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“Viejo hombre nuevo” por Mibelis Acevedo Donís

“Viejo hombre nuevo” por  Mibelis Acevedo Donís


Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

Ciertamente, hubo épocas en que la utopía de izquierda caminó pareja a ese pensamiento de vanguardia, rupturista, tan afín a las candelas de la juventud. En 1968, la “bonheur revolutionnaire” presente en el espíritu del Mayo Francés inundaba el mundo con su vital optimismo y la expectativa de una mirada renovadora, distinta a la que ofrecía el conservadurismo imperante tras la II Guerra Mundial. Junto al triunfo de la revolución cubana -y el brillo de líderes como Fidel o el “Che” Guevara, anticipos del “hombre nuevo”- y en tiempo alineado con el brío de corrientes intelectuales cercanas al humanismo marxista, al existencialismo, el estructuralismo, el anarquismo, el trotskismo, el maoísmo o la teoría crítica de la escuela de Frankfurt, la irrupción de ideas exhortando a trascender el aquí y ahora (eso que Sartre llamó “la expansión del campo de lo posible”) generó toda una contracultura, todo un replanteamiento del ethos social.

“No me liberen; yo me basto para eso”: renegar de la sociedad moderna y sus tótems, pedir lo imposible, prohibir lo prohibido, allanar la frontera de lo sagrado, desafiar la pétrea sordera de la autoridad, el estereotipo impuesto por la cultura de masas; dudar de todo, como método para encontrar la verdad: así de provocadoras eran las señas que orientaron entonces al movimiento estudiantil. Una generación zarandeada por la saludable urgencia de superar la crisis y evolucionar, condenaba radicalmente cualquier guiño de lo “viejo”, el desgaste del statu quo (“No te fíes de alguien que tenga más de 30 años”, advertía algún zumbón grafiti en las calles de París) y empujaba a otros sectores a participar en el apremiante aggiornamento.

Algo de la esencia de aquel vigoroso ejercicio de autocrítica parece seguir vigente. Eso, porque a la juventud -cronológica o de espíritu- siempre incumbirá la enemistad con el conformismo. En muchos sentidos, ser joven implica nunca dejar de aspirar al siguiente escalón, no estacionarse en la zona de confort que a menudo preconiza el retroceso. Optar por la ruta que anuncia mejoras, abrazar si es necesario los riesgos de lo desconocido, son rasgos que antagonizan con la resistencia al cambio propia de ciertas mentalidades envejecidas: y es en ese pulso vida-muerte donde se gestan las grandes transformaciones sociales.

No: en definitiva, la necesidad de cambiar lo inservible no es lo que caduca. Lo que caducó fue la capacidad de supervivencia de esos sistemas identificados con el discurso del socialismo real, y cuya aparatosa caída dio cuenta de que el quehacer teórico sin concreción potencial, sin viabilidad, sin incidencia en la praxis, suele arrojar penosos saldos. No hubo allí, en fin, clarividencias. Ese sueño de la razón que produjo el aséptico “hombre nuevo”, ser superior a quien el manual-de-estilo-de-las-revoluciones (un marxismo cuya literal aplicación recrea los pujos por encajar un cuadrado dentro de un círculo) despoja de sus apetencias individuales en el marco ideal de una sociedad sin clases, ha devenido no sólo tóxico espejismo, no sólo agravante de nuestros males, sino comodín ideológico que al poner todos los medios de producción bajo el control del Estado acabó ofreciendo coartadas al despotismo de siempre.

Asimismo, el “hombre nuevo” del chavismo sólo recicló las viejas arrugas. Basta escarbar en el discurso que estos novicios de la utopía esgrimen, para descubrir que nada en él aporta respingos, primicias, revelaciones. La vuelta a la noria nos dejó en mismo punto: replicando un modelo fracasado, apegado al dogma de un vademécum sin lecturas actualizadas, como si fuese posible recrear en esta era los antagonismos propios de una sociedad de comienzos de la revolución industrial. Ninguna de esas inconsistencias parecen frenar el avance destartalado de los adalides del socialismo del s.XXI, sin embargo: ellos siguen soñando con que el re-branding que una vez se nutrió de frescas dosis de rabia y llamados homéricos a derrotar al capitalismo, les devolverá el éxito de sus inicios.

Por paradójico, casi lastima escuchar a esta sospechosa juventud “revolucionaria” (una que cuanto más sometida está, más libre se cree) hundiendo los pies en la roña de conceptos tan caducos como infecundos: un socialismo a la venezolana, “bolivariano y profundamente antiimperialista”, que luego de estrujar a la gallina de los huevos de oro nos dejó en harapos en medio de la calle. Una no-juventud, opuesta a su naturaleza, alérgica a la duda, que prefiere mentir y mentirse sobre lo que viene. “Usted a sus 34 años representa el pasado que se está muriendo. Yo a mis 72 años represento al futuro, porque vamos a ser gobierno”, ha dicho un veterano Henry Ramos Allup, presidente de la Asamblea, al verde jefe de bancada del PSUV, Héctor Rodríguez. El mañana pinta así remozadas aristas: entre ese otoño de ancianos precoces, de apóstoles en retirada y al borde de la desilusión, o el empuje de quienes actúan para que otro país sea posible, es mejor acompañar lo promisorio.

El Universal, 8 de agosto de 2016

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