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“Sueños en la incertidumbre”, por Ysaira Villamizar

“Sueños en la incertidumbre”, por Ysaira Villamizar


Claro que se siente orgulloso por exhibir muy buenas notas como actual estudiante de una exigente carrera en una prestigiosa universidad nacional autónoma. Sin embargo, su cordial sonrisa se opaca cuando se le pregunta por el futuro inmediato, es decir, después de graduarse en un acto que seguramente ocurrirá dentro de año y medio … “si es que las circunstancias que vive la universidad así lo permiten”, aclara el joven con el cual intercambiábamos ideas acerca de la situación que hoy vive su generación en el país. Nos cuenta que desde ya está explorando las diferentes áreas laborales que su profesión le permitiría ocupar, pero para él las perspectivas son deprimentes.

Como si se tratase de un analista económico, nos repite una y otra vez que ve con angustia cómo sus posibilidades de ejercicio profesional se disipan:  “Muchas empresas cierran o están al borde de la quiebra; las que pueden, se van del país; sobreviven o cambian de ramo que le impliquen  menos puestos de trabajo o menos complicaciones. Oiga -nos agrega convencido-, esos empresarios tienen muchos problemas, no es  nada más por los sueldos que pagan; es que se les hace muy difícil traer materia prima, repuestos para sus equipos, para ellos es complicado hasta  distribuir los productos. No es fácil entenderlo ni explicarlo porque por ahí se ve mucha gente con billete y eso muchas veces no es porque se lo ganan legalmente, es que andan en otras movidas, como la especulación o están asociados con gente del gobierno, importando vainas que pudieran producirse aquí. Otros andan contrabandeando,  o haciendo negocios raros con los dólares”. La conversación, momento a momento, se va tornando más y más seria. “Por ahora, -nos confiesa-, no tengo recursos para montarme en una de “emprendedores”, yo sé que debo intentarlo; debo investigar qué puede ser atractivo para la gente y asegurarme de que alguien lo va a apoyar a uno con un crédito para poder arrancar. La cosa es difícil. Ya hasta comprar equipos pequeños cuesta un platero increíble si lo comparas con hace apenas dos años”.

Como si cada palabra pronunciada con severidad, le sirviese para drenar sus rabias o sus temores, el futuro graduando continúa… “me da broma ver cómo tantos panas se están yendo del país. Es mucha la frustración porque cuando estás en la universidad te enamoras de tu carrera. Algunos ni siquiera la terminan, pues creen que de nada les servirá graduarse. Y es verdad. Hace poco colocaron en internet un video donde unos chamos hablaban del país. Uno de ellos dijo algo así como ´´me quiero ir demasiado´´. Naaaaa!’ y tú veías en los comentarios como eso hizo reír a muchos, a otros llorar, a otros les dio arr…. Unos criticaron la manera de expresarse; otros dijeron que los tipos eran muy vacíos, otros que eran pitiyanquis, y muchos se identificaron con ellos; en fin… “.

Colocándonos en el lugar de cualquier joven, nos lanzó varias preguntas cuyas respuestas no pudimos hilvanar en lo inmediato porque no se puede desestimar ni el dolor ni la inteligencia de quien parece interpelarte:  ¿Qué harías tú  si no encuentras trabajo en tu país para tu profesión que te costó tanto sacrificio estudiar? ¿Qué harías tú para ganarte la vida dignamente? Y si eres padre de familia o quieres ayudar a tus viejos, ¿no te irías?. Tal vez no lo pensarías demasiado si ves la oportunidad de hacerlo. ¿No ves cómo se están yendo los médicos?, sus salarios son miserables; no tienen oportunidades de hacer postgrados ni mejorar sus conocimientos, arriesgándose ahora en los hospitales  como hemos visto en los últimos tiempos con la violencia con que los atacan Y así es con todos.”

No esperó respuesta. Aunque no andaba apurado, no esperó nuestro razonamiento. Tal vez le pareció que todo lo que se le expusiera era tratar de adivinar un futuro muy incierto o que por el momento ya había cuestionado a muchos reclamando compromisos, rectificaciones frente al país que le estamos dejando a los hijos y a los nietos. Continuó con mirada pensativa, más bien triste,  “Yo voy a guapear, pero no me vengan a decir, si me voy del país, que soy un apátrida, que no me importa mi patria o que soy un chamo cobarde, … pero es que hasta esa esperanza la estoy perdiendo porque sé que pronto no podremos salir del país, ninguno podrá salir del país, ustedes tampoco podrán salir del país,  no habrá dólares, los pasajes serán inalcanzables y no nos van a dejar salir”.

Oyendo al joven recordé las denuncias hechas desde hace tiempo por gente preocupada ante esta realidad. García Arocha, rectora de la UCV; por ejemplo, afirmó alarmada que “diariamente puedo firmar más de 100 certificaciones o notas certificadas, lo que indica que la mayoría de los jóvenes tiene aspiraciones de irse del país.”. Pero no sólo los desempleados emigran, también jóvenes que buscan mejorar su calidad de vida” ante una oferta laboral que casi siempre los coloca al borde del salario mínimo, no importa si son docentes, ingenieros o arquitectos.

Luego a solas, me devolví las preguntas hechas por el joven buscando responderme con la sinceridad que él nos exigía, y entonces, nuevamente, fue difícil contestar porque ya no se trata de ver la cosa desde la perspectiva de quien tiene menos futuro que pasado y ha consolidado una familia, garantizado un modesto pero suficiente patrimonio, una profesión y un empleo digno; sino desde el sueño, desde la visión de alguien a quien no le convence la oferta de  una “patria bonita” para un tiempo incierto, lejano, invisible, cuando sus ilusiones están puestas en el ahora, en el año y medio que le falta para graduarse. Se trata de la legítima aspiración de que su título sea la garantía de un empleo digno o una pequeña empresa que le permita formalizar un hogar, un techo propio, un vehículo modesto, unas posibilidades de viajar, de vacacionar, de seguir perfeccionando sus estudios que entonces deberá costearse con su solo esfuerzo; en fin,  un mínimo de holgura. Para él, ése es el derecho de su generación hoy;  no  es una banalidad o un pecado por el cual deba sentirse egoísta, superficial o apátrida, pues Dios le hizo nacer en esta tierra privilegiada en recursos humanos y materiales que bien administrados por un estado responsable, tendrían que habernos convertido ya en una nación ejemplo de progreso y bienestar.

Las esperanzas de que esta situación cambie, son las mismas que tenemos de cambiar el modelo, de sustituir el camino escogido por el gobierno para administrar el país, y esa posibilidad cierta está ahora en manos de los venezolanos por la única vía que corresponde a una sociedad civilizada.

 

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