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“Patricio Aylwin y la transición en Chile (y 2)” por Alejandro Arratia Guillermo

“Patricio Aylwin y la transición en Chile (y 2)” por  Alejandro Arratia Guillermo


Alejandro Arratia Guillermo @ib_americanos_

Patricio Aylwin condujo su período presidencial con mano firme. Los primeros años en libertad transcurrieron en tensión permanente con las fuerzas armadas, pero no pudieron doblegar la voluntad del gobierno ni de los ciudadanos. Es necesario abandonar de una vez los mitos de Allende y Pinochet, para estudiar los verdaderos aportes de la transición chilena de la dictadura a la democracia.

 

Las transiciones son formas pacíficas de superar regímenes autoritarios. Todos los sectores involucrados obtienen beneficios y ninguno satisface el 100% de sus aspiraciones. El proceso chileno no fue ajeno a ese equilibrio. Los arreglos y concepciones estuvieron limitados por el proyecto dominante: construir y estabilizar la democracia. El régimen militar tenía la fuerza de las armas y la legitimidad representada en el 44% de los votos; apoyos suficientes para imponer condiciones, y lo hicieron. Las relaciones gobierno fuerzas armadas es el aspecto más escabroso de la transición. Se convino en que Pinochet permanecería en la comandancia en Jefe del Ejército hasta 1998, ejerciendo desde tan privilegiada posición un verdadero liderazgo político antidemocrático.

AYLWIN 2En el período presidencial de Patricio Aylwin Azocar (11 de marzo 1990 – 11 de marzo 1994) los modelos económicos heredados de la dictadura fueron sometidos a nuevas e importantes reformas que produjeron un crecimiento del 7% anual. El auge permitió que más de un millón de chilenos salieran de la pobreza. Practicaron la prudencia fiscal y el crecimiento de las exportaciones. La inflación se redujo del 25% al 12,7%; el desempleo disminuyó a 4,5%. El ejercicio del libre mercado lo identificaron con el mote: “crecimiento con equidad”. La política internacional estuvo orientada a recuperar el país del aislamiento en que lo había dejado la dictadura. Aspecto relevante de las nuevas relaciones fueron los acuerdos comerciales con América Latina y los Estados Unidos.

El gobierno se desenvolvía en tensión permanente con las fuerzas armadas, pero las amenazas no consiguieron doblegar la voluntad de Aylwin, un presidente comprometido con sus ciudadanos. Tampoco pudieron enmudecer los medios de comunicación ni paralizar el disfrute de la libertad. Para que la democracia funcionara las elites chilenas enfrentaron el riesgo de buscar la verdad y propiciar la justicia. Entre las primeras resoluciones de Patricio Aylwin estuvo la equilibrada organización de un instrumento idóneo para el reconocimiento de las violaciones de los derechos humanos en los 17 años de la dictadura militar: la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (25 de abril 1990) presidida por el militante radical, jurista, ex parlamentario y diplomático chileno, Raúl Rettig Guissen.

RettigLos comisionados actuaron con perseverancia y llevaron adelante el objetivo encomendado. Un dato relevante para comprender el proceso es la identificación ideológica de los nueve integrantes de la Comisión. Un radical, dos democratacristianos, dos independientes cercanos a la democracia cristiana, un ex ministro de Pinochet, uno vinculado a la izquierda, un ex ministro de la Corte Suprema y una jurista destacada; los dos últimos sin identificación política. El trabajo se prolongó por nueve meses hasta el informe final (febrero 1991): 3550 denuncias de violaciones a los derechos humanos, 2296 fueron consideradas homicidios calificados. En total 2279 personas perdieron la vida: a 164 los clasifica “víctimas de la violencia política” y 2115 violaciones a los derechos humanos.

Transcurrido un mes de haber sido presentado el informe, Aylwin hizo una síntesis del contenido, se dirigió a toda la Nación por televisión -en una actitud valiente y sincera que lo honra como estadista- para pedir perdón en nombre del Estado:
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La Comisión cumplió el mandato de contribuir a la reconciliación de los chilenos con esclarecimiento de la verdad sobre las violaciones de los derechos humanos en el período de la dictadura.

Los cuatro años de Aylwin en la presidencia conforman un período excepcional, el primero del experimento democrático luego de 17 años de dictadura militar. El desempeño cotidiano de la gerencia del estado era un despliegue de habilidad política para capear las condiciones adversas desde la oposición pinochetista e izquierdista, además del fuego amigo por competencia, desconfianza, o dudas ante los movimientos tácticos de su gestión. Excepcional por el desenvolvimiento firme y flexible con las fuerzas armadas, los partidos, los terroristas, el congreso, el poder judicial y los medios de comunicación; por la reconstrucción de las relaciones internacionales; por la respuesta a las expectativas de la población chilena que se estrenaba en el ejercicio de sus derechos ciudadanos.

Un acercamiento válido al criterio que los propios ministros de Aylwin tenían de la situación lo trasmite el periodista Ascanio Cavallo en La historia oculta de la transición: Patricio Rojas Saavedra, Ministro de Defensa, que al comienzo del ejercicio de tan complicada responsabilidad dice conocer los límites a su función, establecidos por `los cerebros de la Concertación’, tiene una traducción particular en siete enunciados, el primero –es nuestro criterio- resume muy bien lo que debía ser el gobierno de Patricio Aylwin.

El período presidencial es de excepción y durará solo cuatro años, plazo único y no permanente. Este plazo significa que deberá trabajar con velocidad para producir la normalización institucional, y que la reconciliación, tema central de esta gestión, deberá avanzar con una combinación de prudencia y prisa” (Cavallo, 1998: 15)

El escritor Carlos Franz piensa que Chile ha dado al mundo dos mitos políticos “como epítomes del demócrata y el tirano, es decir, como clichés”: Allende y Pinochet. Fábulas de héroes y redentores han envilecido la historia política y social del continente. Es necesario abandonar de una vez las leyendas y estudiar los verdaderos aportes de la transición chilena, experiencia invalorable. Revalorar la lista de los estadistas que han superado regímenes dictatoriales, tal los casos de Patricio Aylwin (Chile), Rómulo Betancourt (Venezuela), o Fernando Henrique Cardoso (Brasil). Como ellos otros demócratas destacados, con defectos y virtudes humanas, han construido la historia real de Latinoamérica.

De los libros
Tomemos a Allende. Para unos, el héroe del pueblo que intentó una revolución socialista por medios pacíficos y legales y que tuvo que suicidarse entre las ruinas de su régimen, ese día. Para otros, en cambio, Allende fue un marxista astuto con opciones jugadas en la Guerra Fría, un fellow traveler de la Unión Soviética, a la que en su discurso del Kremlin, en 1972, llamó, famosamente, “nuestro hermano mayor” (¿provocación orwelliana o candidez?). Un lobo totalitario con piel de oveja democrática, cuya táctica era aprovechar las estructuras legales republicanas para subvertirlas desde dentro e instaurar, a corto o mediano plazo, un régimen a la cubana  (pp. 80-81)

Franz, Carlos “Allende y Pinochet, el escombro de las estatuas” pp. 79-88 en, PENSAR LA REALIDAD. DIEZ AÑOS DE ENSAYO POLÍTICO. Letras Libres (2011). Fondo de Cultura Económica. España. (Original, Letras Libres Nº 25, octubre 2003)

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