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“Solo los imbéciles”, por Tulio Hernández

“Solo los imbéciles”, por Tulio Hernández


Tulio Hernández / @tulioehernandez.

Las tres cosas son muy simbólicas. Que el Premio Ortega y Gasset en su edición 2015 y en la mención “Trayectoria profesional” recaiga sobre un venezolano. Que ese venezolano sea Teodoro Petkoff. Y que, en razón de la intimidación judicial de la que es víctima por parte del gobierno rojo, no vaya a poder asistir a recibirlo en Madrid.

El jurado, que tomó la decisión por unanimidad, dice que está premiando “la extraordinaria evolución personal que le ha llevado (a Petkoff) desde sus inicios como guerrillero a convertirse en un símbolo de la resistencia democrática a través del diario que dirige”.

Dos reconocimientos en uno. De una parte, el jurado celebra la capacidad y el valor intelectual y ético de alguien que fue capaz de reconocer el equívoco histórico de intentar tomar el poder por vías no democráticas –por la vía guerrillera, que tanto dolor y muerte ha traído a países vecinos como Colombia–, para adherirse luego de manera convencida a la convivencia pacífica y democrática. Y, de la otra, está dejando sentado que en Venezuela la democracia está amenazada y que Petkoff, a travs. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽cialismo europeo como lo es El Paario de filicionesrgaemocracia esta amenazada, que Teodoro és de Tal Cual, se ha convertido en un “símbolo” de los demócratas que la defienden.

El Ortega y Gasset es un premio de gran prestigio internacional. Entre otras razones porque lo otorga El País, un diario de filiaciones abiertamente progresistas que algunos consideran el mejor entre todos los escritos en español. En segundo lugar, por la calidad del jurado. El de este año lo integraron, entre otras figuras, el conocido escritor Félix de Azúa; Carmen Iglesias, la directora de la Real Academia de la Historia; y Juan Luis Cebrián, el propio presidente de El País. Y, en tercer lugar, por sus antecedentes. El año pasado en el mismo renglón que ha obtenido Petkoff, el premio le fue asignado a Alan Rusbridger, el director de The Guardian, en reconocimiento a su trabajo frente al diario británico, al que ha logrado convertir en uno de los líderes mundiales en Internet, y en particular, declaró el jurado de entonces, por “su lucha por la defensa del periodismo y de la información al ciudadano, ejemplificada en la publicación de la exclusiva de las filtraciones de Edward Snowden, una información que cambiará la forma de relacionarse entre los gobiernos y los ciudadanos”.

La gestión de Tal Cual en estos quince años hay que calificarla de heroica. Ha recibido multas, intimidaciones de todo tipo, y en esta semana se prepara a enfrentar la séptima demanda por parte del sistema judicial venezolano. Un asunto de libro Guinness. En estas condiciones llega el premio.

No podía ser más oportuno. Se anuncia, además, en un momento cuando la opinión pública española, su dirigencia política y su Parlamento se va convenciendo cada vez más de la naturaleza autoritaria del modelo rojo venezolano. Incluso El País, un diario que en un comienzo trataba con guante de seda al presidente Chávez, se ha hecho severamente crítico del gobierno de Maduro. Con más fuerza aún luego de que el mismo reuniera a un grupo de directivos de empresas españolas que operan en Venezuela intentando chantajearles para que intercedieran ante los diarios madrileños y lograran bajarle el tono crítico hacia su gestión.

Que una institución de prestigio celebre la capacidad de cambio de Petkoff es como para alegrarse. Porque hay en Venezuela dos tipos de extremos ortodoxos que se tocan. El de quienes no le perdonan jamás su pasado comunista. Y el de quienes no le perdonan lo contrario, que haya dejado de serlo. De los primeros hay muchos en el ala más radical de la oposición. De los segundos, en el gobierno, que a un mismo tiempo le odian, le persiguen pero le respetan. Por eso siempre me resultó altamente revelador que el libro de Alonso Moleiro sobre Petkoff se titulara Solo los estúpidos no cambian de opinión.

Hay una frase de Ortega y Gasset que podría suscribir Teodoro: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión”.

El Nacional, 26 de abril de 2015

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