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Una tribu suní libra una costosa batalla contra el grupo EI

Una tribu suní libra una costosa batalla contra el grupo EI


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Las consecuencias de la decisión de la tribu al-Yaburi de aliarse con el gobierno chií de Irak contra el grupo Estado Islámico, donde luchan suníes como ellos, están plasmadas en las filas de lápidas de esta localidad salpicada de palmeras, a las orillas del río Tigris.

Jamis Daari camina por el cementerio y señala al lugar donde yace su hijo Ali, caído en diciembre junto a decenas de hombres que se enfrentaron al grupo EI. Más allá está enterrado Yazen al-Abilá, un juguetón niño de tres años que murió cuando un cohete impactó contra su casa. Se dice que Mahmud Salama, de 80 años, luchó con coraje junto a combatientes a los que doblaba la edad, hasta que murió en una explosión.

Los huecos vacíos podrían llenarse pronto. El otro hijo de Daari, Omar, se prepara para unirse a otros hombres suníes que combaten junto a las tropas iraquíes y milicias chiíes en el corazón suní del país. “Si no pelea, no tiene futuro”, explicó Daari, con el rostro marcado por el dolor y los ojos empañados en lágrimas. “Estos terroristas están destruyendo Irak”.

Las tribus suníes jugaron un papel clave para expulsar de Irak a Al Qaeda —grupo precursor de la milicia EI— y están ampliamente consideradas como la única fuerza capaz de asegurar el noroeste suní del país. Pero las pocas tribus suníes que plantaron cara a Estado Islámico pagaron un alto precio, y el descontento hacia el gobierno de liderazgo chií está muy arraigado en las zonas del norte y oeste de Irak donde el grupo extremista impone ahora su califato hecho a medida.

Cuando los combatientes de EI llegaron en junio a Duluiya, unas 45 millas (75 kilómetros) al norte de Bagdad, dieron a los al Yaburi un ultimátum: únanse o mueran.

Muchos suníes iraquíes optaron por lo primero, aunque reacios, pero los al Yaburi decidieron pelear. Habían aprendido la lección años antes, cuando Al Qaeda en Irak reclutó a algunos miembros de la comunidad para combatir al gobierno y los estadounidenses, sólo para luego volverse contra la tribu cuando sufrieron bajas en el campo de batalla, y mataron a más de 300 personas de la tribu.

“Sufrimos mucho por Al Qaeda”, explicó el jeque Eissa al Dahur, miembro de la tribu. “No tenemos tolerancia para esta organización”.

En esta ocasión, los al Yaburi se aliaron con el ejército iraquí y las milicias chiíes contra el grupo Estado Islámico, y expulsaron a los extremistas en diciembre. Ahora, unos 200 hombres del clan participan en la gran ofensiva sobre la vecina ciudad de Tikrit, y el gobierno les ha presentado como ejemplo a otras tribus suníes, esperando crear una guardia nacional no sectaria.

Para lograrlo, el gobierno tendrá que revertir de algún modo los efectos de la invasión liderada por Estados Unidos en 2003, que derrocó al dictador suní Sadam Husein y entregó el poder a la mayoría chií, que llevaba tiempo oprimida.

Los agravios contra los suníes se acumularon durante el largo mandato del primer ministro Nuri al Maliki, que tomó políticas ampliamente consideradas como sectarias y respondió a las protestas con mano dura. Cuando los milicianos de EI avanzaron por Irak el pasado verano, muchos suníes les recibieron en un principio como a libertadores y vitorearon ante la retirada de las impopulares fuerzas de seguridad.

“El motivo por el que tantas tribus se unieron a Daesh al principio es que los vieron como revolucionarios que combaten contra el gobierno que los abandonó”, explicó el jefe Amin Ali Hussein, de los al Jazrayi, otra tribu aliada con el gobierno en la vecina localidad de Samarra, y que empleó un acrónimo en árabe para el grupo. “Ahora el gobierno tiene una gran oportunidad para compensar toda la sangre derramada”.

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AP

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