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“Los caminos de la vida, los caminos de la paz”, por Ysaira Villamizar

“Los caminos de la vida, los caminos de la paz”, por Ysaira Villamizar


Ysaira Villamizar

 

¿Cuál es el concepto de paz que tienen los venezolanos en este momento? ¿Cuál es la reflexión que hacen los ciudadanos acerca de cómo debe ser la  paz en su vida diaria y en la de su país?. Hay definiciones clásicas acerca del significado de la paz. Y probablemente cuando nos toca expresarla tomamos conciencia de que el eco de la definición nos resulta muy lejano, muy ajeno.  Todo el mundo ha aprendido que el término paz supone un estado ideal de tranquilidad, de sosiego, con ausencia de guerras, lejos de las angustias, de la zozobra. Paz es uno de los términos más repetidos en discursos de políticos, religiosos, militares, educadores, poetas, filósofos de todo el mundo, toda la vida. En nuestro país, en los últimos años ha sido bandera discursiva de muchos actores. Indistintamente, la palabra es usada por gobernantes y gobernados, por empleadores y empleados, por oficialistas y opositores, por agresores y agredidos.  Hay una coincidencia. Todos señalan la carencia de paz, todos manifiestan la necesidad de tenerla y todos se acusan de ser responsables de su ausencia. En conclusión: aquí no hay paz.

¿Cómo puede haber paz en un país en donde todos los días nos vemos obligados a escuchar los discursos angustiantes que emanan de las altas esferas del gobierno para anunciarnos vehementemente que estamos en guerra, guerra económica, guerra mediática, guerra psicológica, guerra imperialista, guerra de clases, guerra bacteriológica?.  Nos dejan la sensación de que debemos vivir asustados por todo. ¡Qué broma! La escogencia ahora es cuál susto se justifica más? El que proviene de la inquietud por el porvenir económico de tu familia y de tu país, o el originado por el sobresalto de si tienes que mandar tu hijo a poner el pecho en una guerra real o ficticia, o el proveniente del planteamiento de organizar a los niños para hacer protestas antiimperialistas. No hay día en que el corazón de los venezolanos no se agite más de la cuenta por una nueva zozobra generada en las razones o sinrazones de gobierno, aun el de sus radicales seguidores, que se encienden en emoción ante la posibilidad de enfrentar a los enemigos de la “revolución” en cualquier campo, desde haciendo cursos de primeros auxilios para curar a los heridos hasta interpretando el triste papel de “patriotas cooperantes”. “A Dios rogando y con el mazo dando”, dice el señor aquél en un programa de TV bien alejado de la cultura de la tolerancia y el respeto. Emblema viviente de la manipulación.

La lucha por el día a día  no nos permite detenernos a observar cuán agitada  transcurre nuestra vida. No sólo porque el ritmo que impone la modernidad nos exige andar a prisa, sino porque la calidad de esa vida nos mantiene en un estado de intranquilidad e incertidumbre que cansa el espíritu y a no pocos conduce al desequilibrio emocional. Lo más triste es que el gobierno, obligado a asegurar el estado de bienestar físico y mental a los venezolanos, actúa convencido de que perturbando la paz de los ciudadanos se obtienen dividendos políticos. Y para ello cuenta con la hegemonía comunicacional.  Así fue con la política  del experto en manejo de las emociones, el alcalde psiquiatra, al popularizar e intimidar a los venezolanos con la transformación de unas máquinas inofensivas en temibles espías que permitían descubrir el voto, efecto logrado sólo con cambiarle el nombre de captahuella por cazahuellas. Así han hecho con la psiquis de una población recién introducida  al desconocido mundo de la tecnología, siempre invadiendo el campo de los temores. Así han hecho con el apoyo a la creación y actuación de colectivos armados en aglomeraciones electorales o de protestas. Así han hecho con el manejo subliminal de tantos y tantos símbolos.  La comparación hecha por el Presidente entre su rostro y el de Stalin no es ni ingenuidad ni infantilismo, ni egolatría, sino estrategia. Seguramente se trata de recomendaciones de los asesores electorales. La lectura debe ser algo así como: “Mira de lo que soy capaz. Y ahora tengo una habilitante para ello”. Ya no sólo estamos siendo vigilados por el Gran Hermano (Orwell, “1984”). Ahora pasará, por nuestras psiquis las despiadadas purgas contra enemigos y amigos (¡ojo! ¡AMIGOS!) propiciadas por el “camarada” dictador, sucesor de Lenin..

A juzgar por el lenguaje del gobierno y sus actuaciones de los últimos tiempos, la paz, estado ideal de tranquilidad para facilitar a las sociedades avanzar hacia el progreso a partir de unas relaciones basadas en la armonía y el respeto, no se ve, por iniciativa gubernamental, a la vuelta de la esquina. La paz es por excelencia, un instrumento para la convivencia, pero resulta que aquí la perturbación de la paz con su sensación de guerra es utilizada como instrumento político, fuente de dividendos electorales en la medida en que con ella se presiona, se condiciona, se manipula, se intimida al ciudadano para torcer su voluntad.

Por otra parte, ¿Cómo puede alcanzar  sosiego  el hombre o la mujer que no sabe cómo alimentará a su familia al siguiente día; o que no tiene recursos para afrontar los problemas familiares de salud; o que tal vez deba retirar a su hijo de la universidad porque ya no podrá costearle estudios fuera de su pueblo; o que  teme constantemente por su  seguridad y la de los suyos;  o que vive en medio de la incertidumbre jurídica que amenaza cualquier actividad productiva lícita que desmotiva el esmero por vivir mejor ante el temor a perder lo logrado con iniciativa y esfuerzo propio; o que le son criminalizados sus derechos democráticos y constitucionales a la protesta, ahora que existen hombres en cárceles de alta peligrosidad por ejercer el derecho a expresar su pensamiento; o que sufren el rechazo y odio consecuencia del llamado hecho desde los altos niveles de gobierno contra los que disienten del pensamiento oficial creándoles la matriz de apátridas, parásitos, enemigos del pueblo?

No. Así no se puede tener tranquilidad ni sosiego, características básicas de la paz. No basta el deseo ni la oración para conseguirla. Hace falta  reconciliación, que no es un acto unilateral,  hace falta orden, hace falta unión de voluntades, hace falta  recordar siempre que la verdad sólo es de Él, el máximo creador, y que “ninguno de nosotros es tan inteligente como todos nosotros”. La paz no es un decreto a menos que se pretenda instaurar la paz de los sepulcros o la paz de los silenciados…

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