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Lejos del Carnaval en la calle, Río celebra un lujoso baile

Lejos del Carnaval en la calle, Río celebra un lujoso baile


Las mujeres, vestidas con elegantes trajes largos, se paseaban por la alfombra roja mientras los hombres, de esmoquin, sonreían y saludaban a los cientos de personas que esperaron en la avenida Atlantica de Río de Janeiro para observar qué sucedía.

A su entrada al icónico Hotel Copacabana Palace, los invitados fueron recibidos por el ritmo de un tradicional tambor japonés y el sonido de las olas del océano al otro lado de la calle. Una vez dentro, docenas de hombres y mujeres vestidos con kimonos nipones daban las “buenas noches” haciendo una reverencia.

Bienvenidos al Baile de Río, el más lujoso de los eventos de alto nivel del Carnaval en la capital mundial de la fiesta.

“Este evento es para gente que quiere disfrazarse, no solo mujeres sino también hombres”, dijo Andrea Natal, directora general del Hotel Copacabana Palace. “Es para la gente que no quiere tener que lidiar con aseos sucios y que solo quieren un poco de lujo”.

En un claro contraste con los cientos de fiestas callejeras de Río, abiertas a todo el mundo, el “Baile do Copa” se presenta como un cuento de hadas donde la élite del país — vestidos impecablemente, a veces siguiendo el tema de la cita y otras simplemente según sus propios estándares — puede ver y ser vista en un hotel conocido tanto por su opulencia como por una larga tradición de alojar a líderes mundiales y estrellas.

Es el tipo de acto donde si tiene que preguntar el precio, probablemente no debería ir. Para los curiosos: los boletos individuales pueden oscilar entre los 800 y los 1.900 dólares, varias veces más que el salario mínimo mensual medio en el país más poblado de Latinoamérica.

“Es el baile de los adinerados en el más chic de los hoteles”, señaló Haroldo Costa, historiador del Carnaval, agregando que a pesar de su elevado costo, “cada año hay peleas para conseguir boletos”.

Este año, la fiesta estuvo dedicada a las “Geishas”, las artistas japonesas que entretienen con música y bailes tradicionales. La selección de la temática fue un giño a la comunidad nipona en Brasil, la mayor del mundo fuera de Japón.

Unos dos millones de brasileños tienen antepasados nipones. Muchos llegaron al país durante el siglo XX y trabajaron como jornaleros agrícolas mal pagados en plantaciones de café en el sur.

Akemi Ono, de 48 años y nacida en Río de padres japoneses, dijo que el tema de este año sería un modo de enseñar tradiciones japoneses a los brasileños.

“Es una forma de intercambio cultural que no sería posible sin eventos como este”, dijo Ono, que asistió al baile vestida con un kimono.

Como cualquier buena fiesta brasileña que se precie, comienza tarde y no termina hasta que sale el sol — y sobre la playa, claro. Aunque oficialmente comenzó a las 22:00 horas del sábado, la mayoría de los 1.400 asistentes comenzaron a llegar alrededor de medianoche. No se esperaba que termine hasta el desayuno de la mañana.

“Esta podría ser la primera y la última vez, pero tenía que hacerlo al menos una vez en la vida”, dijo Cleusa Amaral, una banquera de 67 años.

En varios salones del hotel, de las paredes y el techo colgaban abanicos rosas y blancos, paraguas y linternas. Los camareros caminaban con bandejas de champán, cerveza y otras bebidas espirituosas que los invitados pudieran querer tomar. En tres de las salas, los invitados pudieron degustar el menú compuesto por numerosos tipos de sushi, gambas, ensaladas de quinoa, mero en salsa tailandesa de mandarina y filet mignon.

John y Nancy Kennedy, de Grand Rapids, en Michigan, estaban de visita en Río y dijeron estar impresionados con la fiesta.

“Nunca había caminado por una alfombra roja antes”, señaló Nancy riendo.

“Esto no es exactamente algo que hagamos mucho en el Midwest”, agregó John refiriéndose a la región del centro-norte de Estados Unidos.

De vuelta en el exterior del hotel, mientras los invitados seguían entrando a la fiesta, Aline Soza miraba con asombro.

“Un año, me gustaría realmente ir”, señaló Soza, una azafata de vuelo de 35 años. “Es muy caro, pero creo que valdría la pena”.

AP

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