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“Profesores y militares: el contraste” por Trino Márquez

“Profesores y militares: el contraste” por  Trino Márquez


Trino Márquez / @trinomarquezc.

 Desde que el chavismo, ahora convertido en madurismo, llegó a Miraflores, elaboró una política dirigida a destruir la Universidad, tal como esta institución es entendida desde la Edad Media, cuando fueron creadas las primeras de estas casas de estudio concebidas para recuperar, organizar y transmitir los conocimientos en diversas disciplinas que se hallaban dispersos y fragmentados en monasterios e individuos que sentían una especial inclinación por el saber.

Las expresiones de ese desprecio insolente que sienten los jerarcas rojos por el conocimiento ha tenido numerosas concreciones, que van desde los intentos frustrados de tomar las universidades autónomas hasta impedir que se renueven las autoridades universitarias. Las últimas manifestaciones de esta cruzada antiuniversitaria son la confiscación del derecho que tienen esas casas de estudio de establecer los requisitos mínimos que deben cumplir los estudiantes para ingresar en ellas y el aumento miserable que Nicolás Maduro, mediante un decreto, les concedió a los universitarios.

La Universidad es una institución académica jerárquica, y es saludable que preserve esta característica. Los ascensos dentro del escalafón docente se producen luego de presentarse un trabajo que es evaluado por un jurado integrado por tres profesores de un escalafón superior al del aspirante. La Ley de Universidades establece que para alcanzar el nivel de Titular, máximo en la escala, hay que ser Doctor, lo cual significa que el profesor debe realizar una investigación cuyos resultados debe exponer y defender frente a cinco evaluadores, todos doctores. En la Universidad se transmiten conocimientos altamente especializados y se realizan investigaciones científicas sobre temas y problemas que no tienen respuestas sencillas ni obvias. Este es el perfil ideal de una universidad  que aspire a contribuir con el desarrollo integral de una nación. Esas casas de estudio tienen que ser además de jerárquicas, meritocráticas. No es conveniente que se trasformen en lugares aplanados que actúan como simples cajas de resonancia de saberes que se generann en otros centros de investigación.

La igualdad como principio democrático solo puede regir para que quien tenga la capacidad de acceder a ellas como docente, investigador o estudiante, pueda hacerlo sin ninguna otra limitación distinta a la evaluación del esfuerzo, la disciplina y el talento. El populismo solo sirve para desestimular la investigación y el esfuerzo creativo, e incentivar la mediocridad.

Los principios básicos que rigen la vida académica han sido ignorados y demolidos por la barbarie roja. En nombre de una justicia social atrasada y movida por el resentimiento y la envidia, los recientes aumentos al personal docente achataron la pirámide académica. Ahora entre un escalafón y otro hay una diferencia salarial de apenas 2% o 3%, además de que el porcentaje global de los incrementos fue miserable. Maduro considera que los profesores e investigadores deben recibir limosnas, no una remuneración que retribuya la tenacidad y la inteligencia. Debería hablar con Rafael Correa, su socio en la ALBA y defensor en los foros internacionales, quien han desarrollado una agresiva política de ingresos para atraer hacia a Ecuador a los mejores científicos en todas las áreas de la región.

Las jerarquías que Maduro viola en la vida universitaria, sí las respeta con sacrosanta devoción en el mundo militar. Los altos mandos -generales, en sus distintos grados, y coroneles- forman una élite claramente diferencia por sus privilegios del resto de las clases. Al  mundo militar sí lo privilegia. Allí sí se delimitan con rigor de cirujano los diferentes rangos. A los altos rangos se les conceden aumentos generosos sin necesidad de que amenacen con huelgas, ni paros. Los oficiales no están obligados a formar un frente único de trabajadores con los empleados y obreros de los cuarteles para exigir que el gobierno satisfaga sus reivindicaciones.

Al igual que los demás socialismos, el del siglo XXI terminó siendo un régimen militarista, que devalúa el trabajo intelectual y se rinde frente  a quienes calzan botas y portan las armas.

 

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