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Una noche de cine en la Caracas del siglo XXI

Una noche de cine en la Caracas del siglo XXI


En Caracas son pocos los que hoy asisten a una función de cine un jueves en la noche. En otros tiempos este era el día perfecto para ocupar una butaca y ver lo más reciente del séptimo arte. Las entradas eran 2×1 y abundaban las promociones. Las razones de esta nueva realidad pueden ser muchas: económicas, sociales, culturales; o una sola: el racionamiento eléctrico impuesto por el socialismo del siglo XXI.

A las 9:00 pm el estacionamiento y pasillos del centro comercial Sambil en Caracas, otrora lugar de las novedades y de amplia oferta nocturna, muestra una soledad intimidante. La desolación, poca luz cambian el aspecto del lugar. En el trayecto hasta la sala de cine sólo están dos mujeres, una de ella en una mano sostiene un teléfono celular y en la otra un coleto que mueve sin mucho ánimo. Ambas sin uniforme, ni nada que las identifique como empleadas del sitio.

La taquilla ubicada en el nivel Autopista está vacía.

Nadie espera por comprar. La falta de clientela le permite a las encargadas de vender los boletos examinar sus cabelleras, lisas a juro y largas como virgen de pueblo; y conversar de decisiones sentimentales determinantes: “No sabrá más de mí”, asegura la que factura uno de los pocos tickets de la función de las 9:20 pm.

La transacción comercial no interrumpe el relato.

Pocos esperan por algo de comer en la caramelería; y el hombre ­también sin uniforme­ que verifica la hora y sala en el papel blanco y rectangular que representa la entrada, es invitado por un colega a llevar la jornada, extendiéndole un vaso plástico, largo, verde aguamarina; que contiene un líquido rojo oscuro. Antes de tomar el ofrecimiento exclama: “Sala cuatro.

Pase”. La informalidad se ha apoderado del país. Es posible que la desolación la aúpe.

En la sala cuatro no hay más de 20 personas, casi todas ubicadas de la fila “L” en adelante. La temperatura del lugar es agradable, pero no el olor, huele a alfombra húmeda, mal secada.

En la última hilera, una pareja de enamorados se besan cada vez que pueden y comentan cada dialogo de la película; un poco más abajo, tres jóvenes que llegan tarde a la función se quejan del doblaje, la cinta es en español “neutral”: ­”¿Por qué compras esa m… en español?”, reclama uno.

“Era lo único que había”, responde otro.

Termina la película asomando la próxima entrega, todos se levantan, casi en simultaneo, de sus asientos y salen de la oscuridad a paso apresuradodisimulado. Con la claridad llega la premura por ver cómo saltar a las vías rápidas de la ciudad.

Pocos empleados de la exhibidora quedan en el lugar. Unos cambian los afiches de la cartelera y otros bajan la Santamaría del puesto de comida. La luz es más tenue y el ambiente más fantasmal. El cine nocturno de lunes a viernes se está apagando.

Valentina Rodríguez/TalCual

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