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“Una discriminación de género silenciosa” por Bernardo Kliksberg.

“Una discriminación de género silenciosa” por  Bernardo Kliksberg.


Bernardo Kliksberg.

 

La discriminación de género sigue, pese a los logros notables de las mujeres en educación. La participación de las mujeres en la población ocupada es según la OIT, un 27% menor que la de los hombres. En las mujeres jóvenes la desocupación es el doble. Los trabajos de las mujeres son de menor calidad. 40% de las mujeres con empleo remunerado no aportan a la protección social. Oxfam afirma: “La mayoría de las trabajadoras peor remuneradas del mundo son mujeres, y las mujeres desempeñan los empleos más precarios”. El Informe Davos calcula que al ritmo actual se tardará 118 años en lograr igualdad entre los ingresos de las mujeres y de los hombres.
Por otra parte, las mujeres son las que atienden en mucha mayor proporción la economía del cuidado, que comprende la gestión del hogar, la atención de los niños, el seguimiento de sus estudios, el apoyo a los ancianos. Lo hacen en una proporción que es dos veces y media la de los hombres. Esas son tareas imprescindibles para el hogar, y la sociedad, pero que no tienen remuneración, ni siquiera figuran en las cuentas nacionales, y les impiden participar más activamente en el mercado de trabajo.

A estas discriminaciones se suma una silenciosa pero que opera consistente y vigorosamente a diario en muchas organizaciones. La minimización y el relegamiento de su voz. Una reciente obra de Tali Mendelberg, profesora de la Universidad de Princeton, presenta sólidos datos de investigación al respecto. Denominada: “El sexo silencioso: género, deliberaciones e instituciones” fue publicada en el 2015 por Princeton, y Brigham Young University. Anota la obra: “La Sociedad señala que el dominio del poder está aún reservado para los hombres. Las mujeres no tienen confianza en que lo que tienen que decir sea valorizado, y ello condiciona en qué medida están dispuestas a hablar”.

Las conclusiones de la obra recogidas por The New York Times indican: “Las voces de las mujeres faltan con frecuencia en los asuntos públicos, aunque tengan lugares en los espacios de poder. Hablan menos, hacen menos propuestas, y están sujetas con mayor frecuencia a interrupciones negativas. Los mismos patrones se están repitiendo online”. Cuantificando observaciones de campo se estima que las mujeres toman de una cuarta a una tercera parte del tiempo de la discusión cuando se discuten políticas y decisiones, salvo cuando están en mayoría.

A veces resalta una alta ejecutiva de una agencia comunal en EEUU: “mi voz queda en el aire, como sino se hubiera dicho nada… Me acostumbré al hecho de que no soy escuchada por lo menos al comienzo, y empecé a buscar otras estrategias para avanzar mi misión”. Una profesora de la Universidad de Rutgers destaca: “Las mujeres saben que su mensaje será recibido con escepticismo, y esperan entonces para hablar cuando haya evidencia abrumadora y apoyo”.

Los estudios muestran que en el caso de asaltos sexuales, en instituciones como la policía o el ejército donde las mujeres están subrepresentadas, las opiniones se sesgan en contra de las sobrevivientes de dicho asalto.

La situación se da también en Internet según análisis de las universidades de Sidney y de Stanford, las voces de los hombres triplican las de las mujeres, en comentarios de noticias.

Una senadora de un parlamento latinoamericano, le resumió muy lúcidamente el problema al autor. “Gracias al sistema de cuotas hay muchas más mujeres en los congresos, pero los debates y las comisiones los dominan los hombres, y nos discriminan en el uso de la palabra”.

En el libro comentado se sugiere: “el modo de escuchar a las mujeres tiene que cambiar”.
Asesor internacional

 

El Universal, 2 de octubre de 2016

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