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“Panchitos del siglo XXI por Mibelis Acevedo Donís

“Panchitos del siglo XXI por   Mibelis Acevedo Donís


 Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

Como pocas, la obra de José Rafael Pocaterra planta a la sociedad venezolana de su época frente a un espejo implacable: allí donde la magnificación de lo grotesco, lo feo, lo turbio, no tiene más remedio que alcanzarnos, que tocarnos en lo más hondo con su dedo huesudo e intangible. Es claro que la escuela del dolor curtió entonces la voz del escritor: crítico feroz de las dictaduras de Castro y Gómez, padeció el exilio y la cárcel. En 1919, de hecho, el gomecismo lo obliga a descender al inframundo de la celda número 41 de La Rotunda, donde emprende un meticuloso sumario del maltrato que luego verá luz en sus célebres “Memorias de un venezolano de la decadencia”. La mirada inesperadamente lúcida en medio de la negación que otros imponen a su humanidad, su cuerpo torturado, da cuenta de su desazón ante el triunfo del conformismo, un país rendido a los pies del “generalote con posición”; una república empequeñecida por la sombra que la barbarie cernía sobre el futuro. “Estos hombres de 1899 han traído una doctrina de ferocidad”, anunció; y es visión que hoy estremece, que es casi un déjà vu: “en su incultura, en su concepto primitivo de las cosas, no existe el adversario político sino como un enemigo a quien deben asesinar, eliminar, envenenar, destruir”. No obstante, y aun espoleado por el fantasma del pesimismo, Pocaterra no dejará de apostar a la capacidad de los venezolanos para desarrollar una verdadera conciencia nacional, surgida de la digestión de esos males siempre prestos a socavar nuestro destino.

Por eso sus personajes son radiografía descarnada de un pueblo sometido por la injusticia, por el olvido del mandón. Tal como hizo Dickens con la sociedad inglesa de la revolución industrial, por cierto, también empujado por la necesidad de exhibir sin morbo, sensiblería ni concesiones las heridas abiertas de su tiempo, Pocaterra lidia con su propia realidad para legarnos una historia que es postal agridulce e ineludible de la Navidad en Venezuela. “De cómo Panchito Mandefuá fue a cenar con el niño Jesús”: “cuento feo e insignificante” -dice el autor- sobre “un granuja billetero nacido de cualquiera con cualquiera en plena alcabala”. El preludio ya nos incrusta en el astroso mundo de un muchacho de la calle, pobrísimo y feliz, una tromba llena de vida y sin embargo, invisible para casi todos: un hamponcillo en una Caracas muy distinta a la de hoy, aunque también agujereada por la miseria. Allí, la inesperada ternura de esa flor de callejón, la gesta de un sobreviviente capaz de salvar a una niña tan desamparada como él, la nota lacónica de su mínima muerte, nos avisan que la tragedia de unos transcurre, vigorosa, mientras otros la ignoran.

No mucho ha cambiado, en el fondo, aunque tanto haya cambiado desde entonces. Los Mandefuá del siglo XXI se multiplican, brotan como juncos tristes en cada rincón de la ciudad, desarman nuestro precario equilibrio cuando en redes sociales nos topamos con la imagen de unos piecitos desnudos que sobresalen bajo un trozo de cartón: una cobija que funge de casa, que distrae del frío, que a duras penas conjura la noche y sus agoreras señales. Los ojos vivos de otros Panchitos asaltan en las puertas de los restaurantes, chiquillos que subastan bolígrafos y penas en los pasillos de los centros comerciales, postrero eslabón de la cadena en las cajas de los supermercados; niños que tuvieron que dejar el colegio para trabajar todo el día y ayudar a sus familias. Otros, también, como mi amigo Juan, quien entero en horas imposibles y todavía vestido con su único uniforme escolar, se entrena en el tedioso arte de meter en bolsas la comida que otros han pagado. Un héroe aceitunado, delgadito e invisible, que renunció a sus juegos para juntar el dinero que a su mamá le faltaba para comprarle libros.

A estas alturas, la Navidad es para ellos una noción dudosa, sin ninguna esperanza de que algún juguete de los 84 contenedores que, según Diosdado Cabello, fueron descargados en Puerto Cabello para ser distribuidos “a precios justos”, alcance a encontrarlos. La verdad es que ante el desbocado tictac de la penuria eso poco importa: ojalá fuesen solo muñecas o patines lo que les faltase. Son como ampollas en la conciencia las historias de pequeños que arañan la basura para procurar un indigno puchero; de bebés que mueren de desnutrición, el hambre como un tatuaje ardiendo en su ADN desde antes de nacer; de recién nacidos abandonados en cajas, o de niños como Kevin, enfermo de tuberculosis, quien en una sala de Infectología del Hospital J.M. de Los Ríos esperaba una donación de pañales talla M, capaces de ajustarse a la quebradiza humanidad que dificultosamente alberga sus 10 años. Todo esto mientras el Gobierno habla de un imaginario país “indestructible”, cuando la fuerza del “destrudo” hace rato mastica la carne de los inocentes.

(Cuánto urge salvar este país que crece torcido, escribirle una historia diferente, digna, que ponga punto final a la decadencia; una historia archipetaquiremandefuá).

El Universal, 11 de diciembre de 2016

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