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“Zapata, cada día” por Ramón Guillermo Aveledo

“Zapata, cada día” por Ramón Guillermo Aveledo


Ramón Guillermo Aveledo.
A Pedro León Zapata lo despedimos con una lágrima y lo recordamos con una sonrisa de agradecimiento.
Que fuera tachirense puede explicar la sagacidad con la cual sus ojillos rasgados miraban el país que nos ayudó a interpretar y el gustoso como quien no quiere la cosa de su “candidatura presidencial” en los tardíos ochenta del siglo pasado, antes de la última elección bipartidista y a partir de la cual comenzaron a notarse síntomas de que el sistema no gozaba de tan buena salud. Nació, para más señas, en La Grita, esa ciudad cargada de personalidad que es famosa en Venezuela por su Santo Cristo, su liceo Monseñor Jáuregui y que ahora estará inevitablemente ligada al nombre del pintor y humorista que fue capaz de una hazaña muy difícil de exagerar: medio siglo de viñetas diarias retratando en trazos y textos, tan certeros como originales, la vida venezolana y mundial.
Aquí debo declararlo. Admiro el arte de los caricaturistas. Me inclino ante ese talento capaz de censurar sin amargura y alabar sin lisonja. Leña y cariño, como diría Humberto Muñoz. Ese arte necesariamente independiente, intrínsecamente crítico. Independiente, incluso, de la línea editorial del medio que la publica. El caso paradigmático en nuestra lengua es el de Mingote en ABC de Madrid, con cuya longevidad periodística compite nuestro Zapata. Una cosa es el periódico y otra su caricaturista y eso, que es respeto, habla muy bien del periódico, por cierto. Nuestro Fonseca, según ha confesado, hace caricaturas “para que la gente piense, no para que ría”, y lo glorioso es que logra ambas cosas. Claro que más sonrisa que carcajada, pues pensar y sonreír son actos característica y exclusivamente humanos que requieren inteligencia y no solo instintos.
Zapata retrató todos los días al país que veíamos y al que no lográbamos ver nosotros, pero que su ojo captaba y su plumilla dibujaba, porque también nos enseñó a ver. Nos hizo visible pliegues del alma nacional que no captábamos a simple vista. También pintó, con muestras que llenaron las salas del Museo de Arte Contemporáneo que todavía no llevaba el nombre merecido de Sofía Ímber. Fue profesor de la Escuela de Artes Plásticas y de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central. En la Cátedra del Humor, en la radio, en la opinión y en la ciudadanía. Fue un humanista en su sentido más pleno. Lo extrañaremos cada día.

Publicado por Últimas Noticias el 11 de febrero de 2015

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