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“Oliver y Claudia” por Roberto Giusti

“Oliver y Claudia” por Roberto Giusti


Roberto Giusti / @rgiustia

Hace dos meses descubrimos que mi esposa, Claudia Cavallin, tenía un tumor en el cerebro. Hace dos días, supimos que es un cáncer. El hallazgo se produjo de madrugada, mientras dormíamos y en medio de convulsiones imparables. Una semana después la estaban operando y luego de tres días pudo volver a la casa. Ahora Claudia se dispone a continuar la lucha por su vida, sometiéndose a un tratamiento de radio y quimioterapia.

Todo lo narrado en las líneas de arriba ocurrió de sorpresa en una población universitaria del suroeste de Estados Unidos, a pocos kilómetros de la capital del estado, a donde aterrizamos, a finales de diciembre del año pasado, huyendo de la espantosa crisis que sacude a nuestro país y apoyando a Claudia como estudiante doctoral. Así que recién llegados, sin habernos establecido aún y descifrando los códigos de convivencia en un medio desconocido, penetramos en el mundo de la atención médica en Estados Unidos.

Descubrimos, de entrada, el trato afable que médicos y enfermeras dispensan a los pacientes, negando así el lugar común sobre la inhumana medicina capitalista que reinaría en Estados Unidos, no obstante la demanda masiva de camas. Valga decir que desde su aprobación en el 2010 el denominado ObamaCare (la Ley de Cuidados Asequibles) ha logrado incorporar 20 millones de personas a los servicios de salud.

De más está afirmar que si el episodio nos hubiera alcanzado en Caracas otra habría sido la suerte de Claudia porque, a pesar de la altísima capacidad de los médicos venezolanos, seguramente no habría podido detectarse el tumor porque los equipos de detección del mal están inservibles y si eso se hubiera podido superar entonces la operación no habría podido realizarse por falta de medicamentos. Pero suponiendo que estos hubieran aparecido, entonces la carencia a enfrentar hubiera sido la de reactivos para los tratamientos de radio y de quimioterapia. Todo eso sin contar que Claudia tiene prescrito un anticonvulsionante que no se consigue en el país.

No voy a negar que doy gracias a la providencia por haber salido de Venezuela y llegar al sitio indicado en el momento preciso. Claudia está viva y recibe la atención a la cual aspira todo paciente. Pero el agradecimiento viene aparejado por un sentimiento de impotencia y de indignación porque en mi país y por estos mismos días ha muerto el niño Oliver Sánchez cuyos padres, luego de un largo y estéril peregrinaje, no consiguieron los medicamentos prescritos para tratarse un cáncer contra el cual venía luchando desde meses atrás.

El gobierno de los pobres, el paladín de la justicia social, el salvador de la humanidad, se las ingenió para liquidar un sistema de salud que no siendo el ideal, nunca permitió ni propició aberraciones como la de los recién nacidos, quienes, en muchos casos, no pasan de vivir unas pocas horas por hechos insólitos como la carencia de tanques de oxígeno, la súbita interrupción de la energía eléctrica o la irrupción de un grupo armado que viene a rematar a un paciente en pleno acto quirúrgico.

El caso de Oliver es el de millones de personas cuyas vidas se encuentran bajo el riesgo de muerte o que de hecho han muerto y siguen muriendo a causa del empecinamiento criminal de una clase dominante cuya decisión de mantenerse en el poder debería asumirse, desde hace tiempo, como un crimen de lesa humanidad.

El Universal, 31 de mayo de 2016

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