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Tomás Straka: “Dejando de ser niños superaremos la necesidad de tener un rey”

Tomás Straka: “Dejando de ser niños superaremos la necesidad de tener un rey”


El autor analiza en el libro La República fragmentada las medidas que derivaron en un modelo insostenible con repercusiones políticas y sociales 

(Humberto Sánchez Amaya) En La República fragmentada Tomás Straka recuerda cómo Mariano Picón Salas indagó en la relación de los venezolanos con la historia. “Le angustiaba un historicismo capaz de convertirse en opio y atontar sus fuerzas. El venezolano, argüía, suspiraba por un pasado ideal para refugiarse de una cotidianidad desoladora”, escribe el autor en la obra.

Explica cómo las promesas del pasado se convierten en esperanzas para el futuro en momentos de adversidades. Detalla, además, momentos claves de la historia del país, contrariedades políticas y económicas, decisiones revertidas y comportamientos sociales que definen a los venezolanos como grupo.

“No está dirigido a historiadores, sino a aquellas personas interesadas en el problema venezolano, que quieren entender el entorno para tomar decisiones”, dice sobre el libro que reúne los artículos que escribió para la revista Debates IESA.

El ensayista señala que Venezuela es un caso extraño en el que la historia vende más que la novela. “Sospecho que la situación política y penuria económica han hecho que el interés se expanda a otros sectores como la clase media, que se sentía segura de su posición en el mundo, producto de sesenta años de crecimiento económico. Pero todo se vino abajo”.

—A propósito de esa idea, en uno de los primeros artículos del libro habla sobre la posibilidad del fracaso como sociedad. ¿Eso ocurrió?
—Yo no digo que la sociedad fracasa, pero sí puede. El libro da ideas para aquellos que toman decisiones. En ese ensayo me baso en el best seller Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen de Jared Diamond, que al estilo gringo hace una clasificación de las razones del colapso de las sociedades. Me pregunto si el proyecto de convertirnos en un país moderno se perdió. En gran medida pareciera que sí. Identifiqué actitudes que el autor ha encontrado en las sociedades que pasan por eso, decisiones que se tomaron en los setenta y ochenta. Algunas aún se siguen tomando.

—Habla de medidas gubernamentales que ocasionaron el despilfarro de la renta petrolera y la urbanización sin control de la ciudad, entre otros hechos que luego se hicieron insostenibles. ¿Qué pudo haber hecho la sociedad para evitarlo?
—Ejercer la ciudadanía, especialmente aquellos llamados a ejercerla. La no ciudadanía es la infancia permanente ante el mundo, es como pedirle a un niño que reaccione ante las decisiones de sus padres, es muy poco lo que puede llevar a cabo. Un adolescente quizá puede ejercer algunas acciones, pero alguien de 30 años no puede estar llorando. La etapa más desastrosa fue la de la antipolítica en la clase media entre los ochenta y noventa. Esas medidas fueron aplaudidas por buena parte del país, aunque hubo voces agoreras sobre lo que podía ocurrir.

—¿Cuáles fueron esas voces?
—Personas como Juan Pablo Pérez Alfonzo, Arturo Uslar Pietri, Asdrúbal Baptista, Domingo Maza Zavala, José Ignacio Cabrujas, Teodoro Petkoff. No oírlos era menos costoso emocionalmente.

—Da ciertas claves, ¿pero cómo sabremos si fracasamos?
—Una de las limitantes de la historia, cuando se escribe, es que no sabes el desenlace. Uno ignora si está en el penúltimo capítulo o en el primero de otra etapa. En la próxima década veremos si pudimos retomar el camino que perdimos o asumimos otro. Hay que recordar los esfuerzos que hubo para crear e incluso mimar a la clase media, pero esta no estuvo en la condición de tomar las riendas de la sociedad. En este caso hablamos de fracaso en términos sociohistóricos.

—En uno de los ensayos recuerda cuando Mariano Picón Salas afirmó que Venezuela entró al siglo XX en el año 1935. ¿Estamos en el siglo XXI?
—Es difícil responder. En esa época había un perfil claro de lo que era el siglo XX. Cualquiera que haya nacido durante los mismos años que el ensayista notaba en los sesenta hasta dónde habíamos llegado en tecnología, telecomunicaciones, educación y salud. Ahora no tengo claro lo que será este siglo. Sí puedo decir que el siglo XX sigue vivo en nuestra relación con el petróleo.

—¿Qué le respondería a un lector que identifica lo que está mal, pero quiere saber cuál es la solución?
—Entre historiadores nos causa gracia y también angustia ese deseo. El objetivo de la historia es que la persona haga un proyecto a partir de la reflexión. No soy el hombre que diseña la sociedad. Si no lo puedes elaborar tú, organízate con otros para llevarlo a cabo.

—Menciona ese deseo de emigrar que tiene una parte de la población. ¿Cómo profesor no siente angustia de enseñar a un grupo de estudiantes que quieren irse del país?
—Siempre la noticia de un joven que decide irse me genera tristeza. Demuestra que mucho del esfuerzo que hemos llevado adelante desde las aulas pareciera no tener perspectiva. Lo entiendo, pero no es una batalla que está perdida. No todos los que se van son los mejores.

—En La República fragmentada trata el vínculo del venezolano con el voto, especialmente como medio para elegir al salvador. ¿Cómo ve el ciudadano un proceso como el de las parlamentarias?
—La respuesta la da el poco entusiasmo que suelen generar. Que en esta ocasión haya tanto interés demuestra el nivel de la crisis en la que estamos. Ojalá sea la prueba de un cambio en la cultura política y virtudes ciudadanas. Normalmente votaban en las legislativas de una forma poco entusiasta dentro de la lógica presidencialista. Si a algo se parece esto es a los parlamentos de Juan Vicente Gómez, no a los de la democracia.

—Lo que comenta hace alusión también a esa añoranza del rey, la conciencia monárquica a la que se refería Germán Carrera Damas. ¿Cómo se puede superar eso como sociedad?
—Es difícil, hay naciones que siguen siendo tremendamente presidencialistas. Un ejemplo es el caos francés. Hay un montón de países europeos, democracias estables como las de Bélgica, Suecia e incluso Inglaterra, en las que aún necesitan de un rey, un jefe de Estado vestido con un uniforme de mariscal o almirante. Dejando de ser niños superararemos esa necesidad de rey, de ese padre bueno y fuerte del que hablaba José Gil Fortoul. Eso se logra a través de la educación y la independencia económica.

—Al final de libro hace alusión a logros individuales y grupales que han sido importantes para el país.
—Desde la escuela nos enseñan que un buen ciudadano es alguien como Bolívar o Páez. Decía Augusto Mijares que nos hacía falta otro tipo de heroísmo. La idea es demostrar que sí se puede ganar la batalla de la paz, que hay un camino distinto a la historia bronceada.

—En el texto hace un recuento de medidas desacertadas hasta que en 1989 Carlos Andrés Pérez quiso seguir otro camino, pero al final no se concretaron.
—Hubo años de felicidad ilusoria en los que la renta petrolera permitió financiar un estilo de vida que no se correspondía con lo que producíamos, pero se lograron conquistas sociales importantes como la creación de infraestructura, gente que se educó. El modelo se agotó. El ex presidente quiso dar un giro; sin embargo, fue traumático y lo abandonó. Pienso que la esencia de esas medidas iba por el camino correcto. En el resto de América Latina permitió equilibrar los presupuestos, acabar con la inflación y atraer inversiones. Sin esas medidas, llamadas por la prensa neoliberales, los gobiernos posteriores de izquierda democrática en Brasil, Chile, Uruguay y Ecuador no hubieran podido realizar los aparentes procesos de transformación social.

Vía El Nacional

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