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Llueve… pero escampa: “Váyanse al carajo”, por Miguel Yilales

Llueve… pero escampa: “Váyanse al carajo”, por Miguel Yilales


 

Miguel Yilales / @yilales

No vayan a creer quienes a bien tienen leerme que mi intención es agredirlos verbalmente o señalarle algún recóndito destino. Esta expresión ni siquiera es vulgar o grosera, puede usarse para denotar enfado, rechazo, sorpresa, asombro, intensidad, desdén, negación, decisión, contrariedad, la nada y hasta un lugar.

Ni siquiera sabemos dónde queda, pero no dudamos en señalarle el camino a seguir a quienes han hecho méritos. En algún momento todos hemos sentido la necesidad de mandar a alguien a ese destino, incluyendo a quienes nos tutelan.

Este término polisémico, cuya etimología es incierta según la RAE, fue en un tiempo la canastilla o plataforma situada en lo alto del mástil de un barco donde se colocaba el vigía para tener una mejor percepción del entorno. Al ser el punto de mayor altura de la nave, era también el que más estaba sometido a las inclemencias del tiempo, a los vaivenes del barco y a todos los escollos de la navegación. Es por eso que cuando un marinero cometía una infracción a bordo lo “mandaba al carajo”. Así se acuñó la expresión.

Presión gubernamental, dignidad periodística

En estos tiempos que nos ha tocado vivir, mucha gente ha cuestionado, desde la comodidad de la televisión o de las redes sociales, la inacción y la falta de dignidad de los demás. Otros aúpan la actitud de algunos funcionarios, militares incluidos, de permanecer en sus cargos impávidos, serenos y valerosos, defendiendo el espacio pero manteniendo sus prebendas, en una especie de protesta silenciosa, que supuestamente entrará en ebullición en el momento indicado.

Hay quienes, con razón o sin ella, critican a los petroleros o a los militares de Altamira, por haberse prestado a la conspiración mediática y capitalista contra el gobierno más humanista que ha existido.

Tan humanista es que Nicolás Maduro, funcionario del gobierno anterior y de este, se pregunta el porqué ninguno de los dirigentes de las protestas de 2002 son postulados por la oposición a cargos de elección popular (con lo cual demuestra una gran capacidad para hacerse el paisa, sin alusiones a nacionalidad alguna) a sabiendas que de encontrarse en el país en vez de estar en el exilio, seguramente vivirían, sí eso puede llamarse vida, “humanamente martirizados” como tienen a Iván Simonovis.

Hacia el año 1975, un ministro del gobierno de Carlos Ándres Pérez, Guido Groscors, llamó a la directiva del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa para indicarle que el presidente no estaba dispuesto a aceptar una huelga de prensa, que tenía su origen en una demanda penal del Luis Alberto Chaves, jefe de información de El Universal, en contra de la directiva del SNTP.

La actitud hostil e intransigente que tenía el periódico contra sus trabajadores no cesó y ante la decisión del gobierno de declarar ilegal el paro, al sindicato no le quedó más remedio que aceptar la petición del demandante: la cabeza del periodista y sindicalista que molestaba en el periódico.

Miguel Yilales, periodista al que admiraré, respetaré y amaré por siempre, dio ejemplo de dignidad, los mandó al carajo y presentó su carta de renuncia irrevocable, pero exigió que el director del periódico, Luis Teófilo Núñez, hiciese constar que en ningún momento había negociado su fuero sindical.

Una luz en la oscuridad

Con el caso de Globovisión, su venta, su compra y las presiones gubernamentales, muchos creían que un salario y un simple sueldo eran suficientes para doblegar la voluntad de los periodistas, como si se tratase de palangristas cuyas conciencias estaban incluidas en el paquete accionario de la empresa.

Hoy debemos dar las gracias por quienes en el ejercicio de su profesión han demostrado verdaderos valores éticos.

Hay que reconocer que mientras se escribía una de las páginas más negra en la historia del periodismo, Carla Angola, Kiko Bautista, Roland Carreño, Sasha Ackerman, Román Lozinski, “Chuo” Torrealba, Nitu Pérez Osuna, María Elena Lavaud, María Isabel Párraga, Carlos Augusto Figueroa, Gladys Rodríguez, Pedro Luis Flores e inclusive, sin ser periodista, Leopoldo Castillo, entre otros, alzaron su voz con dignidad y le dijeron a los dueños de Globovisión, que es el mismo gobierno: ¡váyanse al carajo!.

El día de mañana el periodismo venezolano recordará este sacrificio por la libertad de expresión, se escribirán páginas completas de sus acciones y seguro estoy que sus hijos se sentirán orgullosos de ser cuña del mismo palo.

Llueve… pero escampa

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