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“¿Y de verdad habrá revocatorio?” por Ángel Oropeza

“¿Y de verdad habrá revocatorio?” por Ángel Oropeza


Ángel Oropeza / @angeloropeza182.

Una de las enseñanzas de la llamada “realpolitik” (o “política de la realidad”), desde Maquiavelo y Sun Tzu hasta nuestros días, es que la mayoría de las decisiones políticas se basan en un cálculo pragmático de costos y beneficios. Desde esta perspectiva realista, analicemos brevemente la situación actual de viabilidad objetiva del Referéndum Revocatorio.

Para el gobierno, el costo de aceptar que la gente vote es altísimo, porque significa perder el poder y sus beneficios. Ni siquiera las encuestas de palacio dan para aspirar a una derrota honrosa. Se trata de una clase política sin calle y sin pueblo, que oculta su indigencia popular y su terror detrás de gritos histéricos de micrófono y de la represión de esbirros asalariados. El asunto es, entonces, ¿cómo hacer para subirle el costo a gente del gobierno de no contarse?

La oposición sabe de sobra que sin presión popular, el costo de contarse seguirá siendo muy superior al de no hacerlo. Por ello lo primero es multiplicar las formas y modalidades de presión. Reforzar todas las herramientas de la lucha cívica (organización popular, presión internacional, movilizaciones, diálogo con el oficialismo descontento, trabajo electoral, docencia social e incorporación de la ciudadanía). Constituir un movimiento de tal naturaleza y fuerza que muchos de los actuales miembros del establishment entiendan que la única forma para el chavismo no ser barrido por la historia y mantener su proyecto en el futuro, es deslindándose del fracaso monumental de Maduro y Cabello, y sumándose a una solución política y electoral a la crisis.

Esta tarea de aumentar la necesaria presión social no es, por supuesto, sólo responsabilidad de los dirigentes democráticos. Allí debemos sumarnos todos, porque de todos es el país. Y cada quien debe preguntarse cómo colaborar –desde su espacio particular de influencia- en que la presión sobre el régimen sea mayor que su miedo a contarse. Pero en esta tarea, lo primero es no seguirse prestando al juego gobiernero de generación de desesperanza.

La sola pregunta de si en verdad habrá revocatorio, ya de hecho ayuda al gobierno. Porque implica, psicológicamente, comenzar a adaptarse a la posibilidad que no ocurra. Nadie pregunta, por ejemplo, si la Navidad será en diciembre. Y en Venezuela ningún gobierno se le ocurriría prohibirla, porque el escándalo popular sería tan grande e insoportable que el costo de tal decisión la haría sencillamente inviable. Pero si la gente empieza de pronto a preguntarse si el gobierno permitirá este año las navidades, está abriendo automáticamente una compuerta psicológica a la aceptación que eso pueda ocurrir, y con ello disminuye drásticamente para el gobierno el costo político de atreverse a ello.

Si las expectativas ciudadanas se mantienen altas y firmes en el sentido que impedir las elecciones no sólo es imposible e inaceptable, sino que es la última línea antes de entrar en un escenario de desconocimiento popular del gobierno, el costo para muchos de los miembros de este último aumenta peligrosamente.

La única forma que no haya Revocatorio es porque Maduro y su combo pretendan gobernar Venezuela sin hacer elecciones y sin contar con los venezolanos. Ello, en consecuencia, los transforma automáticamente en usurpadores ilegítimos, y la respuesta debe ser igual a la de si alguien invade el país e intenta someterlo por la fuerza.

Por allá por 2012, el presidente de entonces le dio por hablar repetidas veces de la “batalla por la mente de los venezolanos”. Decía que si ellos querían seguir conquistando al país, lo primero era ganar esa batalla. Pues bien, no nos dejemos ahora someter en esa lucha repitiendo que no va a haber elecciones. Eso es caer ingenuamente en la trampa de las anticipaciones negativas, el ablandamiento de las expectativas, y en el perverso juego gobiernero de alimentar la desesperanza.

Recordemos que la última carta de un gobierno sin pueblo es ganar la única pelea que puede aspirar a triunfar: la batalla por la mente.

El Nacional,9 de agosto de 2016

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