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“Las muñecas también lloran” por Tulio Hernández

“Las muñecas también lloran” por Tulio Hernández


Tulio Hernández  /@tulioehernandez. 

A la entrada de nuestro apartamento cuelga discretamente un enigmático retrato a color de una de las legendarias muñecas de Armando Reverón, el gran pintor del siglo XX venezolano.Las muñecas han alimentado grandemente la leyenda de exotismo y locura que se tejió alrededor del artista que se hizo ermitaño y austero en su Castillete de Macuto mucho antes de que los hippies entraran en escena. No son, por supuesto, muñecas “bonitas”, como esas industriales con las que juegan las niñas urbanas. Son extrañas figuras de tamaño natural, hechas con telas de desecho, que acompañaban a Reverón en la intimidad de su hogar.

El autor de este retrato a color es Luis Brito, “El Gusano”, como le conocíamos sus amigos, uno de los más grandes y prolíficos fotógrafos de la Venezuela contemporánea quien, para dolor de muchos, partió de este mundo dos semanas atrás víctima de un infarto fulminante.

El retrato tiene algo de aparición. De dulce fantasmagoría. La mirada del fotógrafo ha cortado la figura a la altura del torso. No vemos su cabeza, sus hombros, ni sus senos. Vemos la muñeca sentada, solitaria, como suspendida en el aire sobre un fondo absolutamente negro. Las manos y las piernas hechas de telas y formas toscas tienen el gesto de quien está a la espera o se dispone a levantarse. Una transparente falda de liencillo color ladrillo le confiere un no sé qué de bailarina y se vuelve el corazón cromático de la composición.

El retrato corresponde a una serie de muñecas de Reverón que El Gusano registró para una exposición en la Galería de Arte Nacional. Como sol el encierro era objetp de inquietud.. del Museo ía hacerlo, se encerró con el grupo de muñecas a trabajar por varias semanas en el auditorio del Museo de Bellas Artes. Aquel encierro generaba inquietud y curiosidad. Brito estaba sumido en su mundo. Angustiado. Las muñecas –decía– no le daban nada a su cámara y él las quería vivas, no muertas. Más tarde contaría que comenzó a colocarlas sobre una tela negra y las muñecas, como si hubieran entendido su propósito, ahora se arreglaban, adoptaban formas y miraban frontalmente a la lente. Como cuenta Alexis Trujillo, en el catálogo de la exposición Están allí, habían aceptado que Brito las fotografiara y posaban para él. Como retándolo.

El resultado no fue un registro técnico de las muñecas hecho con la mayor fidelidad posible para el catálogo de una exposición. Todo lo contrario. Los retratos que Brito presentó luego eran una nueva creación. Otras muñecas. Brito, las había interrogado una a una, leído como un psiquiatra las huellas de violencia en sus cuerpos, mirado sin miedo en su extraña y trémula belleza y había entrado en su mundo de tinieblas tal vez persiguiendo las brumas de Reverón. Había logrado el milagro de revivirlas, de crear sobre la obra del creador de Macuto, aquel que aprendió a mirar el sol del trópico sin pestañear.

Porque, en definitiva, esa es la constante de la obra de Brito. No hay espacio para lo bonito en el sentido decorativo del término. La monja de hábito negro que mira severamente a la cámara no es una monja, es la institución eclesiástica de siglos. El hombre de lentes oscuros en la procesión de Semana Santa en Caracas no es él, es la condensación de los misterios de la religiosidad popular. Sus ángeles nunca aparecen completos como en la iconografía religiosa oficial, son retazos de ángeles, fragmentos de ángeles, puestos a dialogar con el vacío del cielo y la textura de las nubes, como si tuvieran dudas de su propia condición.

Porque en el fondo, sin saberlo, Brito era un gran etnógrafo de lo invisible. Fotografiaba lo no evidente para escarbar a fondo en la condición humana. Tal vez su aporte mayor era la capacidad de sacar el objeto fotografiado de la rutina para llevarlo a la condición de símbolo arquetipal.

La mañana de domingo cuando nos avisaron del adiós, Marianella Montenegro, mi esposa, bajó el cuadro y me mostró para que leyera lo que allí estaba escrito. Decía: “Esto es un acto de amor para esta familia, Tulio mi hermano, Marianella mi hermana. Certifico que los amo. Gusano. Caracas, 4/27/2003.”. No pudimos evitar las lágrimas. La muñeca tampoco.

  El Nacional, 22 de marzo de 2015

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