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“Oficios de la desgracia” por Tulio Hernández

“Oficios de la desgracia” por Tulio Hernández


Tulio Hernández / @tulioehernandez.

Entre los tantos oficios nuevos que la tragedia económica ha traído consigo a Venezuela uno de los más tragicómicos, y además asquerosito, es el de “alquilador de desodorante”. Me parecía un invento pero ya he escuchado el relato varias veces. Un hombre se coloca en un lugar transitado, instala una mesa plegable, varios tipos de desodorante y un aviso hecho a mano que dice: “Una dosis 25 bolívares”.

La primera versión que escuché hablaba de un spray que el alquilador aplica él mismo para que los clientes no abusen. La segunda, menos creíble, pero igual la comparto, se trata de aplicadores de bolita. El alquilador permite que el usuario se lo aplique él mismo pero sólo dos vueltas por axila.

El tema cuidado personal ahora está en la calle. Como en las imágenes más rudas de Haití o de Zimbabue. Hay peluqueros de esquina, colocadoras de uñas postizas que trabajan en aceras y hasta mujeres que hacen pedicure en plazas públicas con tres vasijas plásticas. Una para los pies, otra con agua limpia y otra con agua jabonosa. La sucia la tiran en la calzada.

Con la crisis de seguridad y del transporte público hay dos oficios que se han multiplicado. El de los “daleros” y el de los “voceadores de rutas”. Los “daleros” se llaman así porque su función principal es conseguir al usuario un puesto de estacionamiento, cuidar el carro y, luego, ayudarle a salir. En ese proceso guían al conductor al grito sonoro de “¡Dale!, ¡dale!, ¡dale!”. Al principio eran recogelatas, pordioseros y afines, pero con el paso del tiempo han sido desplazados por gente de más nivel. El domingo pasado, en el Mercadito de Baruta, le di 25 bolívares a un egresado de la Universidad Bolivariana que me ayudó a estacionar.

En cambio, los “voceadores de ruta” son unos señores que se colocan en las paradas de autobuses y leen en voz alta, es decir gritan, los destinos que van colgados en el parabrisas. Ayudan a los pasajeros a subir a la unidad y entre más pasajeros entran más grande es el tax que paga el conductor. La primera vez que vi este sistema fue en La Paz, Bolivia, hace años. Imagino que gracias a los convenios de cooperación que ha firmado el gobierno de Maduro con el de Morales se hizo la transferencia de tecnología a Caracas.

Pero, hay que decirlo, el nuevo oficio más exitoso y rentable, el que más espacio ocupa en los medios y los discursos oficiales, es el de bachaquero. No me queda duda alguna de que el bachaquero es en realidad el “hombre nuevo” prometido por el socialismo del siglo XXI. Es al mismo tiempo mártir y verdugo del desabastecimiento y la escasez. Reúne lo peor del comunismo con lo peor del capitalismo. Mártir porque tiene que someterse a una tradición comunista: las grandes colas, dormir en la calle cuidando su puesto en la filas, soportar agua de lluvia, sol inclemente y una que otra trifulca para adquirir productos que escasean o tiene precios regulados. Verdugo porque, siguiendo la lógica del capitalismo salvaje, obtiene beneficios indecorosos aprovechándose de quienes no pueden o no quieren hacer cola y les vende los productos regulados o escasos entre 500% y 1.000% del valor al que los adquirió.

Igual el bachaquerismo es una fuente de nuevos oficios. Ha generado los “alquiladores de banquitos Manaplas” para soportar las colas. Los “cuidadores de turno” que guardan el puesto mientras el titular va a comer, a darle tetero al bebé o a hacer sus necesidades. Y, por último los “vigilantes de bolsas” que, como en las consignas de aeropuertos, guardan las compras anteriores para que el bachaquero no tenga que estar levantándolas y colocándolas en el piso mientras adelanta la cola.

Aunque no sea una política pública, tal vez el bachaquerismo sea la política de

redistribución del ingreso más exitosa del gobierno de Maduro. Eso sin olvidar el incremento notable en los niveles de ingresos de policías y guardias nacionales por las tarifas que cobran por adelantar a alguien en la cola o bachaquear ellos mismos antes de que la cola comience.

El Nacional, 10 de abril de 2016

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