caminando por América Latina. Ahora, como que con más agallas por la bonanza que experimentaron algunos países, o por la absoluta y total pérdida de ética en la conducción del poder otorgado por los ciudadanos. Pero llama la atención cómo, a pesar del transcurrir de los tiempos, hay pueblos que parecen no tomar conciencia de que tras cada caso de corrupción cometido por los burócratas, gobernantes, allegados y sus familiares, hay un gran daño, un crimen que se comete contra su calidad de vida. En más de una ocasión se nos ha dicho que en nuestros países la corrupción es un asunto cultural; que incluso hay una tendencia a admirar en público o en privado, a los hombres o mujeres que valiéndose de cualquier medio ilícito, irregular, abusivo, antiético, se enriquecen y aprovechan las posiciones que el poder político les ha otorgado. También se dice que la riqueza fácil (petróleo en abundancia en nuestro subsuelo) nos hizo perder el rumbo y que no hay forma de reorientar esta realidad.

Para el análisis de muchos, Venezuela está llena de grandes perturbadoras contradicciones. Por ejemplo, si bien es cierto que son numerosísimos los casos suficientemente sustentados de corrupción en la administración pública, con magnitudes descomunales de dinero involucrado, e, incluso, algunos reconocidos a juro por el gobierno o por ex funcionarios arrepentidos, es evidente que aún esta práctica criminal no logra conmover a la mayoría de la población de la misma manera como lo hace un reducido sector de la opinión pública con acceso a los medios de comunicación que aún se atreven a denunciar, sectores ligados a la política, al mundo cultural o al libre pensamiento, lo que ya es bastante decir. Por ahora nada parecido a las movilizaciones o protestas que ocurren en otras naciones, incluso latinoamericanas, conmocionadas por la corrupción en sus formas clásicas o novedosas; también por el abuso del poder, el nepotismo, el tráfico de influencia, la mentira oficial, la truculencia y la agresividad en el discurso.

En realidad hay que reconocerlo. En nuestro caso, la gente aún no logra establecer la relación directa que hay entre corrupción-pobreza; corrupción-necesidades colectivas no satisfechas; corrupción-carestía; corrupción-falta de mantenimiento o dotación-vialidad-escuelas-hospitales. Podríamos colocar muchos ejemplos, desde el primer escándalo, el Plan Bolívar 2000 para enfrentar el terrible deslave del Litoral. Esto, como un emblema de la inauguración de una gran cadena épica de corrupción en esta extraña revolución.

Hay quienes aseguran que este drama no importa al grueso de los venezolanos. ¿A qué se deberá esta indiferencia?. ¿Es cierta semejante afirmación?. Por razones de espacio, continuaremos esta reflexión la próxima semana, Dios mediante, como ejercicio, no sólo para intentar acercarnos a las causas del fenómeno, sino también con el fin de continuar el esfuerzo de muchos para contribuir a la comprensión “en carne viva” de la relación corrupción-pobreza, necesidades.

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