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“Lo interno y lo externo en la política (4 notas)” por Fernando Mires

“Lo interno y lo externo en la política (4 notas)” por Fernando Mires


Fernando Mires / @FernandoMiresOl.  

1. Antes de someterme al atroz suplicio, hojeaba en la sala de espera del dentista el último número del semanario Stern, uno de los más populares de Alemania. Un artículo llamó mi atención. Su título: “El fin de la política”. Se refería al supuesto fin de la política alemana. Según el texto, Alemania bajo Ángela Merkel ha entrado a una fase post-política pues la gran coalición gobierna sin contrapeso. Reina una relativa paz social, hay prosperidad, y los alemanes han aprendido a divertirse y hasta a reír. La tesis es que “el fin de la historia” de Fukuyama, si no ha llegado a todo el mundo, ha alcanzado por lo menos a Alemania.

Mi impresión, después de leer el artículo fue de neto asombro. ¿Cómo escribir sobre el “fin de la política” de un país sin mencionar su dimensión exterior, tanto o más importante que la interior?
Si consideramos la dimensión externa de su política, Alemania vive los momentos más políticos de toda su historia de post-guerra. Por primera vez ha aceptado asumir un liderazgo continental y lo hace en las conversaciones con el gobernante de Irán, en la gran coalición internacional en contra de los ejércitos del estado islámico, y sobre todo frente a la Rusia de Putin donde Merkel cumple el cometido de defender a Ucrania y a la vez integrar diplomáticamente a Rusia en un contexto europeo.
Si el gobierno alemán hubiese estado, como ocurrió años atrás, reconstruyendo las ruinas dejadas por la dictadura de la RDA, no habría podido asumir su protagonismo en la política exterior como hoy lo hace. Luego, la aparente pasividad de su política interior es una condición para la realización de su política exterior. Algo que, por lo demás, no solo sucede en la vida política.
Si alguien tiene la vida privada convertida en un infierno, tendrá problemas para actuar con eficiencia en la escena profesional. Recordemos que los antiguos griegos, quienes entendían de política más que los de hoy, elegían para el ejercicio de puestos públicos a ciudadanos que tenían sus problemas domésticos resueltos. Por analogía, es difícil que los gobiernos durante crisis internas puedan ocuparse del resto del mundo. Al hacer esta reflexión me fue imposible no pensar –una vez más– en la Cumbre de las Américas de Panamá.
2. En Panamá fue puesto de manifiesto que, con relación a temas de política internacional, los países latinoamericanos pueden ser divididos en dos grupos. Los que carecen de política internacional y los que actúan de acuerdo a una política internacional ideológicamente prescrita. Me refiero en este último caso a los países del ALBA.
Los gobernantes del ALBA, a juzgar por sus discursos, parecieran sustentar una oposición “anti-imperialista”. Punto que contrasta con el hecho de que ninguno tiene un problema real con los E U. Todo lo contrario. Los gobiernos “anti-imperialistas” de Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y ahora Cuba, han intensificado como nunca antes sus relaciones económicas con la potencia del norte. Fue la razón por la cual Obama -frente a la histeria desatada por el mandatario Maduro destinada a convertir simbólicamente a su país en “la nueva Cuba de América”- recordó que los E U, después de 16 años de “revolución bolivariana”, son el mayor socio comercial de Venezuela con un comercio bilateral de más de 40.000 millones de dólares al año.
Sorprendió también que, a pesar de la apertura de E U hacia Cuba, Evo Morales pronunciara en Panamá uno de sus más furibundos discursos anti- norteamericanos: Un discurso de guerra, como si los marines estuvieran ya en La Paz. Entre otras cosas dijo: “¿De qué democracia habla el presidente Obama?” “Su política global ha fracasado”. “La mirada colonial imperial de E U sobre nuestra América Latina y el Caribe es una mirada de desprecio y de superioridad”.
Pero uno no termina de asombrarse. Pocos días después del discurso de Morales, en una entrevista concedida a El País (18.04.15) el Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, afirmaría justamente lo contrario. Dijo: “Admiramos el desarrollo industrial y tecnológico de E U. Es el mercado más importante del mundo, ¿cómo mantenerlo alejado? En los últimos 10 años hemos incrementado los vínculos comerciales sin incrementar los políticos”.
¿Se habrá dado cuenta García Linera de la tremenda verdad que dijo? Si su gobierno mantiene diferencias políticas pero no económicas con E U quiere decir que para él ¡ya no hay imperialismo! Pues el imperialismo –él, como marxista lo sabe- es económico o no es. Luego, ¿fueron las palabras de Morales en la Cumbre como el bolero cantado por La Lupe?: ¿“Teatro, puro teatro”?
¿Tiene entonces el gobierno de Bolivia dos políticas frente a los E U? No. Lo que tiene es un doble discurso. Mientras Morales se encarga del carnaval anti-imperialista, García Linera asume la parte seria de las relaciones. Lo mismo sucede con los demás gobiernos del ALBA; todos mantienen el mismo discurso doble. La razón es evidente:
A diferencia de un país europeo como Alemania en donde la reducción de la intensidad política interna aparece como una condición para la realización de una efectiva política exterior, en algunos países latinoamericanos el discurso exterior está puesto al servicio de la política interior. Siguiendo esa premisa, la guerra verbal de los gobiernos del ALBA a los E U busca trazar una línea interna divisoria. Su objetivo es que toda la oposición interna aparezca como quinta columna de un virtual enemigo externo.
Los gobiernos “anti-imperialistas” tienen así en los E U a su mejor aliado. Por un lado, gracias a los dólares que reciben del “imperio”, financian a sus “revoluciones”. Por otro, les sirve de pretexto para que, en nombre del nacionalismo revolucionario que dicen representar, destruyan a la oposición a la que tildan de “apátrida”. Es sin duda un discurso de sinvergüenzas; pero el negocio es redondo.
3. La creación virtual de un enemigo externo corresponde a una lógica orwelliana. En la novela de Orwell, 1984, el poder totalitario se encontraba en permanente guerra con un enemigo internacional, funcional para el mantenimiento de la guerra interna en contra de la disidencia. Sin embargo, el enemigo no siempre era el mismo. De la noche a la mañana el enemigo cambiaba y el del día anterior se convertía en aliado. Esa es también, dicho sin exagerar, la lógica de los gobiernos albinos. Cuando el enemigo (Obama) ya no se comporta como enemigo se hace necesario construir a otro enemigo para seguir manteniendo el estado de guerra interior. Al fin, eso es lo único que les interesa.
Así como Chávez inventó una guerra en contra de Colombia (¡nueve batallones!) y Maduro una con España, Evo Morales tendrá siempre a mano un sustituto: Chile y su mar.
En cierto modo a Evo Morales no le conviene, por razones de política interna, que el conflicto con Chile tenga una pronta solución. Posibilidad facilitada a Morales por el hecho de que el de Chile pertenece a ese grupo de gobiernos latinoamericanos que, o tienen una política internacional muy precaria, o simplemente carecen de ella.
Hay efectivamente gobiernos que no tienen política internacional, o solo la tienen frente a puntos muy aislados. Incomprensiblemente, Brasil, llamado por su potencialidad a ejercer una hegemonía continental, ha rehusado en nombre de un supuesto desarrollo y de una estabilidad política interna mal entendida, a ponerse a la cabeza de las naciones más democráticas de la región. La neutralidad –entendible en naciones muy pequeñas- ha sido divisa y dogma de la política exterior de Brasil.
Es cierto que el ex presidente Lula fue por razones petroleras uno de los más  grandes legitimadores del militarismo chavista. Pero tampoco se puede olvidar, fue el mandatario que más veces abrazó a George W. Bush. Solo recientemente, y de modo muy tímido, la presidenta Rousseff  ha optado por emitir opiniones criticando a las violaciones de los derechos humanos en Venezuela. Lo mismo ocurre en Uruguay donde, sin desarrollar una política coherente frente a los regímenes autoritarios que asolan la región, existe al menos un espacio en el cual miembros de gobierno emiten opiniones sin ser amonestados desde el ejecutivo. El gobierno colombiano, a su vez, solo opina con relación a las FARC y al narcotráfico.
El único gobierno que en la Cumbre de Panamá se atrevió a plantear temas de cierta relevancia internacional y a la vez salirse del libreto farandulesco impuesto por el ALBA, fue el de Perú. Ollanta Humala, en un interesante discurso, intentó llamar la atención sobre el tema de las catástrofes ecológicas –donde sí hay problemas reales con los E U-. Pero fue como hablar a las piedras.
Como es sabido, la presidenta de Chile no asistió a la Cumbre. Sabido también es que las inundaciones que afectan el norte de Chile solo fueron un pretexto para que Bachelet no asistiera. Sabido es, además, que la presidenta intentaba ganar puntos frente a la ola de corrupciones que azota a su entorno familiar y político. Pero también es sabido que la presidenta no asistió para no emitir opiniones que generaran diferencias al interior del bloque de gobierno que ella representa. Es decir, las razones de la no asistencia de Bachelet fueron de política interna pero de una caracterizada, esa en la gran paradoja chilena, por una no-política. En ese sentido la no-política internacional de Chile es un reflejo de su no-política nacional.
El gobierno chileno tiene un programa y por eso fue elegido. Nadie puede reprochar  a Bachelet hacer todo lo posible para que ese programa se cumpla. Para eso necesita gobernar con un bloque político sin grandes desgarros internos. Pero un programa es solo una parte de la política. Un gobierno absolutamente programado se convierte a la larga en un gobierno no político.
La política, no lo vamos a descubrir ahora, vive de lo que está fuera de programa. Por lo mismo, la política ha de ser existencial. Eso significa asumir las contingencias tal como ellas se presentan. Si no es así, la política carece de energía, de entusiasmo, lleva a la apatía. Cuando ello ocurre, lo está experimentando Bachelet en su persona, problemas que en otros lugares aparecerían como secundarios (¿dónde no hay corrupción?) se convierten en primarios.
4. Fue así, como leyendo en la sala de espera del dentista un mal artículo de la revista Stern sobre “el fin de la política” pude percibir la diferencia entre dos damas. Mientras Merkel desarrolla una activa política internacional gracias a tener solucionados sus problemas políticos internos, Bachelet no hace política internacional porque simplemente no los ha solucionado. Percibí además como los regímenes no democráticos de América Latina ponen la política internacional al servicio de sus proyectos nacionales de poder.
Aunque así no lo parezca, todos los ejemplos nombrados tienen algo en común y es lo siguiente: La política internacional y la internacional no son dos políticas diferentes. De una manera u otra ambas se encuentran íntimamente relacionadas. Más aún, a través del conocimiento de la política internacional podemos descifrar las claves políticas que priman en el interior de una nación.
Fue Aristóteles quien, irritado por la obsesión platónica sobre la esencia y la apariencia, planteó de modo desafiante la tesis de que la esencia de las cosas está en su propia apariencia. “Eso pareces, eso eres” fue su dictamen. En términos políticos, y siguiendo a Aristóteles, podríamos decir: “Dime como es tu política internacional y te diré como es tu política nacional”.
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