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“Magnicidio continuado”, por Douglas Zabala

“Magnicidio continuado”, por Douglas Zabala


Douglas Zabala

Para nada quiero justificar la leyenda urbana  enquistada en las cabezas de los atolondrados funcionarios y dirigentes del alto mando político de la revolución, en torno al golpe continuado y al magnicidio;  pero al decir de tales sabuesos, estoy  por creer que todo este embrollo no ha parado desde aquel día cuando  Diego de Lozada y su ejercito de ocupación imperial, le prendieron fuego a la Residencia Oficial del Gran Jefe de la Nación Indígena, para luego asesinarlo y cometer por supuesto el primer regicidio  de un mandatario venezolano  en la persona de Guaicaipuro.

Desde aquellos días de descubrimiento y resistencia  hasta el presente, la República  sólo ha conocido un Magnicidio comprobado, donde según los propios involucrados se produjo más por accidente que por la aviesa intención de liquidarlo.  Carlos Delgado Chalbaud  ha sido   el primer y   único Presidente asesinado en la historia republicana de Venezuela.  La magnitud de tal operación quedó tan blindada, que hasta el sol de hoy, sigue siendo un misterio las razones por las cuales   Rafael Simón Urbina, decidió  secuestrar y luego ordenar su muerte.

A decir verdad,  con quien  si hubo toda la intención de provocar su eliminación física, fue con Rómulo Betancourt, a quien un solo bombazo bastó para que un  24 de junio de 1960,  durante la celebración del aniversario de la Batalla de Carabobo, se produjera  el  brutal atentado terrorista, perpetrado por sectores de la ultraderecha militarista y con el auspicio del dictador dominicano  Rafael Leónidas Trujillo.  Los conspiradores no lograron tal objetivo y claro está tampoco previamente fueron tan sonsos para ser descubiertos con simples correítos o mensajes telegrafiados.

Venir de nuevo con su antiimperialismo de papel y la patraña  de la confabulación imperial, para liquidar de un sólo tirón al ahora Comandante Maduro, no puede sino causarle risas hasta al mismo Obama y al indiciado John Kerry, una vez que si algunos ciudadanos conocen de estos avatares,  son los del norte.  Abraham Lincoln (1865),   James A. Garfield (1881), William McKinley (1901)  y John F. Kennedy (1963),  demuestran  como es que se bate el cobre  en estas lides, donde por supuesto  estos percances históricos  le provocaron a su país, enormes repercusiones civiles, políticas y militares.

Que si María Corina  habría escrito primero al abogado Gustavo Tarre,  que si después Henrique Salas Römer recibió mensajitos,  y no precisamente para preguntarle por la vida de frijolito, que si  Diego Arria fue quien recibió la orden por aquello de ex embajador de la ONU, no son  sino puras pamplinas,  sustentadas en unos email hackeados  o confiscados, pero nunca pruebas ordenadas debidamente por los órganos de justicia.  Así que todo este barullo me da un cierto tufillo a congrí cubano, adosado con la misma receta de los 640 intentos de Magnicidios perpetrados contra el caballo Fidel.

En fin, llama la atención el hecho por demás sospechoso, que tan magna denuncia no sea asumida institucionalmente por cualquiera de los voceros con competencia en la materia; bien sea el Ministro Rodríguez Torres, el Vicepresidente  Arreaza u otro órgano del Poder Público, y si por  Jorge Rodríguez, en calidad de representante de un tal Comando Supremo de la Revolución, donde por cierto brillara por su ausencia el Comandante Arias  Cárdenas, quien al parecer anda más preocupado y ocupado en gobernar su Estado, que en esos cuentos  de magnicidios y  despropósitos continuados.

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