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Nosotros o ellos: la falsa división que complica y delata al kirchnerismo

Nosotros o ellos: la falsa división que complica y delata al kirchnerismo


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Cristina Kirchner eligió una estrategia muy clara para transitar hacia la salida del poder. En vez de ofrecer argumentos para recuperar el consenso social, se repliega sobre su base. Y sus rasgos se exageran hasta volverla una caricatura de sí misma.

La acentuación de la propia identidad tiene muchas dimensiones. Una es económica: después de cerrar la caja en China, Axel Kicillof vuelve a celebrar el conflicto con los holdouts y refuerza la intervención sobre el sector privado. Los costos de esa jugada son tan secretos como los acuerdos negociados en Pekín.

El kirchnerismo también agudiza su tendencia a la acumulación patrimonial. El operador de tragamonedas y propietario del banco Finansur, Cristóbal López , se adueñó de Ámbito Financiero. Y en el Ministerio de Planificación, a cargo de Julio De Vido , festejan la marea de inauguraciones con que la Presidenta anega sus últimos meses en Olivos.

Detrás de cada anuncio hay una licitación que casi siempre favorece a una empresa amiga. Basta observar el Gasoducto del Nordeste o una reciente compra de helicópteros para las fuerzas de seguridad.

En esta persistente imitación de sí mismo que realiza el kirchnerismo también aparece la pretensión de impunidad. Mientras la opinión pública sigue en estado de estupor por el final de Alberto Nisman , Cristina Kirchner , Jorge Capitanich y Axel Kicillof emitieron, hace dos semanas, el decreto 196, por el cual se libera de responsabilidad a los funcionarios que representan al Estado en la conducción de empresas privadas, por si alguien pretende llevarlos a la Justicia por decisiones dañinas para esas compañías. Un blindaje para quienes se han desempeñado como directores en, por ejemplo, Papel Prensa, el Grupo Clarín o YPF. La diputada Graciela Camaño , del Frente Renovador , acaba de pedir la derogación de esta norma. Y el legislador Mauricio D’Alessandro presentó un recurso de amparo. El decreto es curioso: gracias a él, el ministro Kicillof garantiza la impunidad a Kicillof, el delegado oficial en Siderar, en YPF y en las asambleas de Clarín. Si la comparación con la última dictadura no fuera tan ofensiva, habría que recordar la autoamnistía que dictó Bignone en 1983.

El kirchnerismo corona esta huida hacia sí mismo con un endurecimiento discursivo. Cristina Kirchner se refiere a “ellos” y “nosotros”, no a “ustedes” y “nosotros”. Ha resuelto hablar nada más que a su propio grupo. Esa clausura llega al extremo de la polarización emocional. Como si la muerte de Alberto Nisman sólo hubiera acongojado a quienes no comulgan con su administración, el duelo colectivo la ha vuelto más jocosa. Una derivación del “vamos por todo”: al otro se lo avasalla o se lo ignora.

Esta propensión a encerrarse en el propio universo quedó condensada en las imágenes de la Presidenta tomándose una selfie. Hay que entenderla. Ese giro autorreferencial acaso sea el único movimiento posible para alguien que registra una imagen muy negativa para más de la mitad del electorado. Ella no está pensando en construir una mayoría sobre la que se afirme un sucesor de su partido. Antes aspira, como Menem en 1999, a consolidar la plataforma colectiva que le permita seguir participando del proceso. Por otra parte, la adversidad suele llevar a las personas a echar mano de sus recursos emocionales más atávicos. Es una de las razones por las que las cuentas de Twitter de la señora de Kirchner y de Nicolás Maduro parecen redactadas por la misma persona.

El giro autorreferencial acaso sea el único movimiento posible para alguien que registra una imagen muy negativa para más de la mitad del electorado

Sin embargo, la apuesta del Gobierno a parodiarse a sí mismo tiene inconvenientes. El más evidente es que petrifica el caudal electoral. Es decir, cercena la capacidad de los candidatos del Frente para la Victoria para seducir a un electorado que se enemistó con el oficialismo. Ya hay gobernadores que, como Eduardo Fellner en Jujuy, no piensan competir para la reelección. La dramática tensión entre “ellos” y “nosotros” perjudica, sobre todo, a Daniel Scioli , que teme terminar partido en dos. Y beneficia a la oposición. Es lo que festejan los mercados de títulos y acciones: entienden que el encapsulamiento privará al kirchnerismo de cualquier supervivencia en el poder. De Gaulle lo escribió en un texto militar de juventud: “Sólo permanece lo que es capaz de modificarse todo el tiempo”.

La otra dificultad de la discriminación entre “ellos” y “nosotros” es que resulta cada vez menos eficaz para describir la realidad. El realineamiento que se registra en la vida pública durante la transición hacia otro gobierno es tan acelerado que muchos de “ellos” eran “nosotros” hace apenas un minuto. Este problema coloca la argumentación oficial en la frontera del discurso esquizofrénico.

Aníbal Fernández los dejó ver anteayer en un interesantísimo diálogo con Marcelo Longobardi. Fernández denunció otra vez que jueces y fiscales están dando un golpe de Estado. La demostración sería que existe una enorme arbitrariedad por la cual las causas que el Poder Ejecutivo quiere acelerar se demoran, mientras las que le gustaría demorar se aceleran. Fernández olvidó que la administración de los procesos es una prerrogativa de los magistrados frente a la cual los funcionarios tienen poco para hacer. La Constitución delimita, ahí sí, un “ellos” y un “nosotros”. Y establece mecanismos para remediar las injusticias que aparezcan en el juego.

Cristina Kirchner, cuya gran frustración profesional ha sido no poder reformar esa ley fundamental, intenta suplir esa carencia con distintas iniciativas. La más reciente fue la modificación del Código Procesal, que transfiere el poder a los fiscales. Si se tienen en cuenta estos intentos de subordinar los tribunales al poder político en desmedro de la Constitución, ¿quién está dando un golpe? ¿”Ellos” o “nosotros”?

Esta contradicción está en el centro de la peripecia que llevó a la muerte de Nisman. Según atestigua uno de sus amigos, el 30 de diciembre el fiscal pidió a una colaboradora que averiguara cuándo regresaría de sus vacaciones la procuradora Alejandra Gils Carbó. Sólo cuando le comunicaron ese dato compró el pasaje que lo traería desde Europa para denunciar a la Presidenta. Gils Carbó jura que nunca pensó en reemplazar a Nisman. Pero, obligada a hacerlo por su fallecimiento, demostró que pretendía imprimir a la causa AMIA un curso distinto al del fiscal. Lo explicó Sabrina Namer, una de las reemplazantes de Nisman: “Queremos saber por qué se abandonó la pista siria”.

Los fiscales que convocaron a la manifestación del 18, además de homenajear a un colega, levantaron la figura de Nisman como un escudo frente a la ola de reemplazos organizada por el Poder Ejecutivo a través de Gils Carbó. Fue uno de los significados del “todos somos Nisman”.

La clasificación “ellos” y “nosotros” también falla como categorización práctica. La Presidenta reprocha a Claudio Bonadio por el supuesto oportunismo de investigar sus empresas familiares ahora que ella se aleja del poder. Pero no le molestó el sentido del timing que tuvo el mismo juez cuando sobreseyó a sus secretarios privados acusados de haber multiplicado 75 veces su patrimonio con operaciones ilegales. Fue en 2011, dos días después de que ella ganara las elecciones. El fiscal del caso, Guillermo Marijuan, otra bestia negra del 18-F, no apeló.

Esta dificultad para trazar los límites se verifica también desde el ángulo de la dirigencia opositora. Sergio Massa desfiló la semana pasada en defensa del fiscal Gerardo Pollicita, que lo investiga por enriquecimiento ilícito. Y Mauricio Macri honró a Nisman, su antiguo verdugo de la causa Ciro James, alimentada por Antonio Stiuso desde la Secretaría de Inteligencia (SI).

Bonadio, Marijuan, Pollicita, el propio Nisman y tantos otros magistrados fueron “nosotros” hasta hace poco tiempo. Su transformación en “ellos” obedece, sobre todo, a la urgencia de la señora de Kirchner para deslegitimar a la Justicia en un momento en que esos jueces y fiscales avanzan sobre su familia. En la Casa Rosada esperan que Bonadio cite a Máximo Kirchner de un momento a otro. Pero en el entorno del juez hay un debate acerca de si los argumentos para esa convocatoria ya son los suficientes.

La exageración del quiebre entre dos continentes antagónicos llega por momentos al ridículo. La purificación de los servicios de inteligencia emprendida por Oscar Parrilli, por ejemplo, está enredando al kirchnerismo en un striptease inquietante. Parrilli, quien se destapó como un hombre de agallas, es el encargado de trasladar a Stiuso de “nosotros” hasta “ellos”. Anteayer lo denunció por haber contrabandeado 97 toneladas de mercadería. Entre otros dispositivos, importaba playstations, una señal de verticalismo inconfundible. Parrilli olvidó que ese presunto delito se realizó ante las narices de Héctor Icazuriaga y Francisco Larcher, íntimos amigos del matrimonio Kirchner. ¿A qué bando pertenecen esos funcionarios?

En su diálogo con Longobardi, Aníbal Fernández intentó socializar a Stiuso al decir que hizo lo mismo en todos los gobiernos. Fernández debería preguntar a los funcionarios de la AFIP que colaboraron con Parrilli desde qué año se volvió significativo el movimiento económico del ex director de la SI. Le dirán que fue a partir de 2003. No debería sorprender: la inclinación de los Kirchner a explicar la política como una sucesión de conspiraciones dotó a los servicios secretos de una autonomía desconocida durante la democracia. Fernández sabe que la SI, a través de Stiuso, se encargó de la defensa de los funcionarios con problemas judiciales. Boudou, Scoccimarro, Uberti y Cameron, entre otros, se pusieron en manos de Darío Richarte y Diego Pirota, ex funcionarios de esa secretaría. Ambos abogados anunciaron una reorientación vocacional y, quince días atrás, desistieron de la defensa de sus clientes. En el conflicto con los organismos de inteligencia Cristina Kirchner está tirando una tenebrosa selfie de su administración. Un gobierno que dice que busca mejorar la Justicia y transparentar los servicios de inteligencia, al mismo tiempo afianza sus vínculos con países tan opacos y represivos como China, Rusia y Venezuela.

La investigación del caso Nisman consigue decir poco sobre su deceso. Y es probable que la bruma se vuelva más espesa cuando se conozca el dictamen de los peritos propuestos por Sandra Arroyo Salgado, la ex mujer del fiscal muerto. Esa causa provee, en cambio, inesperadas novedades sobre la contaminación entre kirchnerismo y espionaje.

La misma declaración de Stiuso está plagada de detalles ilustrativos. El ex director de la SI pareció no hablar ante la fiscal Viviana Fein sino ante la señora de Kirchner. Se distanció de Nisman al decir que no había intervenido en su denuncia. Así intentó desmentir al juez Rodolfo Canicoba, quien afirmó que Stiuso funcionaba como jefe de Nisman. También dejó en el aire un enigma interesante: si él no intervino en la acusación y el fiscal falleció, ¿quién podría salvar las inconsistencias del planteo? El ex agente hizo un aporte invalorable a la posición del Gobierno: dijo no encontrar conexión entre las escuchas a particulares y los funcionarios. Y que si Nisman lo hubiera consultado él le habría aconsejado no hacer la presentación. Stiuso parece no querer subir al carro lleno de “ellos”. Es lógico: desde 1972, siempre fue “nosotros”.

La investigación de Palmaghini y Fein sobre la muerte de Nisman se está convirtiendo en un incómodo visor hacia las indescifrables cavernas del espionaje

Sin embargo, dejó al descubierto zonas grises. Stiuso dijo que no fue él, sino Alberto Massino, quien dialogó con Nisman la tarde anterior a su deceso. Massino fue hasta diciembre director de Análisis de la SI, es decir, el encargado de procesar la información desde el punto de vista político. También fue el responsable de derivar hacia los medios adheridos al Gobierno, sobre todo Página 12 y Tiempo Argentino, las campañas del espionaje contra políticos opositores, magistrados molestos o periodistas críticos. La declaración judicial de Massino será interesante porque permitirá conocer, entre otras cosas, por qué su cargo lo obligaba a estar en contacto con Nisman.

Stiuso fue delante de Fein el personaje naïve que apareció en Noticias. Alguien que sugiere algo así como “yo no me meto en la vida de nadie, sólo me dedico a espiar”. Dijo que Icazuriaga y Larcher conocían las investigaciones en las que se basó Nisman para acusar a la Presidenta. ¿Habrán informado estos dos pingüinos esas novedades a su jefa? Lo explicarán el próximo 17 de octubre.

En la denuncia del fiscal sobresale otra peculiaridad: acusa al Poder Ejecutivo de filtrar información hacia Irán a través de un agente de la SI, Allan Bogado. La Presidenta aclaró que Bogado fue denunciado a instancias de Stiuso por hacerse pasar por espía ante la Aduana. Una coincidencia inesperada: a Bogado se lo incriminó, igual que anteayer a Stiuso, por sus relaciones con ese organismo. El líder de Quebracho, Fernando Esteche, afirmó que Bogado colaboraba con Juan Manuel Abal Medina. Pero el vínculo de Bogado no sería Abal Medina sino Jorge Capitanich, su sucesor. Este entramado podría explicar por qué en la Casa Rosada aventuran que Capitanich será reemplazado por su rival mediático Aníbal Fernández.

La investigación de la jueza Fabiana Palmaghini y la fiscal Fein sobre la muerte de Nisman se está convirtiendo en un incómodo visor hacia las indescifrables cavernas del espionaje. Es una de las razones, no la única, por la cual en torno a ella se libra una disputa de jurisdicción. ¿No sería más cómodo para Stiuso que pase al más conocido fuero federal? Arroyo Salgado abrió una hendija cuando denunció una amenaza contra su ex marido ante el juez Luis Rodríguez. Fue por la foto marcada de Nisman que encontró su actual pareja, el empresario Guillermo Elazar.

Entre las dificultades para diseñar un mapa con sólo dos colores, “ellos” y “nosotros”, hay una evidente. Al cabo de 12 años de ejercicio casi monopólico del mando, es natural que cualquier imputación de la Presidenta sobre lo ocurrido en el seno del Estado se vuelva contra su autora. Es una consecuencia de la hegemonía que no figura en los libros de Laclau.

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