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“Nos hemos acostado sin comer para poder alimentar a los niños, al menos una sola vez al día”.

“Nos hemos acostado sin comer para poder alimentar a los niños, al menos una sola vez al día”.


Anzoatiguenses cuentan lo que padecen para llevar comida a sus hogares, ante escasez de rubros regulados. Algunos aseguran que intentan garantizar, al menos, la cena de los niños

Son las 12:30 de la tarde y en el hogar del ama de casa Andrea Salazar aún no saben qué van a comer. A sus tres pequeños hijos de dos, cuatro y siete años, les ha dado durante el día los pocos mangos que obtuvo del árbol que está en el patio de su vecina Shara.
Ella habita en la calle Principal del sector Tumba de Bello, en Barcelona. Allí vive junto con su madre, dos hermanos y los tres infantes.

Cuenta que en su casa, desde hace seis meses, no han probado un bocado de carne o pollo. El salario mínimo que gana su madre y uno de sus hermanos, no alcanzan para garantizar durante todo el mes la comida de los siete integrantes de esa familia.

Hace una semana los adultos se acostaron sin comer, situación que ocurre con regularidad.

Recordó que ese día uno de sus parientes le trajo un kilogramo de masa de maíz pilado, y con eso le preparó arepas a los más pequeños del hogar. Los demás se fueron a dormir con la esperanza de encontrar algo de alimento al día siguiente.

“Nos hemos acostado
sin comer para poder alimentar a los niños, al menos una sola vez al día”.

Con lágrimas en los ojos reveló que todos en su casa dejaron de desayunar y almorzar. Lo poco que consiguen lo preparan para la cena porque considera que es más fácil “aguantar el hambre durante el día que en la noche”.

A ese sector capitalino llegaron las bolsas de alimentos que distribuye el gobierno del estado Anzoátegui una sola vez, en noviembre de 2015. Desde entonces no las han vuelto a ver.

En esa oportunidad cancelaron Bs 800 por un pollo, dos harinas de maíz, una pasta, caraotas, un arroz y una mantequilla.

Andrea comentó que es rara la vez que puede comprar rubros regulados, porque en los abastos donde los expenden obligan a los clientes a adquirir otros productos que cuestan más de Bs 700. Cuando eso ocurre, ella tiene que abandonar la cola.

“No puedo pagar Bs 1.000 por una harina de maíz y un yogurt, y ni hablar de los precios de los bachaqueros”.
En la casa de Régulo Torres, quien habita en el sector Valle Lindo de Puerto La Cruz, dicen que han corrido con mejor suerte.

El albañil relató que vive junto con su madre, su esposa y sus dos hijos de 11 y 15 años. Todos salen a hacer colas en abastos y supermercados una vez por semana.

“A cada uno le doy Bs 500 a ver qué pueden comprar. Hace dos meses llegaban al menos con una harina, un arroz y una pasta. Ahora traen detergente y pañales a ver quién los quiere cambiar por algún alimento”.

Se las ingenian

La hija de Gregoria Waldrop está de viaje. Ella vive en la capital del estado Anzoátegui junto con su primogénita y sus tres nietos de uno, tres y ocho años.

“Me toca cuidar a mis nietos mientras mi hija trabaja y trae alimentos para todos”.

En su casa dejaron de consumir arroz, pasta, harina de maíz, mantequilla, aceite, azúcar “y pare usted de contar. Ahora compartimos un pollo para tres días y lo acompañamos con verduras. Los niños han tenido que acostumbrarse a eso”.

Comentó que a los más pequeños de la casa ya no les prepara jugo porque no le alcanza el dinero para adquirir frutas y azúcar con sobreprecios.

Relata que son pocas las veces que a los pequeños les preparan comida en la escuela donde estudian, pero dice que cuando lo hacen, ellos se aseguran de llegar con la porción correspondiente a la casa para compartir con los demás miembros de la familia. Parece que los chicos ya han caído en cuenta de lo difícil que resulta comer en su hogar.

En el centro y el sur

La dificultad para adquirir los productos escasos a precios regulados se extiende a la zona centro y sur del estado, donde no resulta menos difícil alimentarse.

La situación se observa en el seno familiar de Del Valle Pereira, quien vive en El Tigre. Ella dice que los 10 integrantes de su familia han tenido que acostarse sin comer más de una vez.

Pereira vive en el sector Parque Ferial y cuenta que sólo uno de los habitantes de su hogar trabaja, por lo que el presupuesto no les alcanza para alimentar a todos.

“Nos vamos a hacer las colas en los supermercados, a ver si resolvemos la comida del día, pero en ocasiones no logramos comprar”, dijo afligida.
Ni soñar con comer carne o pollo. “A veces sólo alcanza para comprar sardina”.

Igual ocurre en la casa de Coromoto García, quien vive en Anaco. Cuenta que la “crisis económica acentuada por la escasez de alimentos” los ha llevado a reducir la cantidad de comida diaria que ingieren.

Aseguró que trata de “rendir” el salario mínimo de su esposo. Es el único que trabaja. La pareja tiene dos hijos.
“Seremos caníbales o cadáveres si se acentúa la escasez. Moriremos de hambre o enfermos porque los medicamentos tampoco se consiguen con facilidad”, acotó.

 “Arma de doble filo”

El nutricionista Jesús Ekmeiro explicó que sustituir los alimentos escasos es un “arma de doble filo”, pues de hacerse correctamente puede conllevar a una vida más sana. Sin embargo, la aplicación inequívoca podría desencadenar algunas enfermedades.

“Muchas personas consideran que adquirir bebidas gaseosas les resulta más económico, pero este no es un alimento, no aporta nutrientes y su consumo regular está asociado a problemas graves de salud como obesidad, hipertensión arterial, diabetes, triglicéridos altos y caries dentales”.

Explicó que los granos combinados con un tubérculo o cereales, sustituyen la proteína animal, la porción de pollo o carne puede lograrse con combinaciones como caraotas y arepas, chícharos y arroz, frijolitos y yuca, frijol entre otros.

También destacó que la malnutrición se manifiesta en forma de obesidad, dado que la gente tiende a comer menos variedad de alimentos y opta por otros de menor calidad nutricional.

 Una enfermedad del hambre

El gastroenterólogo, Eduardo Bizzarro, aseguró que la mala alimentación a la que se expone el anzoátiguense, ante la dificultad para adquirir rubros a precios regulados, ha incrementado los casos de enfermedades inflamatorias, bajo rendimiento y desnutrición.

Explicó que la acidez estomacal, el dolor epigástrico, reflujo gastroesofágico, distensión abdominal, náuseas, pirosis y vómitos son los síntomas que con regularidad presentan los pacientes que acuden a sus consultas.

“Todo tiene que ver con la gastritis; sin embargo, ello se determina a través de un examen endoscópico que pocos tienen la capacidad de pagar. En los centros asistenciales públicos carecen de los equipos necesarios para hacerlos y quienes acuden a las clínicas privadas deben cancelar desde Bs 21 mil”.

Indicó que esta enfermedad ha repuntado en los últimos dos años.

“El 35% de los diez pacientes que atiendo semanalmente padece las consecuencias de llevar una mala alimentación”, reveló.

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