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“Todos diferentes, todos iguales”, por Ysaira Villamizar

“Todos diferentes, todos iguales”, por Ysaira Villamizar


El Reglamento Especial que ahora aprobó el CNE para garantizar la participación paritaria hombre-mujer en las postulaciones de los candidatos en el venidero proceso electoral parlamentario, tiene sus precedentes cercanos en los exhortos que este organismo hizo en los años 2005 y 2008 con el fin de que los partidos políticos incorporaran en sus maquetas al menos un 40 por ciento de mujeres para optar a cargos de elección popular.

Por sentido común, por  razones de equidad,  por comprensión de los avances de la humanidad, nadie, especialmente ninguna mujer, podría ponerle peros a la norma. Sin embargo, presencié una singular conversación “entre mujeres”, con expresiones como éstas: “es que este momento es para los hombres, porque ¿quién va a poner la cara frente a una gente sin escrúpulos, capaces hasta de romper la nariz a las mujeres?”; “el momento de nosotras es cuando todo esté en orden” , comentario que continuó con este criterio:  “yo vi en mi casa desde chiquita que quien lleva la batuta es el hombre y eso no se puede cambiar de la noche a la mañana”.

Estas expresiones, estos conceptos, confieso, fueron inicialmente sorprendentes; pero luego entendí que tienen  raíces históricas y culturales en sociedades como la nuestra. Evidentemente, no se trataba de oposición o rechazo. El asunto pasaba por la supuesta debilidad de las mujeres para enfrentarse a los abusos físicos del poder. También pasaba por la tradición del papel riguroso del hombre en la familia.

Son valiosas opiniones por espontáneas, realistas, sinceras, que reflejan la cotidianidad  cultural,  pero que han hecho muy duro el camino  a las mujeres activadas en la lucha por la conquista de sus derechos.

En esta polémica, sin embargo, hay otras consideraciones sobre el fondo filosófico y político del reglamento, pues sentimos que al imponerse legalmente una norma de esta naturaleza se nos estuviese diciendo: “Oigan, no se preocupen, ustedes también tendrán su chance”, quedando la sensación de que es un regalo recibido por el sólo hecho de ser mujeres y no por valoración incondicional de nuestras cualidades, nuestros valores, nuestra inteligencia, nuestra ética; en fin, por nuestros méritos. Las postulaciones para cualquier cargo no deben partir del sexo de la persona, sino de sus capacidades, de sus talentos, de su perfil. Así, por ejemplo, si de la evaluación resultara que el ciento por ciento de los más idóneos pertenecen al sexo femenino, entonces todas las candidatas deberían ser mujeres; pero, igualmente, si las capacidades y virtudes se encuentran en los hombres, las postulaciones deberían ser para ellos. Por supuesto, estadísticamente esta situación numérica no se presenta; la lógica indica que unos resultados cercanos a la realidad serían proporcionales a ambos géneros.

Ahora bien. ¿Qué ha ocurrido en nuestra cultura política? Sencillamente que ella no está aislada del contexto general, sino que es el reflejo de la cultura integral de la sociedad. Se trata del principio holográfico, según el cual un tejido contiene todos los componentes del cuerpo al que pertenece. Así, lo que ocurre en el hogar, en la escuela, en la Iglesia, etc., es el reflejo de lo que sucede en la sociedad, lo cual, por ende, también se reproduce en la política. Y tratándose de una sociedad machista, era lógico que el hombre se tomara para sí y para siempre el control de los poderes, en especial, del político, a lo cual se une el hecho de que el poder es en sí mismo, conservador por naturaleza.

El proceso de conquista de los derechos sociales, económicos y políticos de las mujeres en todo el mundo ha sido muy lento. Hoy, en pleno siglo XXI sólo el 30 por ciento de las mujeres ocupan posiciones de liderazgo, a pesar de que han tenido gran activismo laboral,  reconocidos en  educación y participación política, espacios en los cuales cualitativamente han demostrado con creces sus capacidades;  hay mujeres “astronautas y presidentas, académicas y empresarias, propietarias de tierras y de negocios”, y en su ejercicio, en los resultados,  no han tenido nada que envidiar a los hombres. Todo lo contrario.

De manera que unas luchas tan largas, sólo pueden acortarse mediante las legislaciones. Así ha ocurrido en este país con la Ley contra la violencia de género, en ocasiones abusivamente utilizada por algunas mujeres contra hombres muchas veces inocentes; pero que se ha constituido en instrumento para contribuir a frenar los abusos que históricamente han cometido contra la mujer.

No obstante, a pesar de los avances jurídicos, aún hay muchas deudas por saldar con las mujeres, sobre todo en el campo de la sexualidad, la distribución de las cargas en las labores del hogar y la subestimación del hombre ante la capacidad de éstas  para tomar decisiones o abordar cualquier emprendimiento de manera certera. Prejuicios,  machismo, intereses políticos o económicos son obstáculos por vencer.

Otro aspecto de la polémica es la razón de origen de la decisión; es el momento  en que se aprueba el Reglamento, pues no se trata solamente de una decisión social, de justicia (aunque contribuya sin duda a ello), sino que es una disposición  lanzada como arma política para desajustar “el juego” al sector opositor. Es utilizar los derechos de la mujer con la intención de afectar otros derechos democráticos. Dejaron a la Mesa de la Unidad correr con sus primarias, con sus maquetas, sin hacerles un llamado, una advertencia pública, manejando de muy bajo perfil el instrumento que se preparaba, para procurar crearle conflictos a lo interno. Sin embargo, atentos como estaban a cualquier medida (ésta y/u otra), la dirigencia ya está tomando sus decisiones para resolver la situación planteada. No debiera haber crisis por ello.

Entre tanto, seguimos pensando que hablar de “igualdad de género” supone tratamiento por igual, pues  el género que defendemos es uno solo, el género por el cual luchamos: el género humano, que de acuerdo con su sexo y aprendizaje,  por  razones culturales, sociales e históricas asume roles diversos y específicos en la sociedad, en la lucha por la humanidad. Y así, bienvenido el hombre-mujer, capaz de defenderla.

 

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