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“Política tuitera” por Fernando Mires

“Política tuitera” por Fernando Mires


Fernando Mires / @FernandoMiresOl.  

 Es todavía nuevo pero a la vez muy antiguo medio de expresión. Twitter, palabra que pronto será incorporada a la REA como Tuiter, más sus derivados sustantivos y verbales como tuiteo y tuitear, ha llegado a ser un medio privilegiado en el proceso siempre inconcluso de la “acción comunicativa” (Habermas).
Digo nuevo porque su auge proviene del mundo digital. Digo antiguo porque desde tiempos remotos ha habido grandes tuiteros antes de tuiter (a.T.).
Los profetas de la Biblia, por ejemplo, eran tremendos tuiteros a.T. En frases de menos de 140 caracteres anunciaban la nueva vida, la llegada del mesías y hasta el acabo del mundo. Algunas frases no parabólicas de Jesucristo también estaban hechas en estilo, extensión y forma tuiteras como tuiteros fueron los apóstoles, sobre todo Pablo de Tarso.
Efectivamente, el tuiter, debido a la brevedad de sus frases, se presta mucho para la formulación de mensajes de salvación algo que lamentablemente ya descubrieron los Testigos de Jehová a quienes, con el perdón de Dios, he tenido que bloquear en masa, so pena de que mi computador colapse frente a tanta insistencia para impedir mi libre acceso al infierno.
Hay géneros literarios que se prestan al estilo tuitero. Otros no. El ensayo en ningún caso. Pero sí la poesía. Escribir “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con las flores” (Neruda) cabe perfectamente en un twitter, y dice mucho; sobre todo a las damas. Con la filosofía es más complejo. Ha habido grandes filósofos a.T. pero otros no. Aristóteles por ejemplo nunca habría podido escribir en tuiter. Sócrates tal vez, pero Sócrates, al igual que Jesús, no escribía, aunque según su apóstol Platón sabía expresarse de modo exquisitamente tuitero. Además era chatero pues siempre esperaba una respuesta a sus preguntas. Kant y Hegel, u hoy Habermas, con esas frases kilómetricas que se gastan, jamás podrían haber sido buenos tuiteros. No ocurre así con Marx. Imaginemos que el viejo hubiera escrito en tuiter “Proletarios del mundo uníos”. Afortunadamente no lo hizo.
Sin lugar a dudas el más grande filósofo tuitero de la historia a. T. ha sido Nietzsche. Su estilo sentencioso estaba hecho para tuitear. Lástima que no haya vivido nuestro tiempo pues quizás tuiteando se habría salvado del manicomio. Al menos habría batido todos los records de “followers” y eso habría alimentado todavía más su ego, que muy chico no lo tenía.
Ahora, donde no existen dudas es que si hay una disciplina hecha para el tuiter, es la política. El tuiter –no estoy haciendo ninguna analogía- ha logrado convertirse en un ágora virtual de nuestro tiempo. Así como al ágora, la plaza central de la polis griega, acudían los ciudadanos a discutir, dando origen a la política, a tuiter llegan también ciudadanos a manifestar con sus frases entrecortadas diversos mensajes y opiniones políticas.
El tuiter ha llegado a ser un centro de discusión, de exposición e incluso de agitación política. No me refiero solo a los tuiteros de países sometidos a regímenes dictatoriales y autocráticos donde tantos y tantas yoanis sánchez defienden lo más preciado de cada uno que es el derecho a la palabra, sino, además, a la actividad política como tal.
La política es palabra y cada palabra es un significante. Pero a diferencia de otros, los significantes políticos para que surtan efecto deben ser formulados de modo conciso y breve, vale decir, en estilo tuitero.
No es casualidad que los más grandes políticos de la historia hayan sido expertos en la formulación de frases breves y a la vez altamente significativas. Churchill era un maestro en la materia. Casi todas sus breves frases políticas están plenas de paradojas e ironías. La frase de Gorbachov “quien llega tarde será castigado por la vida”  tiene también un clásico formato tuitero. Lo mismo la de Willy Brandt el día de la caída del muro: “Lo que nace unido debe crecer unido”. Aún guardo en mi memoria una de las últimas frases de Allende poco antes de morir: “Y se abrirán las anchas alamedas”. Si hubiese sido tuiteada habría tenido una resonancia aún más grande.
Los grandes dictadores y autócratas, en cambio, han carecido de vocación tuitera. Hitler aullaba. Franco y Pinochet chillaban. Stalin tronaba. Fidel Castro era capaz de hablar cinco horas seguidas sin expresar una sola idea. La síntesis y la precisión, la ironía y el humor, nunca han sido cualidades dictatoriales.
Los mejores tuiters políticos son no solo breves sino además metafóricos y metonímicos y por lo mismo indirectamente poéticos. Hoy por ejemplo leí uno extraído de un artículo de Javier Solana: “El Mediterráneo se está convirtiendo en una fosa común”. Basta leer la frase e inmediatamente asoman imágenes de botes repletos de africanos huyendo de la miseria, del hambre, de las guerras, para al final encontrar la muerte cerca de una costa europea.
Lo decisivo en la frase corta no es solo su brevedad, sino la capacidad de transportar imágenes e ideas no dichas. Es lo que los alemanes denominan “Hintergedanke” palabra que significa “el pensamiento de atrás”, vale decir, “el pensamiento que está detrás del pensamiento”. Esa es la razón por la cual hay muchos tuiters fallidos. Lo que está detrás de lo que uno quiere decir no siempre aparece en la frase. En ese caso, lo más recomendable, si uno mete las patas, es borrar el tuiter. A los que escriben ¡me han hackeado la cuenta! ya no les cree nadie.
Sin embargo, así como la vida diaria está llena de peligros y agresiones, con mayor razón ocurre en el tuiteo. Desde su más oscuro anonimato muchos desalmados obtienen en el espacio que les brinda tuiter la posibilidad de agredir al prójimo. Eso quiere decir que así como en la vida pública acecha la amenaza de la antipolítica, en la vida tuitera también asoma el feo rostro de la antipolítica.
Los que tenemos ya cierta experiencia en el oficio, estamos incluso en condiciones de identificar a los agresores del tuiteo en dos grupos psico-sociales.
El primero está formado por los “llaneros solitarios”. Son en su mayoría seres acomplejados que situados frente a la pantalla obtienen el extraño placer de insultar a prójimos, sobre todo a aquellos que han obtenido un reconocimiento del cual ellos carecen por completo.
El segundo grupo es aún más tóxico. Está formado por quienes –siguiendo a Gramsci- podríamos llamar “tuiteros orgánicos”. Son, en su gran mayoría, personajes al servicio de un partido, de un gobierno o de una mafia. En algunos países ya se autodenominan “guerrillas comunicacionales”. Y efectivamente lo son. Su tarea es asaltar a alguien de improviso, colmarlo de injurias, intentar destruir no a la frase de la persona sino a la persona de la frase. Las ordenes de asesinato virtual vienen por cierto de arriba.
Lo más aconsejable, en caso de ser agredido en tuiter –me lo han dicho mil veces- es hacer caso omiso del agresor. Pero a veces resulta imposible. Quienes como yo hemos tenido la fortuna de haber cursado la básica en una escuela pública, aprendimos ahí la primera ley de la guerra cotidiana: “a quien te insulte devuelve el insulto multiplicado por dos, porque si no lo haces te seguirá insultando”. Es decir, si te mentan a la madre, méntale a la abuela. A veces resulta. Esos bandidos solo conocen su idioma. Por supuesto, después de haber soltado una palabrota tuitera no va a faltar el cursi que te va a interpelar: “¿Así escribe un intelectual?”. Como si un intelectual fuera una especie biológica diferente a la de un abogado, dentista o plomero. O que por el hecho de haber escrito algunos libros uno estuviera obligado a calarse los insultos que se le ocurren a cualquier malnacido.
En cualquier caso, en momentos límites tenemos siempre la posibilidad del bloqueo, equivalente a la goma de borrar cuando usábamos lápices. Gracias al bloqueo podemos eliminar virtualmente al enemigo sin necesidad de matarlo. Acto, no lo niego, altamente seductor. Gracias al bloqueo tu haces desaparecer de la pantalla a un enemigo y de paso le dices, fuera de aquí, esfúmate, conviértete en polvo cósmico.
Pero el bloqueo es un arma defensiva y por lo mismo como toda arma es peligrosa. Hay que usarla solo en casos extremos. Usar el bloqueo sin agresión manifiesta del otro es también una agresión. De lo que se trata -eso es lo importante- es defender a tu espacio tuitero. Y si ese espacio es político, hay que preservarlo de los perversos políticos, es decir, de los anti-políticos. Vengan de donde vengan; estén donde estén.
Al fin y al cabo no estoy muy seguro si en la polis griega los ciudadanos se trataban con tanta amabilidad como ahora imaginamos. Cuando Sócrates fue condenado a muerte más de una puteada debe haber sonado en el aire del ágora.
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