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Persistentes lluvias en Perú dejan desconsuelo y toneladas de lodo

Persistentes lluvias en Perú dejan desconsuelo y toneladas de lodo


La situación deja a 75 muertos, 264 heridos, 20 desaparecidos, 100.000 damnificados y 626.928 afectados que sufrieron daños menores, según balance.

Para entrar en Huarmey hay que sumergir medio cuerpo en el lodo. “Agua, queremos agua”, grita la gente guarecida en sus techos. Nadie baja. El barro cubre sus casas a la mitad. Tras las inundaciones en Perú, sus habitantes quedaron presos en un gigantesco pantano.

Desde diciembre último, cuando comenzó a darse el fenómeno climatológico conocido como El Niño Costero en Perú, han muerto 75 personas, 264 resultaron heridas, 20 desaparecieron y 100.000 quedaron damnificadas, destacó Efe.

El último miércoles, después de fuertes lluvias en los Andes, los “huaicos” -como se conoce en Perú a las avalanchas de lodo y piedras- descendieron desde los cerros como un ataque sincronizado, y desbordaron el río Huarmey, que fue a desembocar toda su furia en esta ciudad portuaria ubicada 300 kilómetros al norte de Lima.

“Primero empezó a venir poquita agua del río, y después ‘boom’, el agua nos atacó. Ya no podíamos hacer nada. Todas mis cosas están enterradas. Nadie ha venido por esta zona a mojarse los pies”, grita Paulina Farromeque desde el techo de su vivienda.

Su casa está en la avenida Alberto Reyes, en la misma calle donde se encuentra la comisaría. O lo que aún se deja ver de ella. En este enorme lodazal vertical sólo sobresale el techo del patrullero y algunos agentes atienden en el segundo piso del predio. El primer piso está tapado por el barro.

Sobrevivir en el lodo 

Desplazarse por las calles de Huarmey, en la región Áncash, es un reto. Cada paso es un nuevo y gran esfuerzo. Las piernas quedan presas por la resistencia que ofrece el lodo. Por momentos parece que la gente camina dentro de una gigantesca masa de torta de chocolate antes de ser colocada en el horno.

“Hay que agarrarse de las paredes de las rejas, caminar por los extremos para no hundirse”, explica Eugenio Huertas, quien en estos últimos cuatro días, por necesidad, ha desarrollado la habilidad de desplazarse con cierta destreza por el lodazal.

En Huarmey se contabilizan al menos 40.000 afectados y el Gobierno envió por mar buques de la Marina con ayuda humanitaria.

Militares desembarcaron para apoyar las labores de auxilio, en medio de rumores de saqueos durante la madrugada a negocios que aún tienen víveres pero que quedaron cerrados tras los desbordes.

La ministra de Salud, Patricia García, también estuvo allí el viernes. Pero la población asegura que el apoyo es aún insuficiente.

La ayuda llega pero no para todos. Menos a los que no pueden salir de casa, porque hay que hacer filas para recibir agua limpia.

“Pasan los helicópteros pero sólo para tomar fotos. No viene nadie”, se queja el pescador Jorge López, uno de los varios que viven en esta ciudad con vista al océano Pacífico.

Son los propios vecinos que, pala en mano, retiran el barro -donde se puede, claro- para limpiar sus calles. Es la propia población la que, con su dinero, contrata maquinaria pesada para la remoción de escombros.

En una de las calles de la ciudad, los vecinos explican que cada uno pagó 20 soles (unos seis dólares) para contratar maquinaria pesada que se lleve la suciedad.

“Huarmey es una zona de emergencia. Los huaicos siguen viniendo y lo más triste es que llegan de noche. Necesitamos ayuda urgente, necesitamos agua, víveres”, dijo Luz Castillo, detrás de un muro de ladrillos que colocó en la puerta de su vivienda, para bloquear el agua.

El puerto de Huarmey ha sido por años parada obligatoria para los viajeros que transitan por la carretera Panamericana Norte y quieren descansar y alimentarse antes de continuar con su trayecto.

Hoy, quienes consiguen atravesar tras sortear los cortes de ruta, se detienen, pero para observar la devastación.

Nos quedamos “sin nada”

En el barrio limeño de Carapongo es difícil encontrar algo que no esté cubierto de lodo después de que dos desbordes consecutivos del río Rímac ingresaran en las casas este fin de semana con casi un metro de altura, y arrasaran de madrugada con lo que había en su interior.

“Estamos en pérdida total. Solo nos queda empezar de cero, pero no tenemos cómo”, explicó Edwin Becerra, administrador de un pequeño vivero denominado Tierra Verde, del que solo queda el cartel porque tanto sus plantas como su invernadero desaparecieron, arrastrados por la implacable corriente.

“Estamos sin maquinaria, y sin mercadería. Hemos perdido alrededor de 50.000 soles (unos 15.000 dólares)”, añadió Becerra, sentado en un escritorio a la intemperie, mientras trataba de limpiar una impresora completamente cubierta de fango.

Mientras tanto, los jardineros evacuaban el lodo de las oficinas hacia un riachuelo que atraviesa el vivero y que marca el rastro inexorable que tomó la riada, al punto que unos metros más abajo dejó al colgando varios metros de los raíles de una vía férrea.

En el mismo terreno vive el abuelo de Becerra, Alberto García, quien contó que llegó al lugar en 1960 y nunca había visto una riada del tamaño de la que destruyó su predio, pues su casa todavía está inundada con dos palmos de agua.

La familia duerme ahora en un conjunto de carpas instaladas por la Municipalidad de Lima en el mismo lugar, expuestas de manera temeraria a que un nuevo “huaico”, término quechua con el que se conoce en Perú a estos aluviones, se los pueda llevar por delante.

A muchos las inundaciones les tomaron por sorpresa, especialmente porque ocurrieron de madrugada, como recordó Felicita Ramos, quien tuvo que ser rescatada por otros vecinos de su vehículo, alcanzado por las aguas cuando intentaba escapar de la emergencia junto a su familia.

“No pude escapar. Nos rescataron con una soga, pero yo caí a la corriente. Estamos sufriendo mucho porque no tenemos agua. El pozo que teníamos en casa está lleno de tierra. Tampoco tenemos olla para cocinar. Estamos con hambre. Ni siquiera tenemos colchones. Es muy triste. Hemos perdido todo”, relató Ramos.

Por su parte, el mecánico Juan Mamani comentó que solo tuvo tiempo de llevar a su familia al segundo piso de su vivienda, tras recibir la alerta de los vecinos, y desde allí observaron con frustración cómo el agua se llevaba sus enseres durante día y medio.

“Este era mi taller, y ahora mis máquinas están hechas un desastre. Solo me queda esperar que se seque para botarlo todo. Ha sido un golpe muy duro. Pido urgente apoyo de alguna empresa para poder volver a comenzar de cero”, dijo Mamani mientras observa con pena sus herramientas bajo el agua.

Cerca de su casa, unos niños jugaban al “minihuaico”, y trataban de contener el flujo de un pequeño desagüe que todavía expulsaba agua de la riada.

La mayoría de los damnificados en Carapongo duerme ahora en un campamento instalado en una zona cercana, donde reciben algunos alimentos, ropa y atención médica, a cargo del médico Álex Rosas, coordinador de emergencias del Hospital de Vitarte.

El galeno aseguró que desde el viernes ya han sido atendidas medio millar de personas, la mayoría por diarreas agudas, pero también por infecciones respiratorias como faringitis y bronquitis en niños y ancianos, además de infecciones urinarias por haber permanecido con la misma ropa húmeda varios días.

EFE/AFP
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