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“Lo que oí de Suráfrica” por Sergio Dahbar

“Lo que oí de Suráfrica” por Sergio Dahbar


Sergio Dahbar / @sdahbar.

El viernes 30 de enero pasado me encontraba muy temprano en una cafetería de Cartagena de Indias con el periodista inglés John Carlin (Londres, 1956). Debíamos preparar una conversación sobre la Suráfrica de Mandela y Pistorius, que mantendríamos a las 10:00 de la mañana de ese día en un salón lleno de gente.

Mientras desayunábamos, escuché por primera vez el nombre de Eugene de Kock, conocido como el “Mal Supremo” por sus compañeros de un escuadrón de la muerte, C1, que asesinaba activistas que luchaban contra el apartheid, entre los años ochenta y principios de los noventa.

Carlin, quizás el único periodista occidental que entrevistó a dos de los presos más populares de la historia de Suráfrica, Nelson Mandela y Oscar Pistorius, también conversó con De Kock en los años duros de Suráfrica. Y me contó que en ese encuentro la persona que los puso en contacto le explicó más tarde que menos mal que De Kock no se quitó los lentes cuando hablaban. Ese era su tic antes de matar a alguien.

Eugene de Kock regresó a las noticias ese viernes 30 de enero porque había salido de prisión, bajo régimen de libertad condicional, después de permanecer veinte años preso. Había confesado sus crímenes más espeluznantes ante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, y fue condenado a 212 años de cárcel por las atrocidades que cometió en el pasado. Una condena ejemplar para alguien que despreciaba la vida de sus compatriotas.

El ministro de Justicia de Suráfrica reconoció que la libertad de De Kock responde a un interés de reconciliación nacional. John Carlin opina que los países deben escoger entre “el modelo de Israel o el de Sudáfrica, que adelantó Nelson Mandela. En el primero se siguen matando. En el segundo el país ha avanzado hasta el punto de dejar libre a una persona como Eugene de Kock”.

John Carlin visitó Venezuela en 2005 y 2006, para participar en diversos foros sobre los retos del periodismo de investigación. Contó que había nacido en Inglaterra, que su madre era española, que vivió entre los 3 y los 10 años en Argentina (su padre era parte de la misión británica en Buenos Aires), y que cursó estudios en Londres.

Al graduarse regresó a la capital argentina. Allí trabajó como profesor de inglés de algunos psicoanalistas y como periodista en elBuenos Aires Herald, periódico que tuvo una posición digna en los años de la dictadura.

Después fue corresponsal en México, Centroamérica, Estados Unidos y finalmente en Suráfrica, donde su magnífico trabajo periodístico le ganó la confianza de Nelson Mandela, sobre quien escribió dos libros: El factor humano y La sonrisa de Mandela. El primero se convirtió en una película importante, dirigida por Clint Eastwood, Invictus.

Cuando le pregunté cómo había hecho para que Nelson Mandela confiara en él, me contó que comenzó a investigar los crímenes que ocurrían en barrios negros y que parecían querer ahogar la transición de Suráfrica en una guerra civil. Mandela creía que estos crímenes eran cometidos por grupos de derecha que se oponían a la paz y que buscaban una guerra civil. Una tercera fuerza, oscura, que defendía el horror del apartheid.

A lo largo de toda la conversación sentí que entre brumas hablábamos de Venezuela. Aunque los países eran muy diferentes y las realidades imposibles de encajar una sobre la otra, sentí un enorme vacío ante la posibilidad de contar con una figura como Mandela, que transformó el odio de una existencia en una capacidad notable para buscar la reconciliación de un pueblo.

Le pregunté a Carlin entonces qué fue lo último que habló con Mandela antes de morir: “Le recordé a un militar que era su principal enemigo en los años de la transición. Le consulté si lo recordaba. Me dijo que sí, pero lo importante no era ese personaje, sino que había triunfado la paz”. Ese era su legado

Publicado por El Nacional el 14 de febrero de 2015

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