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“Valjean en Lagunillas” por Mibelis Acevedo Donís

“Valjean en Lagunillas”  por   Mibelis Acevedo Donís


Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

París, 1832. La crisis económica, la escasez de comida, el aumento del costo de vida, el brote de cólera que asoló a Europa durante la primavera, sirven de ardientes aguijonazos para que cunda la “Rebelión de junio”, la insurrección republicana contra la monarquía. El calamitoso telón de fondo da excusa a Víctor Hugo para dar vida a Jean Valjean, héroe de “Los miserables”: un exconvicto, un hombre que alguna vez robó pan para alimentar a su familia, resuelto a emprender un épico tránsito por redimirse ante una sociedad que primero lo abandonó, y luego lo condenó. Pero al margen de su alentadora historia de evolución y perdón, de su talante para lidiar con el hostigamiento del oficial Javert -retrato de una ley rígida y sin matices-, Valjean se erige en símbolo de ese ser humano sometido a las peores condiciones: un botín casuístico de la desesperación y el odio, degradado a un punto en que ya no se reconoce a sí mismo cuando la necesidad extrema lo empuja, incluso, a cometer una infracción. De él, es el mundo de “los parias, los desamparados”.

La alusión a esa penosa rémora abunda en el arte de todos los tiempos. Luis Buñuel, por cierto, lanza una desgarrada mirada a la injusticia, hace su propia invocación a esos infortunados en su película “Los olvidados”. Ambientada en los bajos fondos de la ciudad de México, la tortuosa historia de unos niños -hijos negados de esa misma urbe que los sofoca, y cuya vida trafica entre la orfandad, la miseria, el crimen, la imprecisa cohabitación con la maldad y la muerte- reniega de esa esperanza que encarna el rehabilitado Valjean, para confrontarnos con una realidad brutal: la del marginado que ante el envite rudimentario del instinto, elige sobrevivir a cualquier precio.

Con todo y sus distancias, la tesis, sin embargo, es similar en ambos casos. Junto a una mitad luminosa, la irracionalidad de esa otra “mitad oscura del hombre” a la que alude Octavio Paz, latente y potencial, se atrinchera allí, dispuesta a asomar su temeraria piel, a embotar incluso la conciencia del bien si el entorno se vuelve garra prendida a la garganta; cuando “la luz del día se funde con la sombra y la oscuridad entra en los corazones”, como escribe Víctor Hugo. Y es que aun cuando de ningún modo se pretende exonerar a quien delinque, hay que considerar que en un sistema donde campea la desigualdad, donde las oportunidades económicas para los sectores empobrecidos se hacen cada vez más exiguas, la criminalidad, la violencia (según afirma Hernan Winkler, economista e investigador del Banco Mundial) tienden a considerarse opciones válidas; en algunos casos, hasta obscenamente rentables.

Eso explicaría en buena medida lo que ocurre en Venezuela. Y no hablamos sólo de fenómenos complejos como el auge de las megabandas o el narcotráfico, cuya estructura de costo-beneficio atiende además al grave quiebre del sistema de justicia o al menoscabo de valores fundamentales, los vertiginosos estragos en el ethos social. Pensamos más bien en la infracción menuda, casi invisible y chusca si comparada con el horror de aquellas rumbosas violaciones. Es el humillante robo por necesidad, el atrevimiento a lo Valjean, el dictamen arrebatado de las vísceras que se sublevan ante lo indigno, lo cruel, lo inaceptable: la falta del pan nuestro de cada día.

Noticias recientes parecen evocar las hoscas condiciones que inspiraron el nacimiento de aquellos “miserables” de la ficción. El pathos que diluye a la razón y que convierte a las personas en transgresoras, aun contra su propio gusto, es otro síntoma de esa sociedad enferma de desamparo. Topamos así en Lagunillas con la historia de este muchacho que, por hambre, ha robado cinco auyamas. La estampa quedará grabada en la memoria del sinsentido nacional: en ella, una espalda, un rostro que jamás auscultaremos, un suéter agujereado; cinco nimios “trofeos” recobrados, una proeza en verdad escueta; dos guardias nacionales flanqueándolo, no obstante, mientras alzan sus armas con cierta pompa. Como si se tratase de otra desconcertante escena del mismo libro, se lee también que en Monagas la GNB capturó a tres personas que robaban ocumo de una parcela; o que “fue detenido in fraganti un sujeto de 33 años, por robar dos bolsas de papitas en Valencia, Carabobo”… ¿Cuantas historias similares estarán replicándose en Venezuela? ¿Qué está pasando para que algunos decidan arriesgar tanto por tan poco?

La pregunta escuece el alma. La vida que hace unos años se canjeaba absurdamente por un par de zapatos de marca, hoy, en asimétrica confrontación con la autoridad -tan rígida y sin matices, como la del propio Javert- puede esfumarse a la brevedad de una digestión. Difícil figurar desenlaces amables en país en el que la trascendencia de alguien apenas aspira al día siguiente. He allí una advertencia. Ojalá que en nombre de tanto Valjean criollo esta sociedad saque fuerzas para exigir cambios: eso, antes de que el instinto estalle, y le dé por rematar de cualquier forma sus historias.

El Universal, 28 de noviembre de 2016

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