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“Verdades en los sótanos”, por Ysaira Villamizar

“Verdades en los sótanos”, por Ysaira Villamizar


Quien haya leído la novela de ficción política “1984”, escrita por George Orwell en 1948, estará sorprendido con las inquietantes semejanzas halladas entre aquel ejercicio de creatividad que ilustra un régimen impensable, por sus niveles de irracionalidad, y muchas de las actuaciones gubernamentales de los últimos años en Venezuela. En el Estado totalitario descrito por Orwell, se habían creado organismos absurdos para controlar indefinidamente el poder, con nombres significativos: el Ministerio de la Paz para los asuntos de la guerra se ocupó de asegurar que ésta fuese una situación permanente y garantizar el odio. El Ministerio del Amor para mantener la ley y el orden, se especializó en las torturas. El Ministerio de la Abundancia para los asuntos económicos, se encargó de disfrazar la escasez, la improductividad, el hambre.

 A éstos se agrega un último Ministerio, el de la Verdad, encargado de la información, la educación, bellas artes y espectáculos. Tenía importantísimas tareas, por ejemplo, borrar la historia y diseñarla a su manera (“el que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente controla el pasado”, repetía obstinadamente uno de sus protagonistas); crear información, diseñar boletines, estadísticas, de tal manera que se pudieran desvirtuar percepciones, disfrazar realidades, contradecir hechos, borrar memorias o tergiversarlas para que las nuevas generaciones no pudieran hacer comparaciones reales, objetivas. Otra misión de este ministerio era despreciar el conocimiento, crear un nuevo lenguaje para “disminuir el área del pensamiento” y dejar bien asentado que “el partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos”

 Muchas cosas de este gobierno venezolano parecen guiadas por lecciones del libro “1984”. Ejemplo: en un intento por ocultar la crisis o achacar sólo a otros los megaerrores, omisiones, exabruptos cometidos por la “revoluciòn”, hablan de guerras económicas, y ya no sólo le echan la culpa al imperialismo, a la llamada burguesía parasitaria (ojo, no confundirla con la boliburguesa), sino que también intentan  invisibilizar la pobreza económica del país, expresada en una de sus más elementales y evidentes señales: las coooolas.

 Convencido de que en las calles no deben permanecer miles de personas, mayoritariamente mujeres que día a día, desde muy temprano, queriendo ganarle al sol, se preparan para la nueva rutina que supone adquirir productos básicos de los hogares, ¡al fin! el gobierno encontró un método para eliminar las cadenas humanas; al menos, cree estar a punto de dejar claro que ellas son producto de la guerra económica de los capitalistas con sus empresas a cuyas puertas se evidencian.  Las colas deben quedarse sólo allí, en los comercios privados, pues en las distribuidoras estatales no deben existir.

 Sin quererlo, reconoce así el gobierno que ésta es la imagen de un país con graves problemas; en el fondo reconoce que hay un fracaso. Ningún gobierno esconde sus fortalezas. Se ocultan las desventajas competitivas, se disfraza la imagen que se necesita vender al mundo exterior y es urgente ocultar las filas de gente; pero es imposible esconderlas al propio pueblo, porque es el protagonista de su desgracia. Ya está sucediendo en varias distribuidoras estatales. Podrán  “desaparecerlas”, escondiéndolas  en los sótanos o estacionamientos subterráneos. Podrán prohibir que tomen fotografías, bajo amenaza de detención u otro castigo. Pero ni las causas ni las consecuencias de esta lamentable situación podrán ser borradas por decreto o actos de fuerza, como sueña el gobierno con estas prácticas propias del Ministerio de la Verdad. Sencillamente, está a la vista. Día a Día las insólitas batallas  trastocan las rutinas personales e interrumpen la vida familiar de sus primeras combatientes que a escondidas abandonan sus trabajos habituales o descuidan otras diligencias “pendientes”. Están allí, con tal de obtener los necesarios productos,  tal vez para el consumo familiar,   tal vez para la reventa; en todo caso, para su vida.

Aunque la historia oficial lo disfrace, evidentemente que este modelo político económico fracasó. Sin embargo, para evitar un caos más profundo, evitar que toquemos fondo, hay una receta. Fácil para comenzar el giro, que no la da el FMI, ni la oposición, ni los capitalistas salvajes. La da el ex Ministro de Planificación de Chávez, el mismo que denunció la entrega de más de 20 mil millones de dólares a empresarios de maletín por parte de Cadivi; la da directamente Jorge Giordani, quien recomienda al gobierno “hay que asumir la crisis, camaradas. (…) ¡Oye, dejemos de importar alimentos, vamos a producir!, no te metas en lo que está funcionando, parece que fuéramos el Rey Midas al revés, [el rey que tenía el poder de transformar lo que tocaba en oro] pon a funcionar PDVSA, al SENIAT, el BCV, el Comercio Exterior, el sistema financiero, pongamos a funcionar la electricidad, las empresas de Guayana, las telecomunicaciones, a los servicios públicos, que la gente tenga medicinas y alimentación y lo pequeño y mediano que funcione bien, déjalo tranquilo…”

 Otra receta también la dio  Evo Morales cuando, en agosto de 2013, en el Foro de Sao Paulo, lanzó esta filosofía política: “Si hace falta algo, comida o energía, entonces  no sirve la ideología”.

 Nota obligada: Artículo escrito hoy viernes 6 de febrero, día triste para el país por la muerte del humorista de todos los tiempos, Pedro León Zapata, quien hizo de la caricatura un extraordinario medio de lucha en defensa de los derechos de la humanidad y, en especial los de su pueblo. Eterna gloria. Muchas gracias por tus ZAPATAZOS!

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