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“Naufragio y salvamento” por Tulio Hernández

“Naufragio y salvamento” por Tulio Hernández


Tulio Hernández / @tulioehernandez.

Un fantasma recorre a Venezuela: el fantasma del Titanic. Todo venezolano de estos tiempos, no importa por cuál exilio haya optado –el interior o el exterior– sabe que tiene garantizado un cupo, un camarote o una alfombra raída si viaja en tercera, en ese prodigio de la arquitectura naval del siglo XX convertido en símbolo del fracaso.

La nación se ha hecho transatlántico. El destino, opaco. La mar, oscura. El plan de navegación, inexistente. Pasan los meses y solo va quedando una certeza, que allá adelante, cada vez más cerca, nos aguarda imperturbable, camuflado en la niebla, un iceberg monumental.

Muchos, y desde la psicología de masas este es un dato interesante, claman para que la colisión ocurra pronto. Cruzan los dedos y elevan oraciones pidiéndoles prisa a los dioses. Operan viejos saberes populares. Para qué tanto nadar si moriremos en la orilla. Quizás nos anima el principio cristiano de la resurrección: solo por vía de la muerte volveremos a nacer. O la esperanza del Ave Fénix: arribar al estado de cenizas para comenzar de nuevo. Como en aquella frase de Rulfo, llevábamos tanto tiempo mirando al subsuelo que habíamos olvidado que el cielo existía.

La imagen del naufragio anunciado nos resulta absolutamente familiar. Ya ni siquiera es subversiva. Por eso la referencia al Titanic como parábola del hundimiento se ha hecho lugar común. La usan por igual escritores marxistas pro gobierno, demócratas opositores y periodistas dubitativos.

El 14 de febrero en El País de Madrid, Héctor Schams, crítico de los rojos, abandonó la imagen reiterada de los músicos que tocan mientras el desastre ocurre. Recurrió a la danza. “Bailando en la cubierta del Titanic”, tituló su artículo. La descripción es dantesca: “El barco se hunde y la elite baila en la cubierta. Algunos lo hacen por negación. Si el Titanic es indestructible, el país con la mayor reserva de petróleo del mundo no podría ser menos. Otros bailan por convicción, el capitán jamás abandona su barco. El chavismo tampoco, no tendría a dónde ir. Es una predestinación, el desenlace de una historia con final conocido y, ahora, cercano”.

Por casualidades que no lo son tanto, son asuntos junguianos, el mismo día Luis Britto García, uno de los poquísimos escritores oficialistas a quien se le puede adjudicar la categoría de pensador, publica en Últimas Noticias un artículo titulado “Titanic”.

Su relato no es menos angustiante: “ ‘¡Órdenes!’, exige el timonel. ‘Hay que cambiar el rumbo 90 grados a estribor y poner las máquinas en retroceso’, comenta el pasajero criticón (…) Tras larga deliberación, el Consejo de Oficiales concluye en efecto se debe cambiar el rumbo: ‘Convoquemos asambleas de pasajeros para unirlos a la deliberación’, señala el capitán. ‘¿Órdenes?’, llora el timonel. “Que las asambleas de pasajeros nombren comisiones para examinar el asunto”. ‘¡Órdenes!’, aúlla el timonel (…) mientras aguas heladas escalan hasta sus rodillas, su pecho, su coronilla”.

Dos días después en el portal El Joropo leo a nuestro amigo Vladimir Villegas, viajero impenitente de ida y vuelta al chavismo. Atrapado por la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue, le dice a Maduro: “Ya estamos casi en el llegadero. Usted decide, señor Presidente”.

Personalmente veo otro relato. No hay iceberg. No habrá colisión. El barco simplemente viene haciendo aguas in crescendo. El naufragio hace rato comenzó. Casi dos millones de pasajeros han saltado por la borda. Para los restantes, las colas ya no llevan a los botes. No hay suficientes. La gente aguarda por comida y medicinas, salvavidas básicos para salir con éxito de las aguas frías de la sobrevivencia.

El presidente de la compañía dueña del Titanic, J. Bruce Ismay no quiso tomar las medidas oportunas, se empeñó en que el barco llegara a tiempo a su destino para no tener mala prensa. 75% de los viajeros de tercera murió. Pero el jefe se salvó, como la mayoría de la primera clase. Luego murió solo. Recordado eternamente como un miserable y un cobarde. No repetiremos la historia. ¿Qué haríamos hoy con J. Bruce Ismay?

El Nacional, 21 de febrero de 2016

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