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“¿Será que Dios existe?” por Claudio Nazoa

“¿Será que Dios existe?” por Claudio Nazoa


Claudio Nazoa / @claudionazoa.

I

Estoy en la isla de Los Roques, donde vine a pasar la Semana Santa. Decidí agarrarme estas vacaciones no merecidas, ya que he trabajado muy poco y no estoy cansado ni nada.

Hoy es Lunes Santo, estoy frente al mar, solo, con una botella de whisky King George V que tenía guardada. Estar en este paraíso me pone reflexivo.

Los humanos tenemos vida limitada, damos por sentado las cosas que nos rodean. Lo que hoy nos asombra, en diez o quince años será motivo de risa, como ocurre cuando vemos un fonógrafo, un tocadiscos o una anticuada pero bella máquina de escribir.

La naturaleza nos conmueve ante su perfección coreográfica; parece un ballet. Donde miremos hay un excelso bailarín magníficamente acoplado a la música del viento, a las olas y al canto agudo de las aves marinas.

Un sol poniente, naranja y brillante, se oculta a lo lejos. Miles de cangrejos violinistas danzan junto a millones de pequeñas conchitas de caracoles que se abren y cierran como labios de una coral.

Una bandada de pelícanos, cansados y con enormes buches colgando, retornan en perfecta formación. En el agua, frenéticos, cientos, quizás miles de peces de colores no dejan de danzar.

Cae la noche, veo las luces de millones y millones de estrellas que quizás ya no existan pero que, sin embargo, aún brillan; es como un viejo amor que, aunque pasó, está allí.

II

Estoy esperando a la mujer que amo. Ella es una especie de meteorito, una acumulación matemáticamente ordenada de átomos. Ella es un universo en sí misma. En su vientre reposan 300.000 óvulos de los 400.000 con los que nació. Es, simplemente, la esencia del Big-Bang.

III

Esta noche, cerca del mar, contaré sus rizos y sus pecas. Le diré que alguna vez fue la nada. Que no existía, que no vivía, que nadie la esperaba y, sin embargo, se presentó en la fusión amorosa de un hombre y una mujer.

La más bella de las mujeres tomó mi mano, bebió un sorbo de champaña. Saqué otra botella y volví a llenar ambas copas.

Plácida por el paisaje y la Krug Vintage, la sirena se entrega rendida, flotando entre arena y mar. Mientras, un pequeñísimo cangrejo, carga minúsculos cangrejitos. Y pienso:

“¿Y quién soy yo para creerme más importante e inteligente que él, que anda feliz en su playa paseando a sus crías?”.

Por eso, a veces, cuando la ciencia se atasca y no nos da respuesta, ¿será que hay que comenzar a creer en Dios?

 

El Nacional, 30 de marzo de 2015

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