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Los músicos no pueden con YouTube

Los músicos no pueden con YouTube


La noche del domingo, toda la industria musical hizo una pausa durante los Billboard Music Awards para conmemorar a un músico visionario, Prince. Y aunque el homenaje giró en torno a su legado artístico, durante toda su carrera Prince también libró una batalla contra la piratería digital y a favor del derecho de los artistas de tener control sobre su trabajo.

Los artistas están perdiendo esta batalla. Ya han pasado 17 años desde que Napster, el software para compartir archivos en línea, comenzó a inundar internet de música gratuita, subida ilegalmente a la red. Si bien Napster desapareció hace mucho, el saqueo continúa, solo que ahora los responsables son gigantes de la tecnología como Google y SiriusXM, además de servicios de reproducción en línea como Pandora.

Los nuevos servicios y plataformas son maravillosos para los consumidores, pero la laxitud de las leyes en Estados Unidos ha permitido desviar las ganancias de la música, lo que ha provocado que los compositores, intérpretes y toda la industria se ahogue en la nada.

YouTube, propiedad de Google, se ha convertido en la principal plataforma mundial para reproducir audio en línea, más que Spotify y los demás servicios. Sin embargo, le paga a los artistas y a las compañías de grabación menos de un dólar al año por cada usuario de música grabada, gracias a la piratería de su página web, que no cesa de aumentar (en cambio, Spotify otorga licencias para escuchar su música y paga 20 dólares por usuario al año).

La canción “Drag Me Down” de One Direction apareció en YouTube 2700 veces después de que se pidió al servicio que retirara las copias no autorizadas. Estas 2700 copias piratas que subieron a la página le permitieron a Google continuar beneficiándose económicamente de la publicidad mientras los artistas no obtuvieron nada.

El problema ha empeorado hasta tal punto que en 2015 las ventas de las grabaciones en vinilos generaron más ingresos para los creadores musicales que los miles de millones de reproducciones en línea en YouTube y sus competidores.

Google también ha aprovechado su dominio entre los buscadores de internet para crear la gallina de los huevos de oro de la publicidad. A Google no le importa si nuestras búsquedas de la película “Mean Streets” o la música de “The Last Waltz” (que en ambos casos produje) muestran versiones autorizadas o copias pirata: la compañía vende anuncios y cobra de cualquier modo. Sin embargo, los creadores no obtienen ni un centavo de las copias robadas, a excepción de la angustia de ver a otros adueñarse del valor del trabajo de toda una vida.

Google cuenta con tecnología básica de “huellas digitales” que podría cancelar las versiones ilegales de YouTube y de sus resultados de búsqueda. Pero en lugar de proteger el trabajo de los artistas, Google hace uso de esta herramienta como un elemento de coacción. Los creadores tienen dos opciones: o firman un contrato de licencia con YouTube y reciben tasas de regalías muy bajas o se quedan a merced de los piratas. Aquello que pareciera proteger a los titulares de los derechos de autor es más bien un mecanismo de extorsión que beneficia a Google.

Por desgracia, en Estados Unidos los músicos son tristemente subestimados. La radio, una industria de 17 mil millones de dólares, paga derechos de publicación (pagos a los compositores) pero nunca les ha pagado a los artistas ni a las compañías de grabación por su música. Además, la empresa de radio por satélite SiriusXM paga regalías inferiores a las del mercado, gracias a una buen acuerdo que obtuvo en el Congreso hace 20 años.

Los conglomerados como iHeartMedia (que antes se conocía como Clear Channel Communications) y otros servicios por internet como Pandora, que están obligados a pagar a los artistas por las reproducciones digitales, han abusado de las leyes de derechos de autor para negarse a pagar por trabajos grabados antes de 1972 (se paga a los compositores, pero no a los intérpretes). Esto quiere decir que artistas como Aretha Franklin, Ella Fitzgerald, Chuck Berry y John Coltrane nunca recibieron un centavo de las emisoras de AM/FM ni tampoco de muchos servicios digitales por gran parte de su gran música.

La última ley aprobada para este sector fue la Ley de derechos de autor “Milenio Digital” de 1998, que se basó en la idea de que los creadores deberían vigilar internet en busca de copias ilegales de sus trabajos y “notificar” a las páginas para que retiraran las copias ilegales. Según las disposiciones de “puerto seguro” de la ley, todo servicio o página web que haga el mínimo esfuerzo por atender estas notificaciones queda inmune de las acusaciones de piratería o robo.

Quizá este sistema tenía sentido cuando se necesitaban minutos para descargar una canción ilegal. Pero hoy en día nadie puede controlar con eficacia los millones de archivos piratas que se multiplican en línea y reaparecen un instante después de haber sido retirados. Tan solo Google recibió cerca de 560 millones de notificaciones para retirar contenidos en 2015.

Hay dos medidas concretas que el Congreso puede adoptar y que permitirían que los músicos reciban un trato justo. En primer lugar, el Congreso debería actualizar las reglas de “puerto seguro” de la ley de derechos de autor para lograr el equilibrio que se buscaba: proteger a los creadores con herramientas efectivas a cambio de no dejar la responsabilidad en manos de las compañías de internet.

En segundo lugar, el Congreso puede abordar el “pecado original” que cometieron las emisoras de AM y FM y tapar el agujero legal que permite a las emisoras de radio usar música sin pagar a los artistas. El proyecto de ley “Reproducción justa, pago justo” garantizaría que todos los creadores reciban pagos al valor del mercado por su trabajo sin importar las tecnologías o servicios que se utilicen para su reproducción. Cuenta con el apoyo de cientos de artistas como Rosanne Cash, Abdul “Duke” Fakir de The Four Tops, Elvis Costello, Martha Reeves, Elton John y Common. En 2015, tras años de lucha contra los piratas, Prince dijo en una entrevista que internet “era el final para los que querían que les pagaran”. Con nuevas leyes, no tiene por qué ser así.

New York Times

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