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“Se buscan: ¿Valores extraviados?”, por Ysaira Villamizar

“Se buscan: ¿Valores extraviados?”, por Ysaira Villamizar


“Se perdieron los valores”.  Es frecuente oír esta expresión. Parece frase hecha. Enunciado para escribir sobre las paredes. Sentencia firme. ¿A qué se refiere alguien cundo pronuncia estas cuatro palabras?. Un filósofo, un historiador,  dirá con razón que esta pregunta admite varias respuestas. Por ejemplo, que depende del concepto de valor que tenga el individuo o la sociedad en general, o que depende de la época, o del país, o de la clase social, es decir, depende del color del cristal con que se mire la realidad. Sin embargo, la gente común, y también con sobrada razón, se refiere a los valores universales del hombre, a su sentido de justicia, honestidad, amor, solidaridad; a virtudes como la paciencia, la perseverancia, actitud frente al trabajo,  a las expresiones culturales del individuo y la sociedad;  pudiéramos decir, a la idiosincrasia. La gente hace conciencia y se refiere  a su experiencia vivida, a su ayer, a su hoy en la sociedad en que le ha tocado vivir; hace comparaciones. No se trata del ayer cuando vinieron los españoles o a la dictadura de Gómez. Se trata, repetimos, de su propia vivencia.

Refiriéndonos a Venezuela,  ¿Quién puede negar que hemos alcanzado niveles de violencia tan inmisericordes que nos colocan entre los primeros lugares negativos del mundo?. No solamente nos referimos a la criminalidad, sino también a las conductas cotidianas observadas, por ejemplo, en el tránsito vehicular, con conductas agresivas, irrespetuosas; a la desconfianza que se tiene hacia el vecino, hacia el compañero en  cualquier cola, o la sospecha que se tiene sobre si lo están o no especulando, robando o “trajinando” cuando se adquiere un bien o servicio. ¿Quién puede negar que los niveles de corrupción nos colocan trágica y bochornosamente entre los países menos honestos del mundo? ¿Quién  duda que estas carestías o devaluación de nuestra moneda se debe a factores interesados en importar (no producir) y mantener varios tipos de cambio que sólo favorecen a unos pocos? ¿Quién puede negar que hay voces silenciosas de docentes angustiados porque sus muchachos (niños o adolescentes) viven en permanente violencia hacia sus compañeros o contra esos maestros encargados de facilitarle la educación para la vida? ¿Quién niega que a diario se agrede a la ciudad y a la ciudadanía cuando algunas calles se tornan en basureros, urinarios o baños públicos?. ¿Quién puede ocultar que siempre hay alguien en nuestra comunidad que se fue o desea irse del país porque se siente amenazado, perseguido o, simplemente no ve la posibilidad de vivir con dignidad?. ¿Acaso no oímos con tristeza expresiones de subestima sobre este hermoso país, cuando el propio Ministro Giordani, (a quien nadie podrá acusar de pitiyanki), nos define: “Somos el hazmerreir de Latinoamérica”?.

Son las respuestas a estas preguntas y a las que usted podrá hacerse,  lo que lleva a : “Se perdieron los valores”.

No nos llamemos a engaños. Son otras expresiones de la gran crisis que vivimos. Es moral y ética. Las sociedades son moldeadas por sus líderes políticos, sociales, religiosos, docentes, familiares, comunitarios. Pero quienes dirigen al país están fracasando en el orden cultural, refiriéndonos con esto al derrumbe de los valores ciudadanos, a la gentileza y bonhomía que nos ha caracterizado como “gente chévere”.

Estamos frente a otra lucha, imprescindible, la del espíritu, la de la conciencia, la lucha por la paz y la convivencia, el reconocimiento al otro. Los valores no están perdidos. Están ahí, sabemos cuáles son, sabemos cómo hacer para que nuestra familia, nuestra ciudad y nuestro país rescaten lo mejor de lo que significa vivir en ciudadanía. Se trata de que lo hagamos consciente y decidamos no permitir que al país junto a sus reservas espirituales, éticas y morales nos lo sigan destrozando. Es la lucha del amor, de la esperanza y la fe organizada.

Es la lucha de los valores de la dignidad contra los antivalores creados por ausencia, omisión, error, intereses egoístas, independientemente de los pro, contra, de los nuevos tiempos de esta aldea global. No se trata de decir egoístamente que todo pasado fue mejor, como si nos estuviésemos refugiando en el pasado sin reconocer que es condición de la vida su cambio y avance. No. Se trata de luchar por mantener la integralidad y la esencia del ser humano de todos los tiempos.

Que sea esta Semana, Santa para quienes nos identificamos con Jesús, otra ocasión para reflexionar o, al menos, para darnos una “tregüita” en nuestro espíritu, aunque sea unilateral, es decir, desde nuestra intimidad, desde nuestra familia y del entorno. Es justo y, además, necesario.

 

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