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“Piedad, el recomienzo” por Mibelis Acevedo Donís

“Piedad, el recomienzo” por   Mibelis Acevedo Donís


 Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

“Después de todos esos crepúsculos en que la ciudad
se volcaba en la calles para dar vueltas en redondo,
Rieux comprendió que ya no necesitaba defenderse de la piedad.
Uno se cansa de la piedad cuando la piedad es inútil”.

Albert Camus,”La Peste”

Como Orán, la ciudad castigada por la peste, Venezuela enfrenta hoy sus peores males. Y a merced de esa herida abierta, quizás uno de los saldos más lamentables que deja este reciente tramo de historia ha sido el cultivo de la idea de que podemos prescindir de la piedad. Objetos de una comunicación violentada, de una meticulosa deshumanización del adversario político (tildado de “enemigo” en ofensiva sostenida y sin respiros) hemos sido empujados a creer que la piedad no hace falta, que se trata de una incómoda piedra en el zapato cuando la épica inspiración conduce a desmerecer los pasos del otro. Pero en ello va el mal que provoca toda guerra, la supresión del hombre por el hombre, como apunta Camus: son los términos impuestos por las revoluciones, en tanto “afirmación violenta y práctica” que pese a su paradójico discurso de solidaridad, debe hacer víctimas para legitimarse.

Tal vez la piedad no parezca sentimiento que en general signe la convivencia política. Si partimos del planteamiento de H. Arend acerca de la política como escenario de odios civilizados, podríamos sospechar que esa dinámica apenas admite la noción de Tolerancia (aunque esta suponga “soportar”, más que conocer y entender al otro, más que “revelarnos” en otro). Ciorán valoraba la piedad tanto como una “coquetería de agonizantes”, y Nietzsche, principal detractor de lo que calificó en Zaratustra como “el último pecado”, habló de la compasión como “el síntoma más elocuente de la décadence“. Expresión de una “moralidad instintiva”, contraria a la razón, la piedad –sostenía- es virtud de mediocres, “la virtud de los pequeños”, quienes ejercen a través de ella una insolente y sutil posesión del otro. Pero a contrapelo de la áspera invectiva nietzscheana (y lo que en ella alude a una feroz crítica de la democracia) Rosseau considera que de la piedad “dimanan todas las virtudes sociales”, producto de la fuerza de un alma expansiva, capaz de dar contención al egoísmo a través de la “extensión del amor de sí”.

En nuestro país, la dinámica de negación del otro y la aniquilación de ese valor del pacto social que, cuando legitimado por la acción política del individuo, genera la empatía (humana destreza que nos permite ponernos en el lugar del otro, de no ignorar “todo lo que hay de común entre él y yo” antes de juzgarlo) contaminó a todos con su tóxica ponzoña. Enfrentados más que nunca a la crispación, no solo identificamos enemigos en el prójimo que transita acera política contraria, no: también los vemos en cualquiera cuyas acciones no atiendan a la cabal expresión de nuestro pensamiento, ese otro que no hace calco de nuestros miedos, censuras, expectativas, prejuicios, compulsiones y ansiedades.  Ajenos a la comprensión de la heterogeneidad del ser, hemos dado la espalda a la necesidad de encontrar modos de entendernos con cada una de esas múltiples realidades que condicionan las decisiones de los demás.

Y nos convertimos en verdugos.

Así, en gesto de inmisericorde escrutinio de la paja en ojo ajeno, se tacha de “borrego” a quien para mantener a su familia con un exiguo sueldo básico debe hacer largas, impúdicas colas. “Cobarde” a quien bajo amenazas de perder su trabajo, se ve forzado a firmar listas o asistir a marchas pro-oficialistas. Como alguien que “no ama a su patria” se etiqueta a quien decidió emigrar, no importa cuánto riesgo, cuánto desgarro o desasosiego entrañó esa elección. A otros ciudadanos se acusan de “cómodos” por no salir a la calle a ventilar su malestar y exigir cambios, aunque de este otro lado tampoco se haga lo propio. A la oposición y sus líderes se les restriega el calificativo de “colaboracionistas” por no compartir salidas rupturistas, por promover procedimientos democráticos que contemplan la vía larga, el diálogo y los votos; o de “mudos”, sin siquiera pasearse por una pregunta crucial: ¿a través de cuáles medios esperamos escucharlos?; y así. La frustración corrompe los ánimos, y lejos de acercarnos en la mutua comprensión del mal compartido, nos aísla cada vez más. Nos separa, tal y como ansía el adversario real. ¿Qué nos espera, entonces?

Lo que cabría es no rendirnos ante el egoísmo. Quisiera creer que una cada vez más extendida conciencia de ese destino común que todos podríamos enfrentar, se fortalezca y nos sensibilice respecto al mal cotidiano. Esa “piedad activa” y útil que se traduce en la necesidad de no ignorarnos, de reconocernos para juntar esfuerzos; esa virtud política que nos da la posibilidad de vivir una “profunda y a voces heroica solidaridad” -como advertía Camus en rotundo ejercicio de fe en el hombre- que nos salvaría de la peste de las generalizaciones, de la indiferencia.

Como en Orán, estamos obligados a la piedad.

A la resistencia.

Al recomienzo.

El Universal, 13 de abril de 2015
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