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Vestidas para mandar…

Vestidas para mandar…


Cuando Hillary Clinton apareció en el escenario del Wells Fargo Center en Filadelfia el jueves pasado para aceptar la nominación del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos, hizo historia y se convirtió de inmediato en un modelo a seguir para las mujeres alrededor del mundo.

Desde ahora y hasta la elección general (y tal vez después de eso), será sometida al más riguroso escrutinio, no solo por su plataforma económica o sus correos electrónicos, sino también por su lenguaje corporal, hábitos alimenticios, relaciones y sus decisiones a la hora de vestir.

Así es la vida en la arena política contemporánea: el candidato como ser humano, con sus elecciones cotidianas, es tan importante como los cargos que ha desempeñado, en parte porque esas son elecciones universales.

La mayoría de nosotros no tiene que pensar sobre posibles sanciones contra Siria o cómo negociar con el congreso, pero todos debemos elegir qué ponernos cada mañana. Ese es el punto clave donde coinciden el político público y el ciudadano común.

Y dadas las condiciones políticas actuales, este preciso instante es una gran oportunidad para que las mujeres puedan redefinir lo que significa ser una líder en todos los sentidos de la palabra. Por fin se conjugan los elementos críticos para que las mujeres lleguen al poder.

Angela Merkel, la canciller de Alemania, con su paleta de sacos de todos los colores y su pantalón negro, ha establecido la pauta de cómo se viste una mujer poderosa, y le ha dado un giro al uniforme masculino al combinar sacos con faldas o pantalones y extender la gama de color sin salirse del marco tradicional.

Ella nos ha vendido la idea de que, para que una mujer ejerza poder en un mundo que ha sido históricamente masculino, básicamente tiene que vestirse como un hombre ¡pero con mucho más color!

 La primera ministra de Reino Unido, Theresa May, se reunió con la canciller Angela Merkel de Alemania en Berlín hace un par de semanas/ CreditSean Gallup-Getty Images

Hasta ahora el único modelo a seguir en Occidente había sido Margaret Thatcher. Pero desde que abandonó el cargo, sus trajes sastres de falda, blusa con lazo al cuello y peinado de hierro se convirtieron en una caricatura.

Sin embargo, Hillary Clinton y la primera ministra británica, Theresa May, son otras dos mujeres que se encuentran bajo el escrutinio público, no como esposas de líderes, sino como líderes mundiales o posibles líderes mundiales. Sin hacer ruido, pero con paso firme, están cambiando las reglas sobre lo que significa vestirse como presidenta o primera ministra.

Esto no tiene por qué significar que deben vestirse como hombre con colores femeninos.

Theresa May, quien asumió el poder a principios del mes pasado, es el ejemplo más sencillo de las mujeres vestidas para el poder. Ella no ha tenido ningún problema en revelar que le gusta la moda, en especial los zapatos: la hemos visto con zapatos de tacón medio de leopardo, zapatos de piso (flats) con estampados de labiales, y botas de charol hasta la rodilla.

En la cumbre Women of the World el pasado octubre, en una entrevista con Tina Brown, May dijo: “Soy mujer y me gusta la ropa. Uno de los retos de las mujeres en la política, en los negocios, en todas las áreas de la vida laboral, es ser nosotras mismas y decir que podemos ser inteligentes y estar interesadas en la ropa”.

En el programa de radio de la BBC Desert Island Discs dijo que si naufragara en una isla desierta, el “artículo de lujo” que le gustaría tener sería una suscripción vitalicia a la revista Vogue.

May se ha negado a aceptar que estar interesada en la moda es incompatible con tener la capacidad de discutir temas como la política nuclear, y al hacerlo está sentando un precedente que permite a las mujeres usar atuendos para expresar una faceta de su personalidad sin que por ello se reste importancia a su autoridad.

Además, le permite a las niñas y jóvenes darse cuenta de que el simple hecho de querer vestirse por fuera de las convenciones corporativas y verse un poco más estilizadas no les resta un ápice de inteligencia ni seriedad.

De hecho, hay una anécdota muy repetida estos días en la que Theresa May se reunió con una joven que vestía unos zapatos muy a la moda en la Cámara de los Comunes. “Le dije que me gustaban y ella me contestó que mis zapatos fueron la razón por la cual decidió involucrarse en la política”, dijo May.

La primera ministra incluso ha indicado que la moda puede ser una ventaja política y ha dicho que sus zapatos le ayudan a “romper el hielo”.  Y no es la única: aquí hay un paralelo entre las anécdotas de la exsecretaria de Estado Madeleine Albright, quien escribió todo un libro,Read My Pins, sobre su uso estratégico de joyería, que llamó parte de su “arsenal diplomático” durante su época como miembro del gabinete de Bill Clinton.

Y aunque los zapatos de May se roben la atención, para mí algunos vestidos han destacado: un Roland Mouret azul marino con cuello asimétrico que vistió cuando habló en la conferencia del Partido Conservador el año pasado; un vestido recto color púrpura cuando anunciaron que era una de las mujeres que quedaban en la contienda por el liderazgo del partido.

 Michelle Obama con un vestido azul en la Convención Nacional Demócrata/The New York Times

Estos vestidos rompen con la división tradicional entre, por ejemplo, una primera dama y el líder (por ejemplo, Michelle Obama y Merkel), en la que históricamente las primeras damas usan vestido y las mujeres que gobiernan llevan los pantalones.

Esta regla ha tenido sus excepciones, principalmente en América del Sur, donde las mujeres han tenido más posiciones de poder que en Europa y Estados Unidos. La expresidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, por ejemplo, era conocida por sus vestidos con encajes y estampados florales.

Aun así, mujeres como la presidenta brasileña Dilma Rousseff y la presidenta chilena Michelle Bachelet tienden a seguir el código de vestimenta de la escuela Merkel: un uniforme de blazers coloridos y faltas o pantalones rectos.

 Dilma Rousseff, Barack Obama y Angela Merkel en 2013 /The New York Times

En efecto, el contraste entre Ivanka Trump —el ejemplo de poder femenino en la campaña de Trump— y Hillary Clinton es evidente; así como el que hay entre Michelle Obama y la senadora Elizabeth Warren de Massachusetts. Tanto Ivanka como Michelle (a pesar de lo mucho que puedan resentir la comparación) lucieron vestidos impecables de cuello redondo durante las convenciones recientes, el vestido de Ivanka no tenía mangas y el de Michelle le cubría los hombros.

Michelle sin duda consolidó este modelo, en el que abandonó el sastre de falda —que por lo general adoptaron Laura y Barbara Bush, y Nancy Reagan— y decidió usar en su lugar un vestido para proyectar una personalidad más fresca y ejercer su derecho a llevar los brazos al descubierto.

La senadora Warren, en cambio, siempre luce un saco colorido y elegante encima de una blusa negra de cuello redondo y unos pantalones negros. Y Clinton sigue firme con los trajes sastre, con los que se casó desde el comienzo de su carrera política. Como primera dama, tendía a los tonos pastel, piezas clásicas y varias faldas, pero cuando comenzó su campaña para el senado, comenzó a vestir solo trajes sastres con pantalón.

Y aunque a menudo se aventura a usar colores vivos, el sastre de pantalón se ha convertido en el símbolo del antes y el después: del poder tras bambalinas, esposa y primera dama a candidata por mérito propio.

Incluso dentro de su continuación del estilo más parecido al de Merkel, Clinton ha expandido los horizontes al llevar cuero (¡cuero! ¿Cuándo fue la última vez que vieron a un candidato a la presidencia enfundado en cuero sin que estuviera en la cubierta de un portaaviones?) y collares de cuentas, tanto de diseñadores poco conocidos como de marcas prestigiosas, como Ralph Lauren y Giorgio Armani.

“Creo que Estados Unidos, y el electorado, por fin están listos para aceptar la idea de que no es un problema que las políticas disfruten vestirse y destacar su lado femenino”, dijo Lyn Paolo, la diseñadora de vestuario de las series “Scandal” y “How to Get Away With Murder”. “Ya era hora. Me siento muy orgullosa de que ella esté probando cosas nuevas”.

Ciertamente, es más fácil salirte de lo cánones después de haber ganado. Asímismo, la atención de todos debería estar en las palabras de Hillary Clinton y su vestimenta solo debe ser una herramienta útil para sustentar lo que dice.

Sin embargo, cualquiera que sea el caso, nos estamos acercando a una época en que las mujeres no solo gobiernan el mundo, como dice la canción (sí, este artículo no podía terminar sin la alusión de rigor a Beyoncé), sino que además no tienen que ponerse un uniforme ordinario para hacerlo.

The New York Times

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